Los exploradores (Los australianos 7)
© inepub.com
Prólogo
Hacía calor. El aire no corría en los confines del armario vacío y polvoriento, ahora que las bolsas del equipo y las cajas de embalaje ya estaban fuera, preparadas para ser cargadas a bordo de los transportes anclados en Yarmouth Roads.
Agazapada, oculta en la oscuridad, Jessica India Maclaine oyó el rápido golpeteo de pies calzados y las órdenes dadas a gritos.
Exhaló un corto suspiro de alivio. El armario estaba debajo de unos escalones de piedra.
La escalera conectaba los alojamientos de las familias casadas, en el piso superior del cuartel de Colville, con los que ocupaban los suboficiales del regimiento, en el piso inferior.
Jessica se había escondido a última hora de la noche anterior, después de que su padrastro anunciara haber recibido las órdenes de embarque.
Y había dormido allí, de manera intermitente, hasta el toque de diana, poco después del amanecer.
No la buscarían allí, estaba segura; y pronto, después de que los hombres se hubieran reunido en el patio de armas y se hubiera pasado lista, el Septuagésimo Tercer Regimiento de Su Majestad marcharía hacia el puerto.
En ese momento, su calvario habría terminado.
Al igual que su hermano Murdo, sería libre, con el regimiento navegando hacia Nueva Gales del Sur y su padrastro lejos de su vida.
Esos eran todos sus planes. Le bastaba con escapar de la miseria de vivir bajo el techo de su padrastro.
Debía alejarse de él y de sus brutales palizas e interminables humillaciones.
Si muriera de hambre, pensaba Jessica con amargura, si tuviera que mendigar pan por las calles, su vida no sería peor.
Por ella y por Murdo, se recordó a sí misma.
Murdo había huido hacía tres meses, antes de que los hombres del regimiento abandonaran Escocia para ser transportados a bordo de cuatro sumacas de Berwick.
Con vientos huracanados, habían llegado hasta Gravesend, y, de ahí, a Yarmouth, en la isla de Wight, donde esperarían la llegada de los transportes que los llevarían a través de doce mil millas de océano hasta el exilio, al otro lado del mundo.
Eso era lo que todo el regimiento pensaba sobre su inoportuno destino.
Incluso los oficiales lo consideraban un destierro.
El 73.º había vuelto a casa después de servir en la India durante veinticinco años.
Esperaba, a la vuelta, librar las batallas de su país bajo el mando de sir Arthur Wellesley, fuera en Egipto, España o Portugal, o incluso, de ser necesario, en las Indias Occidentales infestadas de fiebre, en caso de que los franceses intentaran ampliar sus conquistas allí.
Pero ir a Nueva Gales del Sur era diferente.
Aquella era una colonia penal. Incluso el hecho de saber que el comandante en jefe, el coronel Lachlan Macquarie, se convertiría en gobernador y capitán general no era un gran consuelo para unos orgullosos combatientes de las Tierras Altas que soñaban con la gloria militar.
Jessica suspiró. Recordaba las conversaciones que había oído, las airadas quejas, la sensación de injusticia que habían sentido incluso los nuevos reclutas.
Ella misma, después de haber pasado su infancia en la India, no era reacia a viajar lejos otra vez, sin importar lo que hubiera al final del trayecto.
Habría ido de buena gana con su madre… ¡Pero, Dios santo, no con el segundo marido de su madre!
No con el sargento mayor Duncan Campbell, aunque su vida dependiera de ello.
—Jessie… Jessie, muchacha, ¿estás ahí?
La voz era suave, apenas un poco más que un susurro, pero Jessica, que la reconoció como la de su madre, se sintió inquieta.
Sabía que las familias del regimiento, las esposas y los niños, serían los últimos en embarcar; aun así…
Respiró con fuerza. Los hombres aún no habían salido de la plaza de armas.
A lo lejos seguía oyendo el redoble de los tambores, aunque las gaitas guardaban silencio.
Los gritos le indicaban que aún no se había pasado lista.
—India —insistió su madre. Era el nombre que a Jessie le había dado su propio padre y uno que Duncan Campbell no pronunciaba sino en son de burla—. Abre la puerta, niña. Tengo que hablar contigo.
—Pero no se han ido, mamá. No me atrevo. Volverá, y…
—Ahí viene, muchacha. Me ha estado dando con el cinturón. He tenido que decirle dónde estabas.
Había vergüenza en la blanda voz de montañesa de su madre.
En su confesión se mezclaban la lástima y el arrepentimiento.
Al oír Jessica lo que su ella le decía, sus sueños de libertad se desvanecieron.
Extendió las piernas encogidas y se arrastró hasta la puerta del armario.
