Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero Segunda parte. Los días rojinegros #11
97%

Segunda parte. Los días rojinegros #11

Con la voz entrecortada y los ojos desmesurados, encendidos y febriles, el padre de Pasanau le fue hablando a su hijo con la voz queda pero llena todavía de entusiasmo por lo que moría, hasta que, de pronto, sus pupilas quedaron inmóviles con fulgor vidriado y la boca entreabierta expiró el último aliento.

Aquella noche, en la puerta de la escalera, me contó Pasanau que quizá su padre se hubiese salvado de morir de la herida recibida a no ser por el error que cometieron al darle de beber en el cortijo donde le tuvieron encamado.

Desde aquel momento su gravedad se acentuó, llevándoselo irremediablemente a la muerte.

Mi amigo, que todavía no había cumplido los dieciséis años, me dijo, con la voz apagada pero serena, lo mismo que si hubiese recibido con las últimas palabras de su progenitor, la herencia de un aplomo y energía diamantinos que debían acompañarle hasta el fin de sus días.

Era un adolescente como yo, sin embargo, en aquellos tristes instantes de pérdida tan grande como insustituible, reflejaba una gravedad impropia de sus jóvenes años y sería, quizá porque cada vez que un hijo pierde a su padre y todavía más cuando es pobre, adquiere inmediatamente, mayoría de edad y sin que exteriormente se advierta, interiormente se vuelve, infortunada y dolorosamente, en un hombre.

Me refirió que el entierro había sido dispuesto para el día siguiente.

El cadáver sería trasladado por deseo de sus compañeros de ideas y de trabajo, así como con el consentimiento de la viuda, a la misma fábrica Damm, donde había trabajado durante años.

En una de las dependencias, el Comité había dispuesto que se instalara la capilla ardiente. El entierro saldría de la fábrica.

Cuando después de despedirme de mi amigo, diciéndole que a la mañana siguiente acudiría a su casa a dar el pésame a su madre, mientras me alejaba por la calle, camino de la mía, pensé en la madre de Pasanau, imaginándola en el vacío de su hogar humilde, llorando la pérdida, por siempre más irreparable, del hombre que, amándola, había dado su vida por amor también a una España que soñara distinta, al desearla mejor para todos los españoles indistintamente.

Viernes, 31 de julio de 1936

Por la mañana fui a visitar a la madre de Pasanau. Me abrió la puerta mi amigo y me condujo por el pasillo hasta el comedor, donde su madre se encontraba sentada silenciosamente en un magnífico sillón que contrastaba con la humildad de su vestido.

Noté al instante que todo el moblaje del piso había sido cambiado y que las sencillas sillas de barniz opaco, por haber perdido el brillo con el uso de años, habían desaparecido.

Dije algunas palabras a la desventurada mujer y ella asintió brevemente con la cabeza, mirándome un instante con sus ojos tristes.

Acompañándola se encontraban algunos de los amigos de su fallecido esposo. Guardaban silencio porque sabían que en aquellos momentos la ausencia de palabras era la mejor expresión de su sentido respeto.

Después, Pasanau me llevó a su habitación y me contó que los compañeros de su padre deseaban a toda costa demostrarles que no quedaban solos y que, en adelante, la familia contaría siempre con el apoyo incondicional de aquella otra inmensa familia que formaba la clase obrera.

A su manera, habían querido compensarles y demostrarles su dolor y afecto, llevándoles muebles diversos, sillas y sillones para su comodidad, todos ellos de las requisas de aquellos últimos días.

Pasanau me mostró la cómoda de su habitación, sobre cuyo mármol blanco se apilaban libros que trataban de las más heterogéneas materias.

Me enseñó un par de diccionarios, de latín y griego, diciendo que los compañeros de su padre se los habían regalado para que le sirvieran en sus estudios pues querían demostrarle a toda costa, de una u otra manera, su interés por la familia que con la muerte del padre había perdido su más recio puntal.

Cuando me marché, vi a la pobre viuda, sentada en el fondo del corredor del piso, en la sala comedor, hundida su sencillez de madre y esposa en el magnífico sillón que la habían regalado y advertí en su gesto la profunda soledad de su corazón herido por la muerte de su esposo y la soledad de los hijos rodeándola como alrededor del tronco del árbol de la vida al que habían desgajado, como en otros tantos hogares, la más poderosa y amada de las ramas.

