Los exploradores (Los australianos 7) Prólogo #3
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Prólogo #3

Las mujeres esperaban con la paciencia aprendida a lo largo de los años. Y los hijos, tan dóciles como ellas, iban cogidos de sus manos o en brazos. Algunos se habían encaramado a los muy cargados carros de mano que otros arrastraban delante, en la plaza del barracón.

Los soldados encargados de empujar los engorrosos carros se pusieron en guardia, obedientes a la estentórea orden del sargento mayor Campbell. Aunque las mujeres iban moviéndose en una fila rezagada, Jessie y su madre tuvieron que correr para alcanzarlas.

No había gaitas ni tambores que animaran sus corazones ni marcaran su paso.

Hacía un largo rato que el regimiento se había alejado y ya estaba fuera de la vista y el oído.

Ellas avanzaban con lentitud, arrastrando los pies.

Solo oían las voces chillonas y los gritos excitados de algunos de los niños mayores, que daban rienda suelta a sus sentimientos.

Morag Macrae dejó a Janet al cuidado de su propia madre y, con un movimiento de cabeza, indicó que Flora había sido puesta en uno de los carros del equipaje.

—La rapazuela duerme —dijo—, y menos mal, porque no tendrás que cargar con ella, Elspeth.

No le hizo preguntas sobre el motivo de su retraso, pero sus sagaces ojos oscuros recorrieron a las dos mujeres con rapidez.

Por el tono compasivo de su voz, Jessica intuyó que sabía o adivinaba todo lo que debía saber.

Su marido era sargento, hombre bondadoso y viejo, con el que llevaba casada más de doce años.

Seis de sus ocho hijos habían muerto en la infancia; dos de ellos en el viaje de vuelta de la India.

Estaba embarazada, pero eso no atenuaba en absoluto su energía ni su voluntad de ayudar a los demás.

Sus dos hijos supervivientes, ambos varones, salieron a su paso.

—Gracias —reconoció Elspeth—. Caminaremos con el carro, por si se despierta.

Se colocaron detrás del carro de equipajes; Janet, con la mano en la de su madre, y Jessica, con la cabeza gacha. Envuelta en el chal, las seguía en un silencio forzado.

Al llegar al muelle exterior, vieron dos barcos amarrados. Los hombres del regimiento seguían subiendo por las pasarelas de madera, con sus equipajes abultados al hombro y sus capas y mochilas atadas a la espalda.

Uno de los barcos era un navío de dos cubiertas, bien acicalado, elegante, pintado a cuadros negros y amarillos. Cuando la última compañía de soldados subió a bordo en reglamentaria fila india, el grupo de las familias, similar en tamaño, se acercó al pie de la pasarela.

—Nuestro barco es el Dromedary —dijo Elspeth a Jessie—.

Es un transporte del ejército, así que será más grande que el Hindostan.

Pero parece que aún tendremos que esperar un poco antes de poder subir.

Esa que está preparándose para embarcar es la Tercera Compañía.

¿Estás bien, querida Jessie? Si te encuentras mal, ¿por qué no vas a sentarte junto a Flora, en el carro del equipaje?

—Estoy bien, mamá —dijo Jessica. La caminata había sido larga y el cansancio la estaba extenuando.

Le dolía todo el cuerpo magullado y torturado, pero ceder a su propia debilidad sería conceder la derrota, dar a su odiado padrastro el poder sobre ella.

Eso, costara lo que costara, no podía permitírselo.

Preguntándose dónde estaría él, miró a su alrededor.

Entonces lo vio caminar con paso prepotente por el muelle, detenerse junto a un pequeño grupo de oficiales y levantar la mano en un impecable saludo.

Uno de los oficiales era el capitán Henry Antill.

Alguien le había dicho a Jessica que ese hombre sería el ayudante de campo del nuevo gobernador, el coronel Macquarie.

Antill era uno de los héroes del regimiento.

Siendo un joven alférez, había llevado el estandarte a la brecha en Seringapatam, y aún se aclamaba su valentía cada vez que aquella batalla era tema de discusión entre los mayores.

Jessica recordaba lo amable que ese hombre había sido con su madre, después de que se quedara viuda, así como con Murdo y ella misma cuando eran niños.

Sin embargo, al regreso del regimiento a Escocia, había estado de permiso y lo habían visto poco.

—El capitán Antill ha sido ascendido al mando de una compañía —dijo su madre, que había seguido la dirección de su mirada.

Una sonrisa de complacencia iluminaba la habitual gravedad de su rostro—.

Bien podría ser la nuestra, estoy pensando, ya que el mayor O’Connell tomará el mando del regimiento en cuanto desembarquemos en el puerto Jackson.

—Entonces, el capitán Antill podría estar con nosotros a bordo del barco —sugirió Jessica.

Hasta entonces, no había mostrado ningún interés por tales asuntos, puesto que nunca fueron de su incumbencia.

No obstante, la idea de que el capitán Antill viajara con ellas de pronto le pareció alentadora—.

A bordo del…, ¿cómo se llama?, ¿el Dromedary, mamá?

