Los Dioses Exiliados (Antes de Colón 2) II. La isla de los volcanes blancos
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II. La isla de los volcanes blancos

El paraíso prestado

Los primeros meses en Hawái fueron un bálsamo para las heridas del alma.

Zhao Jin y su gente construyeron una aldea en una bahía abrigada por acantilados de basalto.

Las casas, de madera y hojas de palma, eran modestas, pero el viento que las acariciaba olía a sal y a flores de hibisco.

Las noches eran tibias, estrelladas, y el rumor del océano arrullaba el sueño de los niños.

Los hawaianos les enseñaron a pescar con redes trenzadas a mano, a cultivar taro en terrazas inundadas, a leer las señales del cielo para predecir tormentas.

A cambio, Zhao Jin compartió sus propios saberes: técnicas de tejido, nociones de astronomía, cartas de navegación.

Pero lo que de verdad transformó la vida de la isla fue la irrigación.

—El agua es la vida —decía a los jóvenes que se congregaban a su alrededor—. Si aprendéis a domarla, vuestra tierra nunca tendrá sed.

Construyó los primeros canales revestidos de piedra, desviando el curso de los arroyos hacia los campos de cultivo.

Los hawaianos contemplaban asombrados cómo el agua, obediente, discurría por los surcos que aquel extranjero de cabello oscuro y manos finas había trazado con una paciencia infinita.

Las cosechas se multiplicaron. El hambre, que antes era un huésped intermitente, desapareció.

Pero Zhao Jin no olvidaba. Cada noche, a solas, desplegaba el mapa de Zhou Daguan y estudiaba las líneas que se desvanecían más allá de Hawái.

Sabía que aquella isla no era Mu, no la Mu definitiva.

Era una estación, un refugio temporal. El verdadero destino, se lo decía el pergamino, se encontraba más al este, en un continente de montañas nevadas y ríos de oro.

Y fue en aquel paraíso prestado donde conoció a Hiʻiaka.

Hiʻiaka, la mujer del fuego

Hiʻiaka era la hija de un guerrero de alto rango, sobrina del propio Kamaʻehu.

Su cabello, negro como el ala de un cuervo, le caía en cascadas onduladas hasta la cintura.

Sus ojos tenían el color del basalto recién enfriado, y su piel bruñida por el sol evocaba la miel oscura que las abejas fabrican en los flancos del volcán.

Pero no era su belleza lo que la distinguía. Era su fuego.

Desde niña, Hiʻiaka había desafiado las normas de su pueblo.

Se negaba a aprender los cantos que las mujeres debían entonar en las ceremonias; prefería trepar a las palmeras, bucear en busca de perlas, interrogar a los ancianos sobre las historias que solo los hombres tenían derecho a escuchar.

Era rebelde, insolente, magnética. Los guerreros la temían y la deseaban a partes iguales.

Las ancianas movían la cabeza con desaprobación, murmurando que había nacido bajo una luna de fuego.

Zhao Jin la vio por primera vez durante una ceremonia en la playa.

Las antorchas de kukui danzaban en la noche, y el ritmo de los tambores resonaba en el pecho como un segundo corazón.

Hiʻiaka bailaba en el centro del círculo, sola, con los brazos alzados hacia la luna y las caderas trazando ondas que imitaban el movimiento del mar.

Los demás bailarines se apartaban a su paso, como si una fuerza invisible los repeliera.

El príncipe sintió que el aliento se le quedaba atrapado en la garganta. No era solo deseo; era reconocimiento. En los movimientos de aquella mujer había una libertad que él había perseguido toda su vida sin saberlo.

—Eres el extranjero —dijo Hiʻiaka, deteniendo su danza frente a él. Su voz era grave, ligeramente ronca—. El que habla con el agua.

—Soy Zhao Jin —respondió él, y su propio nombre le sonó extraño en aquel escenario.

—Zhao Jin —repitió ella, saboreando las sílabas como quien prueba una fruta desconocida—. Dicen que has venido del otro lado del mar. Que perdiste tu reino. ¿Es cierto?

—Perdí mi reino, mi familia, mi nombre. Todo lo que era.

Hiʻiaka lo miró con una intensidad que desarmaba.

—Entonces eres libre —dijo—. Porque el que no tiene nada no puede ser esclavo de nada.

Aquella frase quedó grabada en el pecho de Zhao Jin como un sello de fuego.

Durante las semanas siguientes, Hiʻiaka lo buscó sin disimulo.

Aparecía en la aldea con cualquier excusa; lo esperaba en la playa al atardecer; le enseñaba los nombres de las estrellas en su lengua y se reía de sus errores de pronunciación con una risa franca, contagiosa, que no contenía malicia.

—Eres diferente a los hombres de esta isla —le dijo una noche, mientras caminaban descalzos por la orilla—. Ellos llevan el mar en la sangre, pero tú llevas la tormenta en los ojos. Me gustan las tormentas.