Por la tarde se llevó a cabo el entierro de Benito Pasanau, cuyos restos se habían depositado en la improvisada capilla ardiente, cubierto el ataúd con la bandera rojinegra, en la fábrica Damm.

También, en su homenaje y memoria, se le había dado nombre a la calle Rogent del Clot, que, en adelante y durante toda la guerra se llamó de Benito Pasanau.

Los obreros de muchas fábricas de la barriada estuvieron desfilando ante el sencillo ataúd, durante horas.

Cuando llegó el momento del definitivo traslado, el patio exterior de la entrada a la fábrica de cerveza Damm aparecía lleno de los obreros de la misma y de otros de muchas industrias que deseaban despedir a uno de los primeros caídos en la lucha de Aragón, con la columna Durruti.

En la calle, a ambos lados de la puerta de verja de hierro de la entrada a la fábrica, estaban al aire las banderas rojinegras con las iniciales de la CNT y de la FAI, en cada ángulo de los dos triángulos.

El cortejo fúnebre encabezado por el ataúd, llevado a hombros de los obreros, salió de la fábrica, avanzando lentamente entre el gentío que se apiñaba en las dos orillas de la amplia calzada.

Detrás del féretro, encabezando el duelo, iban dos muchachos y un niño de corta edad.

Uno era mi amigo, el hijo de Benito Pasanau, que llevaba de la mano a su hermano menor; el otro chico era Liberto Sarrau.

Después, seguía el millar de obreros de la fábrica de cerveza Damm mezclados con los de las otras fábricas del textil de los barrios del Clot, Pueblo Nuevo, San Andrés y Pueblo Seco.

De pronto, en el silencio imperante, al mismo tiempo que el ataúd llevado a hombros abandonaba la fábrica, donde el obrero fallecido había trabajado como conductor de uno de los carros de transporte de barriles de cerveza, rompió, atronadoramente en el aire, el bronco y profundo sonar de la sirena de la fábrica Damm.

Sonó una vez y otra y otra. Así, hasta diecisiete veces, tantas como años había trabajado en la fábrica el obrero que sus compañeros llevaban a enterrar.

La comitiva fúnebre cruzó la calle Dos de Mayo y enfiló por la de Fresser hasta alcanzar la longitud de la calle Montaña, descendiendo por ésta, poco a poco.

En el aire, seguían los toques de la sirena de la fábrica extendiendo sobre el barrio obrero la gravedad profunda de su poderoso rugir agigantado.

El sonido extendía las alas en el aire, volaba sobre los hogares y los tejados sobre los que sobresalían las chimeneas de las fábricas.

Vibraba la sirena extendiéndose como amplias y grandiosas alas abiertas alrededor de su boca que gritara a voces, por doquier, a las galerías de las casas, a sus ventanas y balcones que un obrero había dado su vida por el soñado bienestar futuro de todos los españoles y que aquellas diecisiete afirmaciones de sonido rotundas como gritos dados en el aire, eran los años de la existencia de trabajo de aquel hombre ofrecidos y dedicados a lo que él había estimado la más generosa entrega en la esperanza del logro de un mundo mejor.

En tanto el sonido retumbaba grave y resonante sobre las casas del barrio obrero, por entre las viviendas alineadas, en la larga calle, surco y cauce de río repleto de varios millares de trabajadores, pasaba lento el interminable cortejo del entierro acompañado por cientos de obreros, sobre cuyas cabezas flotaban tristes las telas de las banderas.

El vecindario asomaba a ventanas y balcones; los tenderos salían a la entrada de sus comercios; los que iban de calle se detenían y, todos, fijaban los ojos en el ataúd sostenido a hombros y en los tres chiquillos que encabezaban el duelo.

El entierro dobló el comienzo de la calle Montaña tomando por la carretera de Ribas prosiguiendo su marcha lenta e incansable, hacia el cementerio de San Andrés.

Tras la sencilla caja negra seguía el gentío con las banderas y de las que, también, una de ellas, iba a ser la última bandera en dejar España cuando la derrota.

La primera bandera había sido la de Buenaventura Durruti al partir con su columna hacia el frente de Aragón.

También rojinegra había sido la última en abandonar España, y sus componentes, los de la unidad División 26, Columna Durruti, al mando de Ricardo Sanz, cruzaron formados disciplinadamente la frontera francesa.

Aquéllas, pues, las rojinegras, habían sido las primeras y últimas banderas de la Guerra Española.