—Sí, así es —confirmó Elspeth Campbell—.

Y también el nuevo gobernador, con su esposa y sus sirvientes.

Embarcarán cuando lleguemos a Spithead. —Enseguida, pensativa y habiéndose desvanecido su sonrisa, añadió—: Para nosotras serán unos desconocidos, Jessie, por supuesto.

El coronel Macquarie nunca ha servido en el regimiento.

El suyo era el Septuagésimo Séptimo, pero estuvo en Seringapatam y, según se dice por ahí, es un buen oficial y, en todos los sentidos, un caballero montañés.

Viene de Ulva y es pariente de los Maclaine de Lochbuie.

Su esposa… —Se interrumpió.— Ah, tal parece que nuestra espera ha terminado.

Se están moviendo, ¡gracias al cielo! Debemos despertar a la pobre Flora.

¿Puedes…? —Miró con ansia a su hija mayor.

— ¿Si voy a por ella, podrías encargarte de nuestros dos bultos?

—Claro, mamá, no te preocupes por mí. —Jessie extendió la mano para coger el segundo paquete y ni siquiera parpadeó cuando se lo entregaron—. Ahora estoy bien, de verdad.

Pero, a pesar de todas sus valientes aseveraciones, estuvo a punto de desmayarse mucho antes de que la lenta procesión de mujeres y niños pusiera un pie en la pasarela de popa del Dromedary.

Su madre, con las dos pequeñas, subió antes que ella, y, mientras Jessica recuperaba el aliento apoyada en la única barandilla de la pasarela, el capitán Antill subía acompañado de un joven alférez y de su padrastro.

Él la miró un momento sin reconocerla y luego, sonriente, exclamó: —Vaya, no eres otra que Jessica India Maclaine, ¿verdad? Y muy agobiada te veo, para ser tan pequeña y joven. Bueno, debemos ponerle remedio a esto.

Un movimiento de su dedo atrajo a un soldado vestido de faena, quien liberó a Jessica de sus bultos.

Ella empezó a darle las gracias al capitán con mucha timidez mientras trataba de retener el chal sobre su cuello y hombros.

La invadió entonces una fría ira al oír a su padrastro decir obsequioso: —La moza es mi hijastra, señor.

Muestra tu respeto por el capitán Antill, Jessie, ¿dónde están tus modales, muchacha?

Jessica sabía que él le estaba pidiendo que hiciera una reverencia al joven capitán. Dudó, dividida entre su natural buena crianza y la furia que le producía la intromisión de su padrastro.

Al final, fue el propio Antill quien resolvió el dilema.

—En serio, sargento mayor, ¿no ve que la pobre niña está agotada? Un soplo de viento la echaría a volar. Vamos, India, ¿has olvidado que solía llevarte a pasear en ancas por Madrás? Cógete de mi cuello y negociemos esta pasarela juntos.

El capitán se inclinó para levantarla en brazos.

Jessie se aferró obediente a su cuello y él la condujo hasta la plancha de embarque del Dromedary, donde la bajó con cuidado.

Al soldado que llevaba los bultos le habló en el mismo tono nítido y autoritario: —Llévela abajo, a los aposentos de las familias.

Su madre es la esposa del comandante de la compañía, la señora Campbell. Dígale que la niña es…

Presa del pánico, Jessica se dio cuenta de que el chal se había deslizado. En los ojos del capitán Antill se reflejó el horror ante lo que la prenda acababa de revelar. De un tirón, ella volvió a ponerse el chal en su sitio mientras el color de la desdicha ascendía a sus mejillas.

—Dígale a la señora Campbell que la niña está enferma —ordenó.

De pronto, su rostro delgado y apuesto mostraba gravedad y autoridad—.

Ella sabrá lo que hay que hacer y si es necesario llamar al médico.

—Con una forzada sonrisa entre sus apretados labios, habló a Jessica—: Volveré a verte, India.

Una noche de sueño te ayudará a recuperarte.

El soldado era joven, un recluta, a juzgar por su aspecto y el desconcierto en sus ojos cuando miró a la chica. Se echó los dos bultos a la espalda y le ofreció un brazo a Jessica.

—Apóyate en mí —la invitó en gaélico—. Hay varios caminos hacia los sollados, como los llaman aquí dentro.

A pesar del tamaño del barco, las familias vivían hacinadas, iluminadas por faroles que colgaban de los baos a intervalos.

De tres en tres, las literas de madera ocupaban la mayor parte del espacio disponible y apenas se podía caminar entre ellas.

A las madres con bebés de brazos y niños muy pequeños se les había asignado una litera o, como mucho, dos.

Como esposa de un suboficial superior, a Elspeth Campbell le habían dado un grupo de tres, cada una equipada con un colchón de paja y una sola manta.

Estaban en un hueco, a un lado de una cocina de hierro alimentada con leña.

Una cortina manchada, colgada con anillas de una flácida corredera de palo, daba al nicho cierta intimidad, pero eso era todo.

Cuando el soldado dejó a Jessica ahí, la chica encontró a su madre observando lo que la rodeaba con algo parecido a la consternación.