Los Dioses Exiliados (Antes de Colón 2) IV. La travesía de los Andes
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IV. La travesía de los Andes

El desierto de Paracas

—Más allá de nuestras tierras —advirtió Tocapu— se extiende un desierto donde no crece nada. El sol quema de día, el frío hiela de noche. Muchos han intentado cruzarlo y sus huesos blanquean aún en la arena. Si quieres llegar a las montañas, tendrás que atravesarlo.

—Lo atravesaré —respondió Viracocha.

Hiʻiaka, que había escuchado en silencio, soltó una risa seca.

—¿Desierto? ¿Montañas? ¿Cuántos obstáculos más necesitas, Zhao Jin, para demostrar tu locura?

—No necesito demostrar nada. Pero si no vienes conmigo, no llegarás a verlo.

—¿Ver qué?

—El valle del que habla el mapa. La tierra donde el agua corre libre y la tierra da frutos sin necesidad de volcanes que la amenacen. La tierra donde podremos envejecer en paz.

Hiʻiaka lo miró con aquellos ojos que una vez ardieron de pasión y ahora solo reflejaban ceniza.

—Yo ya envejecí en el mar —dijo—. Pero te seguiré. No para ayudarte. Para recordarte, cada día, lo que me robaste.

La travesía del desierto de Paracas fue una prueba de resistencia que diezmó aún más al grupo.

Durante tres semanas caminaron bajo un sol inclemente, con los labios agrietados y la piel en carne viva.

El agua se agotó al décimo día, y solo el hallazgo providencial de un manantial oculto, que un guía chincha localizó milagrosamente, evitó la muerte de todos.

Hiʻiaka no se quejó. Caminaba en silencio, con los pies ensangrentados y la mirada fija en el horizonte.

Cuando Quimbaya desfallecía, era ella quien la cargaba sobre sus hombros sin pedir ayuda a nadie.

Temujin, mientras tanto, caminaba junto a su padre, compartiendo la carga del agua y del silencio.

—Ella es fuerte —dijo el muchacho un atardecer, señalando a su madre con la barbilla.

—Lo es —respondió Viracocha.

—Más fuerte que tú.

—También.

Temujin meditó esta respuesta antes de añadir:

—Entonces no debiste engañarla.

Viracocha no contestó. ¿Qué podía decir? Su hijo tenía razón. Pero el tiempo de las disculpas había pasado; ahora solo quedaba el tiempo de las consecuencias.

La cordillera de los Andes

Si el desierto fue un horno, las montañas fueron un congelador.

Ascendieron durante semanas por senderos de cabras que se desmoronaban bajo sus pies.

El mal de altura los golpeó sin piedad: náuseas, vértigos, sangrado de encías.

Los niños lloraban; los adultos apenas podían respirar.

Una tormenta de nieve los sorprendió en un paso a más de cuatro mil metros de altitud, y tuvieron que refugiarse en una cueva minúscula, apretados unos contra otros como animales en madriguera.

Aquella noche, mientras todos dormían, Hiʻiaka sintió que alguien la cubría con una manta. Abrió los ojos y vio a Viracocha, de rodillas a su lado, con el gesto grave. Su cabello, ya casi blanco del todo, brillaba débilmente a la luz de las brasas.

—No necesito tu manta —dijo ella.

—Lo sé. Pero la necesito yo. Necesito saber que estás viva.

Hiʻiaka apartó la mirada. El frío mordía, y la manta era gruesa y caliente. La retuvo sobre sus hombros.

—No voy a darte las gracias.

—No las espero.

Viracocha se retiró a un rincón de la cueva.

Quimbaya, que se había despertado a medias con el intercambio, se acurrucó contra su madre bajo la manta.

Hiʻiaka le acarició el cabello y, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no era ira.

Una fisura minúscula, casi imperceptible, en la coraza de su rencor.

—Madre —murmuró Quimbaya, medio dormida—, ¿por qué papá está siempre triste?

Hiʻiaka no respondió. O no supo. Cerró los ojos y dejó que la tormenta aullara afuera.

El valle de Cusco

Cuando por fin descendieron al valle, el corazón les dio un vuelco.

Era un anfiteatro natural rodeado de montañas sagradas, regado por ríos de aguas cristalinas y tapizado de una hierba tan verde que parecía pintada. El aire, puro y frío, olía a tierra mojada y a eucalipto. Bandadas de loros cruzaban el cielo, y en las laderas pacían llamas de mirada curiosa.

Viracocha se arrodilló y hundió las manos en la tierra.

—Aquí —dijo, con una voz quebrada por la emoción—. Aquí construiremos los canales. Aquí domaremos el agua.

Los incas que habitaban el valle, un pueblo aún modesto pero ambicioso, salieron a recibirlos con ofrendas de maíz y chicha. Su sinchi, un joven enérgico llamado Manco, se postró ante Viracocha con una reverencia que denotaba respeto y una pizca de astucia política.

—Has llegado del mar, anciano de cabellos blancos —dijo—. Eres bienvenido. Enséñanos lo que sabes.

—Os enseñaré —respondió Viracocha—. Pero no soy un dios. Soy un hombre que aprendió a escuchar el agua.

Hiʻiaka, que había observado la escena desde un segundo plano, sintió una punzada de algo que no supo identificar. ¿Orgullo? ¿Celos? ¿La conciencia de que aquel hombre al que odiaba estaba a punto de convertirse en leyenda? Cruzó los brazos y contuvo un suspiro.