V. El señor de las aguas
La enseñanza del agua
Los primeros años en el valle de Cusco fueron años de construcción, no solo de canales, sino de confianza.
Viracocha no quiso imponerse como un profeta; prefería mancharse las manos de barro y trabajar junto a los incas en las terrazas.
Al alba, cuando el sol aún no despuntaba sobre las cumbres, ya estaba en pie, recorriendo los arroyos con un cuaderno de corteza donde anotaba caudales y pendientes.
Le acompañaban siempre sus dos hijos, que oficiaban de puente entre el mundo chino de su padre y el mundo andino que estaban aprendiendo a amar.
Temujin, con catorce años, se reveló como un alumno aplicado.
Aprendió el quechua con una rapidez que asombraba a los nativos y ayudaba a su padre en los cálculos astronómicos.
Quimbaya, en cambio, prefería escapar de las lecciones para trepar a las rocas o bañarse en los ríos.
Su espíritu era el de su madre: indómito, magnético, refractario a toda disciplina.
—Esa niña acabará siendo una guerrera o una sacerdotisa —le dijo una vez Manco a Viracocha, entre divertido y preocupado.
—Acabará siendo lo que ella quiera ser —respondió Viracocha, sin dejar de trazar un canal en la tierra.
Un día, durante el tercer año de enseñanza, un incidente puso a prueba todo lo aprendido.
Las lluvias llegaron tarde aquel año, y cuando lo hicieron, llegaron con furia.
Un aluvión descendió por una de las quebradas, arrastrando piedras, barro y troncos, y amenazó con destruir la terraza principal, donde los incas acababan de sembrar la primera cosecha de maíz de la temporada.
Era la terraza experimental, la que Viracocha había diseñado con más esmero; perderla significaba perder la fe de la comunidad en el proyecto.
Los hombres intentaban desviar el agua con sacos de arena, pero el caudal era demasiado violento. Fue entonces cuando Viracocha recordó un principio de hidráulica que había estudiado en los libros de la dinastía Song: no se puede detener un río, pero se puede dividir su fuerza.
—¡Abridme paso! —gritó, descendiendo hasta el borde de la terraza con una azada en las manos.
En lugar de levantar un dique, cavó un surco oblicuo que desviaba parte del caudal hacia una hondonada lateral.
Luego ordenó a los hombres que imitaran su acción en tres puntos más.
El agua, dividida en cuatro brazos más débiles, perdió potencia y se dispersó inofensiva por los canales secundarios. La terraza se salvó.
Manco, que había presenciado la operación con el corazón en un puño, exhaló un suspiro de alivio.
—Has hablado con el agua —dijo, usando una expresión que se haría proverbial—. Y te ha obedecido.
—No le he hablado —corrigió Viracocha, secándose el barro de la frente—. La he escuchado. El agua siempre dice por dónde quiere ir. Solo hay que prestarle atención.
Aquella noche, durante la celebración, Temujin se sentó junto a su padre.
—¿Cómo sabías que funcionaría?
—No lo sabía. Confiaba en que funcionara. No es lo mismo.
—¿Y si no hubiera funcionado?
Viracocha se quedó pensativo.
—Entonces habría aprendido otra cosa. Cada fracaso enseña más que diez éxitos. El problema es que la gente solo quiere aprender de los éxitos.
Temujin guardó silencio, rumiando aquella enseñanza. A lo lejos, Quimbaya bailaba alrededor de la hoguera con los jóvenes incas, descalza, riendo, ajena a las lecciones de su padre. Pero no ajena del todo: algo en ella registraba, a su manera, la sabiduría del agua.
Los años siguientes fueron prósperos. Las terrazas se multiplicaron por las laderas; los canales serpenteaban entre los campos; las cosechas abundaban.
El valle de Cusco empezó a atraer a pueblos vecinos, que acudían a aprender las técnicas del señor de las aguas y, de paso, se sometían a la autoridad de Manco.
Sin proponérselo, Viracocha estaba sembrando las semillas de un imperio.
Pero la paz exterior no apagaba el vacío interior. Cada noche, antes de dormir, el hombre que una vez fue Zhao Jin se asomaba a su ventana y miraba hacia el sur, hacia las montañas donde Hiʻiaka había fundado su santuario lunar.
No la había olvidado. No podía.
El conflicto de los dos cultos
Año 1301. Cusco.
Habían pasado catorce años desde la llegada al valle.
Viracocha acababa de cumplir cincuenta, y su cabello, completamente blanco ya, le daba el aspecto de un anciano venerable.
Las terrazas se multiplicaban por las laderas, los canales regaban campos que antes eran polvo, y los incas habían empezado a cohesionarse como una fuerza regional imparable.
Todo ello era, en buena medida, obra de aquel extranjero que hablaba con el agua.
Pero no todo era armonía.
