Epílogo
HAN TRANSCURRIDO TREINTA Y OCHO AÑOS desde aquella ya lejana época y he vuelto al antiguo barrio del Clot donde transcurrió parte de mi adolescencia.
Todo ha cambiado. La fábrica Rius ha desaparecido; ni siquiera de aquélla que fue poderosa industria textil, queda una sola piedra.
En la extensa superficie donde se levantaran grandiosas naves, separadas por calles interiores de la fábrica a la que popularmente se apodaba Can Galledes (Casa Baldes), pues se aseguraba que su fundador había comenzado su incipiente industria usando baldes de color para llenar las barcas del tinte, ya no quedaba nada de lo que fue.
Nuevos arquitectos la hicieron demoler levantando en los grandiosos solares gigantescos y modernos edificios de viviendas modernas.
A su vez, lo que fue destartalado caserón, antro de trabajo sin las menores condiciones laborales —la fábrica Mercader de la calle Dos de Mayo— fue echada abajo por obra de la demoledora y, a veces, eficaz piqueta y, en su terreno levantáronse altas casas de pisos, en cuyos balcones asomándose, ríen, cantan y se orean, gentes más felices que aquellas que en el mismo sitio acudían a diario a la sórdida fábrica como a un lugar inevitable de castigo cotidiano al que estaban obligados a perpetuidad.
Indagué, no respecto a las piedras de las antiguas fábricas sino, por la carne y el destino de los hombres que lo fueron en aquellos ya muy lejanos y trágicos años de la Historia de España y supe de algunos de ellos, su evolución y último destino.
El señor Mercader, que durante la guerra adelgazó notablemente, volvió a recobrar su gordura cuando recobró su fábrica.
Luego, el señor Peret, su sobrino, le sustituyó.
En cambio, el obrero Agustín, se quedó sin cargo cuando desapareció el Comité de Control; dejó de usar el automóvil del dueño, quitóse la corbata y el cinto de correa y volvió a envolverse con las vueltas de la faja negra aquella barriga que tanto se parecía a la del Amo de la fábrica.
Desde entonces aseguró que los obreros eran un rebaño de asnos sólo aptos para la carga y para llevar sobre sus lomos a los listos a caballo.
El químico Fabregats tiró las sandalias y otra vez se puso las botas y volvió a dirigir su fábrica. A veces, sonriéndose contaba su habilidad en los negocios y en sortear las dificultades de la vida, recordando los días aciagos de la guerra civil.
El estampador Martínez, terminada la contienda, consiguió al fin ser nombrado encargado de la fábrica.
Más infortunado fue Escrich, el silencioso estampador, aficionado a los aparatos de radio que, en un combate, enloqueció de tanto horror y terminó su existencia en un manicomio.
Santiago Pasanau, poco después de la muerte de su padre, marchó al frente para sustituir en la lucha a su progenitor y, a su vez también perdió la vida.
Su madre, con los dos hijos menores que le quedaron, abandonó España cuando la derrota de la República, siguiendo el trágico exilio de los vencidos en los campos de concentración franceses, sin que se supiera cuál fue su destino.
Liberto Sarrau combatió en la Columna Durruti, a las órdenes de Ricardo Sanz y, en la posguerra prosiguió luchando por los ideales de su padre, el cual había sido fusilado al finalizar la guerra.
Sarrau fue detenido y encarcelado diez años por guerrillero y cuando salió libre se trasladó a Francia, donde todavía reside.
Pineda, el sindicalista, se enroló en las fuerzas de choque del cuerpo de Carabineros, combatió toda la guerra y pasó la frontera al fin de la guerra, muriendo de enfermedad en uno de los campos de concentración.
El hijo del remendón de la esquina Rogent, llegó a oficial piloto de aviación y le sorprendió la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética, a donde, se dijo, había huido al fin de la guerra española.
El joyero Pedro Neumenko, que tenía su tiendecita en la calle Montaña, se marchó a Rusia formando parte del séquito del cónsul ruso en Barcelona Antonov Ovoscenko, ignorándose cuál había sido su destino y el de su esposa catalana y la hija de ambos.
Mi amigo José Ardenas, mecánico ajustador y de ideología anarquista, pacífico, bondadoso, culto y evolucionista, sobrevivió a la contienda pero, unos años después, viejo, solitario y sin familia, murió olvidada su persona en el almacén en desuso, donde se le permitía pernoctar en un catre y pasar las horas en un sillón viejo de mimbre, paticojo.
Nadie le vio morir hasta que unos días más tarde de ocurrido su fallecimiento, le encontraron muerto en el sillón. Había perecido de hambre.
Chalmeta, a su vez, murió sin conseguir ver realizado el triunfo de su hijo, el torero.
Actualmente, nadie recuerda después de casi cuarenta años transcurridos desde los comienzos de la guerra española, a todos aquellos que son cenizas en alguna parte de la tierra pero que, un día, fueron hombres con la grandeza humana de su anónima pequeñez.
El antiguo barrio obrero ha cambiado.
La vía del tren que partía de la estación del Norte, cruzando el barrio del Clot, transcurre ahora por el túnel subterráneo y, en la superficie, la Avenida Meridiana, antes orillada de campos y huertas, se ha transformado en una amplia e interminable alfombra de cemento, con puentes para peatones debajo de cuyos senderos colgantes, a diario, desfilan incesantes y vertiginosamente en direcciones opuestas, millares de automóviles a los que el sol arranca reflejos a sus carrocerías multicolores.
Antes, la tierra estaba dividida en ricos y pobres; ahora, en automovilistas y peatones.
Las banderas rojinegras y de todos los demás colores, pasaron a la historia de las luchas sociales y han sido sustituidas por los anuncios publicitarios adornando las cúpulas de los Bancos y de monolíticos edificios gigantescos.
Lejanísimo, en las heladas soledades de las alturas del Himalaya, un nuevo Juan Bautista yogui, predica en vano, con voz inaudible, su Apocalipsis y la anticipadamente malograda por nonata «Revolución del Asesinato del Automóvil», gesticulando airada contra la matinal y cotidiana «Comunión de la Gasolina».
Donde fueron campos en despoblado surgieron autopistas subrayadas con la firma triunfal del escalestrix, rúbrica voladiza trazando bienvenidas de tirabuzón encementado, a los nuevos invasores por Tarifa, los prosaicos Adberramanes creadores de los Califatos de la Bencina.