—Soy un exiliado —repuso él—. No tengo nada que ofrecerte.

—No quiero que me ofrezcas nada —respondió ella, deteniéndose—. Quiero que me mires como me miras ahora. Como si yo fuera el único fuego que te queda.

Zhao Jin cedió. ¿Cómo no iba a ceder? Se casaron bajo la luna llena, en una ceremonia sencilla oficiada por el propio Kamaʻehu.

La unión fue bendecida con el nacimiento de dos hijos: un varón, al que llamaron Temujin, y una niña, Quimbaya.

Durante siete años, la vida fue un tapiz de pequeñas alegrías y tormentas domésticas, de risas y discusiones que siempre terminaban en reconciliación.

Hiʻiaka seguía siendo indómita, y Zhao Jin seguía siendo un soñador, pero sus diferencias, en lugar de separarlos, los unían como el fuego une al metal en la forja.

Siete años. Siete años de paz.

El despertar del volcán

El Mauna Loa rugió en el séptimo año.

No fue un aviso gradual, sino una explosión repentina que rasgó la noche como un trueno cósmico.

La tierra tembló, las palmeras se inclinaron, y una columna de fuego y ceniza se alzó desde la cumbre del volcán, iluminando la isla con una luz infernal.

Ríos de lava anaranjada comenzaron a descender por las laderas, devorando bosques, sepultando aldeas, evaporando arroyos.

Zhao Jin reunió a su gente en la playa. Tenía treinta y tres años, pero en aquel momento parecía haber envejecido una década de golpe. La ceniza volcánica cubría su cabello, dándole un aspecto espectral.

—Debemos partir —dijo, con una calma que no admitía réplica—. El mapa señala el este. Allí está Mu, la verdadera Mu. Esta isla nos ha dado cobijo, pero no es nuestro destino final.

Hiʻiaka se plantó frente a él, con los brazos en jarras y la mandíbula apretada.

—No necesitamos ir tan lejos. Kauai está a pocos días de navegación. Es una isla más pequeña, sí, pero no tiene volcanes activos. Podemos rehacer nuestra vida allí, sin arriesgarnos a otra travesía que nos mate a todos.

—Kauai no es Mu —negó Zhao Jin—. Mu está en el mapa. Es allí donde debo ir.

—¿Donde debes ir? —La voz de Hiʻiaka se elevó, afilada como un cuchillo de obsidiana—.

¿Y quién te ha impuesto ese deber? ¿Un pergamino dibujado por un loco?

¿Las estrellas? ¿Tus ancestros muertos? ¡Tus ancestros están muertos, Zhao Jin!

¡Tu dinastía está muerta! ¡El único deber que tienes es con tu familia, con tus hijos, con la gente que te ha seguido hasta aquí!

—Precisamente por ellos debo continuar. El volcán nos expulsa, Hiʻiaka. No es una invitación a escondernos en una isla más pequeña; es un aviso de que este lugar ha dejado de ser seguro.

—¡Este lugar es mi hogar! —gritó ella—. ¡Es la tierra de mis padres, de mis dioses, de mi sangre! Y tú pretendes arrancarme de aquí como quien arranca una planta para trasplantarla a un desierto.

La discusión se prolongó durante horas. Los hombres de Zhao Jin y los guerreros de Kamaʻehu observaban en silencio, sin atreverse a intervenir. Hiʻiaka desplegó toda su furia, toda su elocuencia, todo su amor herido. Zhao Jin, por primera vez en años, se mantuvo firme.

—No voy a obligarte a venir —dijo al fin, con una voz tan queda que Hiʻiaka tuvo que esforzarse por oírla—. Pero yo debo partir. Si decides quedarte, respetaré tu decisión.

Hiʻiaka lo miró con los ojos arrasados de lágrimas que se negaba a derramar.

—No me iré contigo —sentenció—. Me quedaré. Y cuando el volcán se calme, reconstruiré lo que el fuego destruyó. Porque esta es mi tierra, Zhao Jin. Y una mujer sin tierra es una mujer sin alma.

El príncipe no respondió. Bajó la cabeza y se alejó hacia la playa, donde los juncos aguardaban mecánicamente, ajenos al drama humano que se desarrollaba en la orilla.

El brebaje

Esa noche, Zhao Jin buscó al kahuna, el chamán de la aldea.

El anciano lo recibió en su choza, envuelta en el humo de hierbas aromáticas. Tenía el rostro surcado como la corteza de un árbol milenario y los ojos velados por una membrana lechosa, pero su mente era tan clara como el agua de manantial.

—Necesito un brebaje —dijo Zhao Jin, sin preámbulos—. Uno que haga dormir a una persona durante muchas horas. Las suficientes para llevarla a bordo de un barco sin que despierte.

El kahuna guardó silencio. Sus dedos nudosos acariciaban un collar de conchas como si en ellas residiera la respuesta.

—¿Es para Hiʻiaka? —preguntó al fin.