Había metido una cuña para evitar que lo abrieran desde fuera.
Por un momento, dudó, pero la cuña habría resistido apenas un buen empellón.
No sería defensa contra la fuerza bruta de Duncan Campbell, en caso de que el hombre fuera a buscarla.
—Está bien, mamá. Espera, por favor, voy a abrir.
No le hizo ningún reproche a su madre, consciente de que ella no la habría traicionado por cuenta propia.
Cuando la puerta del armario se abrió, se sintió agradecida por haber actuado así.
Elspeth Campbell estaba delante, balanceándose un poco, con su hija más pequeña, Flora, apoyada en la cadera.
Se veía muy pálida y tenía los labios hinchados.
Un moratón lívido desfiguraba el lado derecho de su hermoso rostro ovalado.
Elspeth levantó la mano libre en un intento de ocultar el moratón, pero, para Jessica, era evidente que había sufrido una paliza más severa de lo habitual.
Y había sido por su culpa, porque se había escapado.
—¿Te ha hecho mucho daño, mamá? —preguntó compungida.
La madre se encogió de hombros y eludió la pregunta.
—Pensaba ahorrártelo, muchacha. Si vinieras conmigo ahora, podríamos bajar con las otras mujeres.
No hará falta decir nada. Están todas reunidas abajo, esperando la orden.
A Janet la he dejado con la señora Macrae.
Podremos unirnos a ellas. Él no te tocará mientras estemos todas juntas, y, una vez a bordo del barco, podrás mantenerte apartada de su camino.
Tal vez, pensó Jessica, pero no sería fácil. El barco estaría abarrotado. Los espartanos alojamientos para las noventa esposas y los ochenta y siete hijos que el regimiento podía llevar carecerían de lugares donde esconderse. Los barracones vacíos ofrecían más posibilidades.
—Podría huir aquí —empezó—. Escaleras arriba, tal vez…
—Te buscará hasta que te encuentre, hija —dijo su madre con cansancio—. Ya sabes cómo es. Para él es una cuestión de orgullo: está decidido a mantener unida a la familia, no sea que los oficiales piensen mal de él. Y desde que Murdo huyó, está más decidido que nunca a que tú no lo hagas.
Flora, de cuatro años, cansada de la conversación en voz baja y de que ninguna de las dos le hiciera caso, rompió a llorar.
—¡Tranquila, Flora! —le suplicó Jessica.
Era la favorita de Duncan Campbell. El sargento la mimaba y consentía incluso más que a su hija mayor, la bonita y élfica Janet.
Además, el sonido del llanto de Flora estaba calculado para hacer a su padre ir a la carrera, furioso y reprobador—. ¡Deja de llorar!
Como solía ocurrir en esos últimos tiempos, la pequeña no le hizo caso.
—Mamá —sollozó Flora—, ¿podemos ir al barco? Deja que Jessie se quede si quiere.
—En un minuto, cariño —la tranquilizó la madre.
Miró a su hija mayor con compasión. En el menudo, demacrado y cansado rostro de Jessica se notaban los signos de la tensión.
Ella conocía su deseo de escapar y lo comprendía, pero la chica apenas tenía diecisiete años.
Abandonarla, quizá para siempre, como se había visto obligada a hacer en el caso de su hijo fugitivo, era doloroso, iba en contra de su voluntad.
Murdo era un muchacho. Los muchachos eran más capaces de valerse por sí mismos.
Él encontraría trabajo; era fuerte para su edad, había embarnecido.
En cambio, Jessie, que no comía lo suficiente, no era fuerte ni había engrosado.
Elspeth sabía que Duncan no sentía ningún amor por la chica y, desde luego, nada de compasión.
Era un hombre duro, eso era innegable, pero muy distinto a aquel joven soldado, apuesto e imperturbable, que se había convertido en su primer esposo; el hombre que la había seducido y la había hecho abandonar su granja de las Tierras Altas, aquel con el que había viajado a la India y vivido, en perfecta felicidad, durante casi nueve años.
Pero ese soldado había muerto en combate, en la batalla de Seringapatam, el 4 de mayo de 1799, el día que el Septuagésimo Tercer Regimiento avanzó a la vanguardia en el asalto a una fortaleza con fama de inexpugnable: la del gobernante de Mysore, el infame Tipoo Sultan, y ella…
Elspeth Campbell sintió en el corazón la familiar punzada que ese recuerdo nunca dejaba de evocar.
Se había quedado viuda, con un hijo de apenas cinco años y una pequeña de siete, hermosa y morena, a la que su marido había insistido en llamar India. Jessica India, un nombre absurdo, pero a él le encantaba y siempre lo usaba para dirigirse a la niña.