Hiʻiaka, que nunca había aceptado del todo el orden que Viracocha imponía, había ido destilando su propio espacio de influencia.
Recluida en las faldas del cerro Huanacaure, reunía a su alrededor a mujeres y jóvenes que se sentían asfixiados por las nuevas normas.
Les enseñaba danzas antiguas que recordaban el fuego de los volcanes hawaianos; les hablaba de una luna que no pedía permiso para brillar.
Sus seguidores se hacían llamar Los Hijos de la Luna, y en las noches de plenilunio celebraban rituales que los sacerdotes de Viracocha consideraban licenciosos.
—Viracocha quiere domar el agua —decía Hiʻiaka al calor de las hogueras—. Pero el agua es libre. La luna es libre. Y yo soy libre.
Durante aquellos catorce años, la tensión se había mantenido en un equilibrio precario.
Viracocha, fiel a su principio de que un pueblo no debe reprimir a sus disidentes, había ordenado respetar el culto lunar.
Pero el malestar crecía. Manco, el sinchi inca, veía en Hiʻiaka una amenaza a la cohesión que tanto había costado construir.
El detonante fue el destrozo de un canal.
Una noche, un grupo de Hijos de la Luna, ofuscados por la chicha y el fervor, derribaron a pedradas uno de los canales principales. Era un acto simbólico: el agua domesticada, liberada a la fuerza, se desbordó e inundó dos terrazas de maíz recién sembrado.
Manco montó en cólera. Sin consultar a Viracocha, ordenó azotar a los responsables en la plaza pública. Los látigos restallaron, y con ellos se quebró definitivamente la frágil convivencia.
A la mañana siguiente, Hiʻiaka se presentó en la plaza. Vestía su manto rojo y su collar de conchas hawaianas, y detrás de ella se apiñaban sus seguidores en un muro silencioso.
—He venido a despedirme —anunció, mirando fijamente a Viracocha.
—¿Adónde vas? —preguntó él, con un nudo en la garganta que no lograba deshacer.
—Al norte. Más allá de la selva, cruzando los Llanos, hay una cordillera joven que llaman Oriental. Me han hablado de pueblos que aún no conocen ni el yugo ni el canal. Allí fundaré un santuario donde la luna sea la única ley.
Viracocha sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Aquel «norte» era un abismo de distancia, un viaje que ningún inca había completado.
—¿Por qué tan lejos? —acertó a preguntar.
—Porque aquí no cabemos los dos, Zhao Jin —respondió Hiʻiaka, y era la primera vez en catorce años que usaba su nombre original—.
Tú eres el orden, la razón, el agua que fluye por cauces rectos.
Yo soy el fuego, la pasión, el agua que se desborda.
Hemos convivido catorce años, y en ese tiempo hemos demostrado que el mundo necesita ambas cosas.
Pero bajo el mismo techo, nos destruimos.
—¿Y nuestros hijos?
—Temujin se quedará contigo. Tiene tu paciencia, tu templanza.
Quimbaya vendrá conmigo. Lleva mi fuego.
Y sé que un día, cuando sea mujer, entenderá por qué debíamos separarnos.
—Hizo una pausa, y su voz se quebró solo un instante—.
No te perdono lo que hiciste en Hawái. Quizá no te perdone nunca.
Pero respeto lo que has construido aquí. Y sé que, a tu manera, me has amado.
Viracocha dio un paso hacia ella, pero Hiʻiaka alzó la palma de la mano.
—No. No me toques. Déjame partir.
Quimbaya, que ya tenía veintiún años y la belleza indómita de su madre, tomó la mano de Hiʻiaka.
Miró a su padre una sola vez, y en aquellos ojos de basalto recién enfriado había una despedida, pero también una promesa.
Luego madre e hija se alejaron hacia el norte, seguidas por un cortejo silencioso de Hijos de la Luna.
Viracocha permaneció largo rato en la plaza vacía. Temujin, a su lado, le tocó el brazo.
—Volveremos a verlas —dijo el joven, que ya era un hombre de veintidós años.
—No lo sé —respondió Viracocha.
—Yo sí lo sé —insistió Temujin—. Lo sé de la misma manera que tú sabías hacia dónde navegar.
Hiʻiaka y su grupo atravesaron los Andes orientales y se perdieron más allá de las selvas.
Con el tiempo, los incas olvidaron su rostro, pero no su leyenda.
La asociaron con Mama Quilla, la diosa lunar, y narraron que Viracocha y Mama Quilla habían sido esposos y enemigos, condenados a perseguirse eternamente.
Ignoraban que, al norte, en las tierras de los muiscas, otra cultura empezaba a tejer una historia semejante con nombres distintos.
Y siete años más tarde, en 1308, Viracocha, incapaz de soportar el silencio, emprendería el viaje que lo convertiría en Bochica. Pero eso pertenece al capítulo siguiente.