I. El exilio del dragón
La noche de la huida
La noche más larga de su vida comenzó con el olor a humedad de un pasadizo secreto.
Zhao Jin corría con el mapa apretado contra el pecho, escoltado por Zhou Shui y dos guardias que apenas habían cumplido diecisiete años.
Los túneles subterráneos del palacio, diseñados para que las concubinas y los eunucos se movieran sin ser vistos, serpenteaban bajo los cimientos como las galerías de un hormiguero.
El humo se filtraba por las rendijas, espeso y acre, y el estruendo de la batalla llegaba amortiguado, como el latido de un corazón a punto de detenerse.
—¡Por aquí, majestad! —jadeó Zhou Shui, alumbrando el camino con una linterna de aceite que apenas conseguía horadar la oscuridad.
El anciano navegante se movía con una agilidad que desmentía sus años. Conocía cada recodo de aquel laberinto porque él mismo había ayudado a trazarlo, décadas atrás, cuando la posibilidad de un asedio parecía una hipótesis de manual y no una realidad sangrante.
—¿Y mi madre? —preguntó Zhao Jin, tropezando con un escalón—. ¿Mis hermanas?
Zhou Shui no respondió de inmediato. Siguió avanzando, la linterna oscilando en su mano como un péndulo loco. Al fin, sin detenerse, dijo:
—Las vi caer, majestad. No hubo tiempo.
El príncipe sintió que el aire le abandonaba los pulmones.
No era dolor lo que experimentaba, sino una parálisis helada, como si el mundo se hubiera congelado en un instante que no terminaba nunca.
Sus rodillas flaquearon, pero en lugar de doblarse, se irguieron.
Algo en su interior, una fibra que ignoraba poseer, se tensó como el acero de una ballesta.
—Llévame a los barcos —dijo.
Emergieron a una cala escondida cuando la luna, velada por el humo, apenas iluminaba las aguas.
Cinco juncos de velas color azafrán se mecían en el embarcadero improvisado, sus cascos crujiendo como bestias impacientes.
A bordo, sesenta hombres, mujeres y niños aguardaban en un silencio roto solo por el llanto de algún pequeño y el murmullo de las plegarias.
Eran los elegidos: astrónomos, herreros, tejedores, maestros del agua.
Todos miraban a Zhao Jin con una mezcla de esperanza y terror, como náufragos que ven acercarse un bote salvavidas sin saber si resistirá las olas.
El príncipe subió a la nave capitana y se plantó en la proa. El viento del este le azotó el rostro, arrastrando consigo el olor a ceniza y a sal.
—Juro por el espíritu de mis ancestros —dijo, y su voz resonó sobre las aguas como un trueno lejano— que algún día volveré a esta tierra. Y que el fuego que hoy consume mi hogar será el fuego que ilumine mi regreso.
Zhou Shui, a su lado, desenvainó la espada y la alzó hacia el cielo. El acero reflejó por un instante el resplandor anaranjado del horizonte.
—¡Zarpamos!
Las velas se inflaron, los cabos se tensaron, y los cinco juncos se deslizaron sobre el lomo oscuro del océano como una bandada de pájaros que abandonan el nido en llamas. Detrás, la China de los Song ardía. Delante, solo el mar.
La travesía infinita
Ocho meses, veinticuatro días.
Eso fue lo que duró la primera travesía. Zhao Jin lo supo porque Suren, la astrónoma, llevaba la cuenta marcando muescas en un tablón de madera cada noche, bajo la luz de una luna que parecía burlarse de ellos con su indiferencia.
Los primeros cuatro días fueron engañosamente plácidos.
El Pacífico, como una fiera adormilada, se dejaba surcar con mansedumbre.
Pero al quinto día, el cielo se cubrió de nubes negras como tinta de calamar y las olas comenzaron a levantarse como murallas líquidas.
Los juncos crujían, se retorcían, gemían.
Los hombres se aferraban a los mástiles mientras las mujeres abrazaban a sus hijos y los niños lloraban con un terror primitivo que no entendía de consuelos.
Zhao Jin, empapado hasta los huesos, gritaba órdenes que el viento desgarraba antes de llegar a sus destinatarios. Cortar las velas, arrojar lastre, sujetar los timones. Pero el océano no escuchaba razones; era un dios antiguo y caprichoso que jugaba con ellos como un gato con un ratón herido.
