Los Dioses Exiliados (Antes de Colón 2) PRÓLOGO El legado del mapa
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Los Dioses Exiliados (Antes de Colón 2)

Los Dioses Exiliados (Antes de Colón 2)

Por Juan C. Rueda

© inepub.com

PRÓLOGO El legado del mapa

La tinta aún estaba fresca en los decretos de rendición, pero nadie los firmaba porque ya no quedaba nadie con autoridad para hacerlo.

El imperio más refinado de la Tierra, el que había dado a la humanidad la pólvora, la imprenta y la brújula, agonizaba bajo las pezuñas de los caballos mongoles.

Las hordas de Kublai Khan, como una marea de fuego y acero, avanzaban desde el norte sin que muralla alguna pudiera contenerlas.

En Lin'an, la capital, el perfume del jazmín y del té se mezclaba ya con el hedor de la carne quemada.

En el interior de la Ciudad Prohibida, en una cámara cuyos biombos de seda aún mostraban grullas en vuelo, un joven de veinticinco años sostenía un pergamino con manos que no habían empuñado jamás una espada, pero sí pinceles, compases y astrolabios.

Sus dedos, largos y pálidos como los de un calígrafo, recorrían las líneas de tinta roja y azul que dibujaban islas y corrientes sobre un océano inconmensurable.

Se llamaba Zhao Jin. Tercer hijo del emperador Song, príncipe educado en filosofía, astronomía y náutica.

Su cabello, negro como la tinta de los antiguos poemas Tang, le caía sobre los hombros en una cascada descuidada.

Sus ojos, oscuros y profundos, reflejaban el resplandor anaranjado de las llamas que devoraban los pabellones exteriores.

No había en ellos pánico, sino una extraña serenidad, la de quien ha leído demasiados libros y ha soñado demasiados sueños como para temer el final de uno solo.

Frente a él, un anciano de rostro surcado por el salitre y las tormentas aguardaba en silencio respetuoso.

Zhou Shui, navegante retirado de la flota imperial, había servido a tres emperadores y conocido más puertos de los que recordaba.

Sus manos, callosas y nudosas como raíces de ciprés, habían guiado timones en tifones y trazado cartas de mareas que ningún otro se atrevía a dibujar.

Pero aquella noche, ni siquiera su experiencia bastaba para disipar la sombra que se cernía sobre la dinastía.

—Majestad —dijo Zhou Shui, y su voz sonó como el rumor de una resaca lejana—, este mapa fue trazado por mi maestro, Zhou Daguan, hace más de treinta años.

Navegó más allá del Japón, siguiendo la corriente de Kuroshio.

Llegó a una tierra de volcanes blancos y playas de coral negro.

La llamó Mu. Y aseguró que más allá de ella, hacia donde el sol nace, se extiende un continente de montañas nevadas y ríos que arrastran pepitas de oro.

Zhao Jin alzó la mirada. El pergamino crujió entre sus dedos.

—Los mongoles han degollado a mi padre y a mis hermanos.

Han violado a mis hermanas antes de arrojarlas a las llamas.

Ahora buscan mi cabeza no porque sea un guerrero —porque no lo soy—, sino porque soy el último príncipe Song que aún respira libre.

Mi sangre, por insignificante que parezca, es una amenaza para el trono del Khan.

—Por eso debemos huir, majestad —insistió Zhou Shui—. No hacia el sur, donde nos esperan con sus arcos. Sino hacia el este, donde el mapa nos guía.

—¿Confías en este mapa?

El anciano bajó la cabeza.

—Confío en mi maestro. Y confío en el mar.

Zhao Jin enrolló el pergamino con un gesto lento, casi ceremonial. Lo envolvió en un paño de seda púrpura y lo apretó contra su pecho como si se tratara del último rescoldo de un fuego que estaba a punto de extinguirse.

—Reúne a los fieles. No a los soldados: ya no nos quedan.

A los astrónomos que leen las estrellas, a los herreros que templan el acero, a los tejedores que hilan la seda.

Pero, sobre todo, a los maestros de la irrigación, los que saben domar el agua y entender los ciclos de la tierra.

Ellos serán los que nos salven. Ellos construirán el futuro en una tierra que aún no conocemos.

Zhou Shui se arrodilló y tocó el suelo con la frente.

—Entonces seremos pocos. Pero los pocos que sobrevivan serán los que construyan el futuro.

Zhao Jin se acercó a la ventana. Las llamas del palacio imperial teñían el cielo de un rojo sucio, como una herida que no dejaba de sangrar.

El viento traía el eco de los gritos, el galope de los caballos, el crujido de las vigas al quebrarse.

El príncipe permaneció inmóvil durante un instante que se le antojó eterno. Luego, sin volverse, dijo:

—Zarpamos al amanecer.