Los Dioses Exiliados (Antes de Colón 2) III. La travesía del odio
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III. La travesía del odio

La larga navegación y el duelo por Zhou Shui

Dos años.

Dos años navegando hacia el este, siguiendo la constelación del pájaro blanco que Suren señalaba cada noche desde la popa. Dos años de silencio sepulcral entre Hiʻiaka y Zhao Jin.

Ella cumplió su palabra: no le dirigió una sola palabra amable.

Comía aparte, dormía aparte, miraba aparte.

Cuando él entraba en una estancia, ella salía; cuando él intentaba acercarse, ella se alejaba con la rigidez de una estatua.

Su único consuelo eran sus hijos, que crecían durante la travesía y que no terminaban de entender por qué sus padres ya no se hablaban.

—¿Mamá está enfadada? —preguntó una noche Quimbaya, tirando de la manga de su padre. Tenía siete años y el mismo fuego de su madre en la mirada.

—Sí —admitió Zhao Jin—. Está muy enfadada conmigo.

—¿Por qué?

—Porque hice algo que no quería hacer. Algo que le dolió. Pero era necesario.

Quimbaya frunció el ceño, como solía hacer cuando se enfrentaba a un acertijo.

—¿Necesario duele?

Zhao Jin acarició la cabeza de su hija.

—A veces, lo necesario es lo que más duele.

Temujin, dos años mayor que su hermana, escuchaba desde el otro extremo de la cubierta sin decir nada.

Era un muchacho silencioso, de ojos grises como el mar del norte, que había heredado de su padre la paciencia y de su madre la obstinación.

A diferencia de Quimbaya, que buscaba respuestas, Temujin prefería observarlo todo y sacar sus propias conclusiones.

Aquella noche, antes de dormir, se acercó a su padre y le dijo, sin más:

—Ella volverá a hablarte. Algún día.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque cuando no la miras, ella sí te mira a ti.

Zhao Jin no supo qué responder. La sabiduría de su hijo lo desarmaba.

A los pocos meses de aquel diálogo, Zhou Shui enfermó.

Fue una fiebre alta, implacable, que lo postró en su litera sin previo aviso.

El anciano navegante, que había sobrevivido a tifones, motines y hambrunas, se consumió en apenas cuatro días.

Deliraba: hablaba del puerto de Quanzhou, de las concubinas del emperador, de una mujer que había amado en la juventud y cuyo nombre nunca había revelado.

Zhao Jin se turnaba con Suren para velarlo, humedecerle los labios y escuchar sus desvaríos, que se volvían más inconexos a medida que la fiebre subía.

La noche en que murió, el mar estaba extrañamente calmo.

Zhou Shui abrió los ojos un instante antes del final. Su mirada, que había estado perdida durante días, se volvió lúcida de repente. Reconoció a Zhao Jin y esbozó una sonrisa sin dientes.

—Majestad… —susurró—. ¿Llegamos?

—No —respondió Zhao Jin, tomándole la mano, una mano que ya no era más que hueso y pergamino—. Pero llegaremos. Gracias a ti.

—No… gracias a ti —corrigió el anciano—. Yo solo… tracé mapas. Tú los navegaste.

Cerró los ojos. Su respiración se hizo entrecortada, como una vela que se apaga a ráfagas. Luego, cesó.

Zhao Jin permaneció largamente inclinado sobre el cadáver, sintiendo que una parte de sí mismo se iba con aquel hombre.

Zhou Shui había sido el último eslabón con su vida anterior, el único que podía recordarle cómo olía el té en los salones de la Ciudad Prohibida, cómo sonaban las flautas en las ceremonias de primavera, cómo se escribía su nombre en la caligrafía de los poetas Tang.

Ahora, ese hilo se cortaba para siempre.

Él mismo amortajó el cuerpo con una vela de repuesto, la más blanca que encontró.

Le ató al cuello una pequeña bolsa de seda que contenía un puñado de tierra china —el último puñado que Zhou Shui había conservado durante años, sin decírselo a nadie—.

Luego, antes de entregarlo al mar, se arrodilló en cubierta.

No rezó a los ancestros: los ancestros estaban lejos y probablemente también muertos. En lugar de ello, habló en voz baja, solo para el difunto:

—Fuiste mi timón cuando yo no sabía navegar.

Fuiste mi brújula cuando todo apuntaba al naufragio.

Sin ti, yo habría ardido en Lin'an, o me habría rendido en la primera tormenta, o habría enloquecido cuando los hombres dudaban.

No puedo prometerte que llegaré a Mu. Pero sí puedo prometerte que tu mapa no se perderá.

Y que, donde quiera que me entierren, llevaré tu nombre grabado en mi memoria.

Se puso en pie y, junto con dos marineros, depositó el cuerpo sobre una tabla y lo inclinó hacia las aguas. El mar lo recibió con un rumor suave, casi piadoso, y en un instante lo engulló.

Hiʻiaka, que había observado la escena desde la popa, se acercó lentamente. Por primera vez en meses, sus pasos no expresaban repulsión, sino un respeto distante. Se detuvo a un metro de Zhao Jin, sin mirarlo, y dijo:

—Era un buen hombre.

—Lo era —respondió él, con la voz aún quebrada.

—¿Habrías llegado hasta aquí sin él?

—No.

Hiʻiaka guardó silencio unos segundos. Luego, con un movimiento casi imperceptible, le rozó la manga con los dedos antes de retirarse de nuevo hacia su rincón. No fue un perdón. Ni siquiera una tregua. Pero fue un gesto. El primero en dos años.

Zhao Jin, solo en la proa, dejó que el viento le secara las lágrimas y miró hacia el este.

La llegada al Perú

Año 1286. Costas del actual Perú.

El vigía gritó, y esta vez su grito no fue de júbilo, sino de incredulidad.

Porque lo que se alzaba ante ellos no era una isla, sino un continente.

Una costa rocosa y desértica se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y tras ella, en la lejanía, montañas de una escala imposible arañaban el cielo.

Zhao Jin, con treinta y cinco años recién cumplidos, descendió del barco ayudado por dos marineros.

Su cabello, prematuramente encanecido, brillaba bajo el sol como plata vieja.

Su rostro estaba surcado de arrugas que no correspondían a su edad, pero sus ojos, aquellos ojos que habían visto arder un imperio, conservaban la autoridad serena de quien ha atravesado el infierno y ha regresado.

Los pescadores del Señorío Chincha que faenaban en la zona se quedaron paralizados al ver a aquellos extranjeros. Nunca habían contemplado hombres de piel tan clara, ni vestimentas de seda que relucían como escamas de pez. Algunos huyeron; otros se postraron en la arena.

El curaca de la aldea, un hombre llamado Tocapu, se adelantó con cautela. Era un líder prudente, acostumbrado a negociar con pueblos vecinos, pero aquello escapaba a toda su experiencia.

—¿Quién eres? —preguntó en su lengua, despacio, como si hablara a una aparición.

Zhao Jin, que ya había aprendido a comunicarse con gestos y palabras sueltas, respondió:

—Soy Zhao Jin. Vengo del otro lado del mar. He navegado durante años. Busco un hogar.

Tocapu frunció el ceño. Consultó con sus consejeros en voz baja. Luego, señalando la espuma de las olas que rompían en la orilla, dijo:

—Te llamaremos Viracocha.

En quechua, Wiraqucha significaba «espuma del mar», «señor de las aguas». Era el nombre que reservaban para los seres que emergían del océano, para los dioses viajeros. Zhao Jin inclinó la cabeza. Acababa de recibir un nuevo nombre, un nuevo destino.