—Sí.

—Ella no quiere partir.

—Lo sé. Pero si se queda, morirá. La lava avanza hacia el norte; en dos días habrá engullido la aldea donde ella piensa refugiarse. Yo la conozco: no retrocederá. Preferirá morir abrasada antes que ceder.

—¿Y tú prefieres que te odie antes que verla morir?

Zhao Jin alzó la mirada. El chamán vio en sus ojos una desolación tan vasta como el océano que había cruzado.

—Prefiero que me odie —dijo—. El odio pasa. La muerte, no.

El kahuna suspiró. Se levantó con esfuerzo, rebuscó entre sus recipientes de barro y preparó una infusión de hierbas que desprendía un aroma dulzón y ligeramente amargo. Se la entregó en una calabaza.

—Mézclalo con su comida. Dormirá profundamente durante al menos doce horas. Pero debes saber una cosa, príncipe sin reino: hay heridas que el tiempo no cierra. Y esta será una de ellas.

—Lo sé —dijo Zhao Jin.

Aquella noche, durante la cena, Hiʻiaka bebió la sopa que su esposo le sirvió con manos que no temblaban, aunque su alma fuera un terremoto.

Estaba demasiado absorta en su propia rabia para notar el regusto extraño del caldo.

Siguió discutiendo, enumerando agravios, acusándolo de cobardía, de obstinación, de haberla seducido para luego abandonarla.

—Cuando te vayas —decía, mientras el sopor comenzaba a adueñarse de sus párpados—, yo me quedaré aquí, con mis hijos, con mi gente. Y cuando el volcán se apague, bailaré sobre sus cenizas. Porque tú serás solo un recuerdo, Zhao Jin. Un recuerdo borroso…

No terminó la frase. Su cabeza cayó sobre la mesa y su respiración se volvió profunda y acompasada.

Zhao Jin la sostuvo entre sus brazos. Pesaba menos de lo que aparentaba, como si la furia le hubiera consumido la carne.

La llevó hasta el barco, la depositó en una litera y la cubrió con una manta tejida por sus propias manos.

Luego se sentó a su lado, le apartó un mechón de la frente y lloró en silencio.

—Perdóname —susurró—. Pero no puedo perderte.

El despertar en alta mar

Hiʻiaka abrió los ojos al amanecer del día siguiente.

Lo primero que sintió fue el mareo, un vaivén lento y constante que le revolvía el estómago.

Lo segundo fue el frío, un frío húmedo y salino que calaba hasta los huesos.

Lo tercero fue el vacío: el rumor del mar reemplazando el rumor de las palmeras, el olor a salitre sustituyendo el perfume de las flores de la isla.

Se incorporó de golpe, y el mundo se inclinó bajo sus pies. Estaba en la proa de un barco. A su alrededor, solo agua. Agua y cielo.

—Bienvenida a bordo —dijo una voz a sus espaldas.

Se giró. Zhao Jin estaba sentado junto al mástil, con las manos apoyadas en las rodillas y una expresión que Hiʻiaka no supo interpretar. ¿Era tristeza? ¿Resignación? ¿O acaso una determinación tan fría como el acero de una daga?

—¿Qué has hecho? —preguntó ella, con una voz que no parecía la suya, una voz ronca y quebrada.

—Te he salvado. El volcán habría sepultado la aldea donde pensabas refugiarte. Kamaʻehu me lo confirmó esta madrugada, antes de que zarpáramos. Si te hubieras quedado, estarías muerta.

—¡No te pedí que me salvaras! —El grito de Hiʻiaka resonó sobre las olas como el graznido de un ave herida—. ¡Me drogas como a un animal, me arrancas de mi tierra, de mi familia, de mis hijos! ¿Dónde están mis hijos?

—Temujin y Quimbaya están en el barco de Zhou Shui. Están a salvo.

—¿A salvo? —Hiʻiaka soltó una carcajada amarga, desgarradora—. ¿Llamas «a salvo» a navegar hacia la nada en un cascarón de madera? Has secuestrado a tu propia familia. Nos has condenado a morir en el mar, lejos de todo lo que amamos.

Zhao Jin se puso en pie lentamente. Dio un paso hacia ella, pero Hiʻiaka retrocedió.

—No te acerques —advirtió, y en su mirada brillaba algo más que odio: era desprecio, un desprecio tan puro que dolía más que una bofetada—. Has matado lo que sentía por ti. Ahora eres mi enemigo.

—Prefiero ser tu enemigo a ser tu viudo —respondió él, con una calma que resultaba casi insultante.

Hiʻiaka no replicó. Se envolvió en la manta que él mismo le había puesto sobre los hombros y se alejó hacia la popa, donde se sentó a contemplar el horizonte con los ojos vacíos.

No volvió a dirigirle la palabra en todo el día.

Ni en los días siguientes. Ni en los meses que duró aquella segunda travesía.

El odio, como había predicho el kahuna, no pasó.