Prólogo #2
El premio en metálico por la captura de Seringapatam había ascendido a más de un millón de libras.
De aquella suma, recordó Elspeth, el comandante en jefe, el general Harris, había recibido cien mil.
Era una cantidad de dinero tan enorme que escapaba a su comprensión.
Murdoch Maclaine, como el humilde cabo que era, había tenido derecho a apenas siete libras.
Ella las había recibido en oro, junto con unos cuantos chelines recaudados por la venta del equipo entre los camaradas.
Pronto se encontró en dificultades económicas.
El ejército británico de la India no preveía nada para las viudas.
Se esperaba de ellas que se casaran de nuevo o que se ganaran una precaria vida de otras formas menos respetables.
Si eran jóvenes y atractivas, nunca les faltarían pretendientes, y ella… Elspeth ahogó un suspiro.
En aquellos días, aún tenía menos de treinta años y era bastante atractiva, de modo que en el regimiento la tenían en alta consideración.
Y había recibido varias ofertas. Aceptó la de Duncan Campbell por muchas razones: era cabo, como lo había sido Murdoch, pero más ambicioso, y estaba señalado para un futuro ascenso.
También era conocido como un hombre de fuertes principios religiosos y sobrios hábitos.
Además, la había cortejado con ardor. Sin embargo, lo que más había pesado para ella en aquel momento había sido, tal vez, que él trabajara en el almacén de intendencia.
Las posibilidades de que entrara en combate y resultara muerto o herido eran menores.
Se habían casado en cuanto el regimiento estuvo de vuelta en los cuarteles de Madrás y…
—¡Mamá, escucha! —La voz estridente de Jessica, llena de alarma, irrumpió en sus pensamientos.— Las gaitas… ¡Se están moviendo!
Y así era. La mente de Elspeth lo registró con el ulular de las gaitas.
El regimiento desfilaba por última vez en suelo británico, con toda la gloria de sus tartanes y escarlatas.
Majestuoso, se balanceaba al ritmo de la marcha Hie’land Laddie, con los tambores marcando el ritmo.
Después de cruzar el patio de armas, comenzaría su descenso orgulloso a la colina y al puerto, hacia los barcos que lo esperaban.
Duncan le había dicho con amargura en que en la colonia de Nueva Gales del Sur no llevarían falda, que los combatientes montañeses, los que formaban el 73, no se distinguirían de ningún otro regimiento.
Llevarían pantalones blancos de lona de algodón, igual que la guarnición actual.
Ella debería haberse quedado allí, con las otras mujeres, sin quitar el ojo a los soldados, pero… Impaciente, casi enfadada, agarró la mano de Jessica, como tratando de sacarla a la fuerza de su escondite.
—¡Ven, muchacha, en nombre de Dios! No te dejaré aquí. No puedo, digas lo que digas.
—Pero ya se van, mamá —protestó Jessica—. Él estará con ellos, tiene que estar. No me buscará ahora, no le darán permiso.
—Si necesitara el permiso, se lo pediría al ayudante —respondió la madre—.
Y lo hará si no nos ve ahí. A todas —añadió enérgica.
El rostro redondo y sonrosado de Flora adquirió un color más intenso.
La niña respiró hondo y entornó los ojos azules, preparándose para emitir otro alarido.
Pero una inesperada bofetada de su madre se lo impidió.
—¡Silencio! —le exigió—. ¡Calla, por favor!
La pequeña obedeció.
En el repentino silencio que se produjo cuando el sonido de las gaitas y los tambores terminó por desvanecerse en la distancia, se oyó otro ruido: el de las pisadas de unas botas en la escalera de piedra.
Elspeth Campbell susurró con urgencia: —¡Es él, India!
Sal de ese armario tan rápido como puedas y ponte a mi lado.
Y también saca tu fardo… ¡Ay, muchacha, coge tu fardo o no nos creerá que venías conmigo!
Jessica intentó cogerlo, pero la larga estancia en el armario le había dejado el cuerpo rígido y plomizo. Aún tiraba de ese fardo que contenía sus escasas posesiones cuando su padrastro entró en la despensa a grandes zancadas, pronunciando su nombre a rugidos.
Era una figura formidable, con una estatura de más de seis pies y un cuerpo musculoso y ancho en proporción.
En ese momento, con el uniforme completo y el alto plumero del regimiento, descollaba como un gigante.
En su rostro enjuto y de mejillas prominentes, teñido del color de la furia, se apretó el ceño.
Jessica se apartó de él aterrorizada. A la madre, que con arrojo intentaba interponerse entre ellos, la echó a un lado.
—¡No, Duncan, no! — chilló, aunque su grito fue ignorado.
—¡Deja que la lloroncita hable por sí misma, mujer! —tronó—. Vamos, Jessie, ¿qué tienes que decir?
El sargento mayor Duncan Campbell, a diferencia de la mayoría de los hombres del 73.
º, era un escocés de las Tierras Bajas. Aquel día, como siempre, la dureza de su acento era un desagradable chirrido en los oídos de Jessica.