Luego vinieron las calmas. Días enteros bajo un sol implacable que convertía la cubierta en una plancha al rojo vivo.
El agua potable menguaba; las raciones, ya escasas, se redujeron a un puñado de arroz y un sorbo de líquido tibio.
La disentería y el escorbuto empezaron a cobrarse víctimas.
Cada mañana, alguien no despertaba, y al atardecer su cuerpo era entregado al mar con una breve oración que Zhao Jin recitaba de memoria, sintiendo que cada palabra le arañaba la garganta.
La fe flaqueaba. Las murmuraciones se extendían como una plaga.
—El mapa es una mentira —decían algunos—. Mu no existe. Zhou Daguan era un loco que se perdió en el mar. Ahora nosotros seguiremos su mismo camino.
Zhao Jin oía las quejas, pero no respondía.
Se sentaba cada noche en la proa, desplegaba el pergamino bajo la luz de la luna y recorría las líneas con la yema de los dedos, como si pudiera sentir la tierra prometida a través de la tinta.
Su silencio era más elocuente que cualquier discurso.
Sabía que la fe no se impone con palabras; se demuestra en la obstinación de quien, cada mañana, señala el horizonte y dice: allí está .
Una noche, Suren se sentó a su lado sin pedir permiso. La astrónoma era una mujer de cincuenta años, rostro curtido por el sol y manos agrietadas, pero sus ojos conservaban el brillo de quien ha pasado más horas mirando el cielo que el suelo.
—He estado observando las estrellas —dijo, señalando un punto sobre sus cabezas—. Hay una constelación que no aparece en ningún mapa de China. Parece un pájaro blanco con las alas extendidas. Apunta hacia el este, siempre hacia el este. No se mueve, no se desvía. Es como si nos estuviera esperando.
Zhao Jin siguió su dedo con la mirada. El firmamento era un manto de diamantes, frío y hermoso, y allí, justo donde Suren señalaba, distinguió una forma que nunca había visto antes. Algo en su pecho se expandió.
—¿Qué significa?
—Significa que no estamos perdidos. Significa que las estrellas nos guían hacia Mu. Y que llegaremos.
El príncipe no dijo nada. Pero aquella noche durmió, por primera vez en meses, sin soñar con fuego.
El desembarco en Hawái
La mañana en que avistaron tierra, el sol despuntaba como una gema líquida sobre un mar de cobalto.
—¡Tierra! —gritó el vigía desde la cofa, y su voz se propagó de barco en barco como una onda expansiva de júbilo.
Lloraron, rieron, se abrazaron. Hombres barbudos y curtidos sollozaban como niños; mujeres que habían contenido el llanto durante meses se derrumbaban sobre la cubierta. Zhao Jin, de pie en la proa, sintió que las piernas le temblaban y no hizo nada por ocultarlo.
La isla que se alzaba ante ellos era un milagro de verdes y azules. Volcanes de cumbres humeantes, palmeras inclinadas sobre playas de arena dorada, un mar turquesa que lamía los arrecifes de coral. En los flancos de los volcanes, la nieve se confundía con las nubes. Era un paraíso. Era Mu.
Los hawaianos los recibieron con una mezcla de curiosidad y cautela.
Encabezaba la comitiva un hombre de mediana edad, complexión robusta y mirada serena, ataviado con un manto de plumas rojas y amarillas que proclamaba su rango.
Se llamaba Kamaʻehu, y era el aliʻi nui, el jefe supremo de aquella isla.
—Bienvenidos, extranjeros —dijo en su lengua, que sonaba como el rumor del viento entre las hojas—. Esta tierra es grande y generosa. Mientras respetéis nuestras costumbres, tendréis un hogar.
Zhao Jin, que en aquellas primeras semanas ya había empezado a balbucear algunas palabras del idioma local, inclinó la cabeza en señal de gratitud.
—No venimos a conquistar. Hemos sido expulsados de nuestra tierra por enemigos que no perdonan. Buscamos un lugar donde vivir en paz.
Kamaʻehu lo observó largamente. Algo debió de ver en los ojos del príncipe exiliado, porque asintió con una inclinación lenta y solemne.
—Entonces quedaos. El mar os ha traído. El mar es sabio.