Ella reculó hasta la puerta del armario, donde ya no podía retroceder más, y se quedó muda, incapaz de encontrar palabras con las que defenderse.
En la mano derecha, su padrastro llevaba un bastón de mimbre.
Lo usaba, impaciente, para darse golpes en las rodillas morenas y desnudas, bajo una falda escocesa ajustada a la perfección.
—¿De verdad —insistió— creías que podías esconderte de nosotros? ¿Esperabas que zarpáramos sin ti? ¿Y qué, en nombre de Dios, supones que te habría ocurrido si lo hubiéramos hecho? ¡Vamos, habla! Quiero la verdad, Jessie, y me la dirás, aunque tenga que sacártela a estacazos.
Ella sabía que esa era una amenaza literal. Encontró por fin su voz y habló en un miserable susurro: —Sí, eso… Eso era lo que esperaba. No quiero ir con usted.
—Padre —dijo él con resentimiento—. Soy tu padre, y no lo olvides.
Jessica inclinó su lisa y oscura cabeza, pero guardó silencio. Se negaba a pronunciar esa palabra, la que él le pedía, y la omisión desató la ira que ardía en el interior de su padrastro.
—Se lo ha buscado, querida —le espetó a Elspeth—, ¡y, por Dios, la maldita libertina tendrá su merecido!
En las manos grandes y poderosas de Duncan Campbell, la vara de mimbre era un arma cruel, y él la usaba con toda brutalidad.
Poco le importaba dónde caían los golpes.
Flora se aferró a su madre, chillando, pero ni sus gritos ni las súplicas de Elspeth lograron disuadirlo.
No fue hasta que Jessica cayó al suelo, cubriéndose la cara con las manos, que la visión de las llagas cárdenas, entrecruzadas en sus brazos, lo hizo detenerse.
Respiraba con dificultad cuando se metió el bastón bajo el brazo y, sin la menor contrición, gritó: —Se lo merecía.
Límpiala y seguidme las dos al patio de armas; yo me llevaré a la pequeña.
—Flora se acercó a él de mala gana, pero el tono del sargento cambió en cuanto estrechó a la niña entre sus brazos.
— ¡Ya, ya, pajarito! No tienes nada que temer, porque tu padre te quiere.
Ya lo ves: Jessie se ha portado mal y había que castigarla.
Sécate las lágrimas, que vas a cabalgar a lomos de tu padre.
—La subió a su ancho hombro vestido de escarlata y la niña, obediente, dejó de sollozar.
— Daos prisa —le dijo a Elspeth, y se inclinó para recoger el fardo que Jessica había dejado en el suelo—.
¿No hay aquí un chal con que envolverla?
De rodillas junto a su hija mayor, Elspeth le quitó el fardo a su esposo, con cuidado de evitar su mirada. Extrajo el chal y se puso en pie con toda lentitud.
—Esto no servirá para ocultar lo que le has hecho —dijo acusadora. Como no recibiera respuesta, preguntó, tensa—: ¿No se habrán ido ya las familias?
Duncan Campbell, de camino a las escaleras, se volvió un instante para negar con la cabeza.
—Yo estoy a cargo. No se moverán hasta que les dé la orden. Pero contrólate, mujer, no puedo hacerlos esperar mucho más.
Así que siempre había tenido la intención de volver a por la pobre Jessie, pensó Elspeth con tristeza.
Se habría ofrecido voluntario para hacerse cargo de las familias y, puesto que no era un deber que satisficiera a muchos, el ayudante se habría alegrado de cederle la tarea.
Se mordía con fuerza el labio inferior mientras hacía todo lo posible por obedecer la orden de disimular las señales de la salvaje agresión que su hija mayor acababa de sufrir.
Pero la vara había cortado hondo. La cara y el cuello de la muchacha, al igual que sus brazos, seguían siendo testigos mudos de la brutal punición.
—Tendrás que cubrirte con esto, muchacha —le dijo ella al tiempo en que le ofrecía el chal a modo de disculpa—. Pero, una vez que estemos a bordo del barco, limpiaré estos cortes y conseguiré algo de bálsamo para los moratones.
Jessica había aguantado el castigo con estoica resignación.
La mirada que había tenido perdida en el espacio se volvió, con ojos suplicantes, hacia el rostro de su madre.
Si bien casi no había emitido sonido alguno mientras la vara mordía su carne puesta en sumisión, en ese momento la chica estallaba en llanto: —¡A bordo de ese barco!
Ay, mamá, ¿tengo que subir a bordo? ¿No puedo quedarme aquí?
Si tiene a las familias a su cargo, estoy segura de que no volverá.
—No, no volverá —concedió Elspeth—, pero entonces, si no te llevo conmigo, la culpable seré yo; y ya sabes lo que hará.
Sí, lo sabía, por amarga experiencia. Jessica cogió el chal y se puso en pie, a trompicones. Reconocía que la suya era una causa perdida. Su madre la rodeó con un brazo y juntas descendieron la escalera de piedra. Los pasos arrastrados de las dos resonaban en el vacío.