Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero Segunda parte. Los días rojinegros #10
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Segunda parte. Los días rojinegros #10

El Comité de la Colectividad decidió crear un Laboratorio Central de la misma, en el que se colocó como responsable al químico tintorero José Fabregats, considerado como uno de los mejores químicos del Ramo.

Fabregats, que era dueño de una de las fábricas incautadas, había modificado desde el triunfo de los anarcosindicalistas su atuendo personal acostumbrado.

Desde días después de la primera quincena de julio, había dejado los zapatos y calzaba sandalias sin calcetines en los pies; se subía el cuello abierto de la camisa sobre la chaqueta y, como era calvo desde su juventud y de cráneo desaforadamente dolicocéfalo, su estampa personal cobraba aires de sabio científico, semblanza que cultivaba añadiendo a su prestancia la lectura del tratado de química analítica de Kurtman.

Iba a diario andando al laboratorio de la calle Ali-Bey, leyendo el voluminoso tratado. Lo mismo hacía a su regreso.

Sabía que desde que la clase obrera perdió su respeto por la Biblia, hizo extensiva su veneración a todos los libros en general y distinguió ingenuamente, con el mismo respeto, a todos cuantos llevasen un libro en sus manos, entendiendo en los mismos gran amor a la cultura y, en consecuencia, a todos los seres humanos ya que, de otra manera, ¿para qué servía el ser culto, de no ser para desarrollar entre los hombres mejores relaciones de existencia?

El antiguo dueño de su fábrica, el químico Fabregats, se había metamorfoseado astutamente en su apariencia de pensador vegetariano, distante en el ensimismamiento de lector, de otro patrimonio que no fuese el de la cultura y, por su aspecto callejero, se le confundía con un propagandista de la revista Pentalfa dirigida por el profesor Capo que gozaba de gran predicamento en los medios naturistas y ácratas.

En el mismo Laboratorio Central, el Comité de la Colectividad, en cuya dirección se habían introducido algunos fabricantes para mejor proteger sus antiguos intereses, se había destinado como laborantes, a las órdenes del químico Fabregats, a los hijos de los patronos cuyas fábricas habían sido colectivizadas, respetando los mismos Comités obreros el derecho al trabajo de los hijos de sus antiguos patronos.

Los barriles de colorantes de las diversas fábricas del Ramo habían sido todos reunidos en el almacén del Laboratorio Central de la Colectividad para su clasificación.

Sin que se supiera la verdadera causa, muchos de aquellos barriles y latas de colorantes, aparecían con sus etiquetas clasificadoras, rotas o arrancadas parcialmente, habiendo por tanto desaparecido los datos de sus características y la marca de la fábrica de colorantes desde las que, en su día, habían sido expedidos.

La labor subsiguiente de análisis cualitativo del colorante de cada barril hasta ser concretadas correctamente sus características, iba a ocasionar una gran pérdida de tiempo por el crecido número de barriles existentes y en consecuencia su laboriosa clasificación.

El químico colorista Fabregats, que conocía perfectamente el italiano, iba trasladando minuciosamente los resultados de los análisis y su enriquecimiento profesional en los procedimientos de análisis, a una libreta de tapas duras y de colores jaspeados, en la que, para su conocimiento exclusivo, escribía en italiano su trabajo cotidiano en las grandes páginas, con letra menuda y apretada, trazada en tinta verde brillante, su color preferido.

Cuando alguno de sus auxiliares de laboratorio le observaba el olvido de la libreta sobre la mesa, sonreía irónicamente, sobreentendiéndose que ningún obrero iba a saber lo que en ella se había anotado.

El trabajo, en las fábricas de tintes del Ramo, debido al desorden originado en aquellos días de julio que se transformaban en el preludio de una guerra atroz y duradera, había desquiciado toda la organización laboral anterior.

Una de las pocas industrias que concentraba los pocos pedidos de producción era la fábrica Illa, de la calle Pedro IV, que conduce a Badalona.

En grandes titulares, en la primera página de Solidaridad Obrera , había aparecido una frase que era, al mismo tiempo, un grito de combate: «¡A TREINTA KILÓMETROS DE ZARAGOZA!».

Miércoles, 29 de julio de 1936

Cuando regresaba de visitar a mi amigo, el vendedor de cacahuetes, vi venir en sentido contrario por la misma calle, al viejo Chalmeta, el estampador. No le había vuelto a ver desde que me trasladaron desde la fábrica de la calle Dos de Mayo, a la de Can Casas.

El viejo Chalmeta me vio a su vez, pues noté que me dirigía una breve mirada por debajo de la visera de la gorra, con su expresión de habitual malhumor.

Posiblemente se hubiese cruzado conmigo con un sólo saludo de cabeza a no ser que yo, que me alegraba de volver a verle, no le hubiese salido al encuentro, porque su original personalidad y rareza de carácter me era simpático, debido al contraste que ofrecía con su aspereza y adustez, la ternura que demostraba al hablársele de su hijo torero.

Se detuvo, mirándome sin manifestar en su rostro surcado de múltiples arrugas, ni contento ni contrariedad.

Los surcos de su rostro, finos y entrecruzados, así como los pliegues nasolabiales con expresión de amargura inveterada, mantuvieron la misma desgana que manifestaba en silencio, con los reveladores signos del lenguaje facial hacia todas las cosas de la vida que le rodeaban de manera más inmediata.

Vestía con sencillez ropas de calle. Sobre la camisa, alrededor del cuello, llevaba anudado un pañuelo de seda blanco, con las puntas metidas debajo de cada lado de la chaqueta.

La gorra oscura, con la visera alicaída sobre los ojos, siempre irritados, acentuaba todavía más la palidez marchita del rostro.

Las mejillas flojas parecían despegadas de la escasa carne, como vejigas deshinchadas y fláccidas.

Sus ojos me miraron con relampagueante impaciencia, pues no adivinaba el motivo de la detención sólo para saludarle.

Pero, al punto, cuando le pregunté por su hijo, su cara, lo mismo que en todas las veces anteriores, se transformó mostrando al descubierto la única pasión por la que, posiblemente, seguía vivo.

Vertió, al instante, su preocupación por aquél al que sentía tanto amor, contándome que, con el nuevo estado de cosas no eran solamente los ricos y los dueños de las fábricas los que peligraban, sino también el futuro de los toreros.

¿Qué le importaba a él la revolución social si terminaba con las corridas de toros?

La revolución no sentía simpatías por la Fiesta Nacional, a la que consideraba embrutecedora para el pueblo y bárbara en su significación de dar muerte a un noble animal que sólo manifestaba su poderío agresivo, obligándosele a ello.

Si la revolución estaba en contra de las corridas de toros, entonces, él, Chalmeta, el obrero de toda la vida, se declaraba enemigo de la revolución que impedía y frustraba la carrera y el talento de diestro de su hijo torero.

El viejo Chalmeta se mostraba abatido e irritado al mismo tiempo.

Movía desesperanzado la cabeza, de un lado a otro.

Después, me dijo que lo mismo le daba trabajar en una fábrica que en otra.

Toda su vida había sido un obrero explotado y lo mismo iba a serlo en adelante.

Su existencia no tenía otro signo que el ser, hasta el fin de sus días, un pobre obrero sin redención económica y así, él aseguró con el pulgar del puño cerrado, indicando hacia arriba, en la tarde soleada, que estaba escrito en los astros, en las estrellas, y la suya debía poseer muy poco esplendor y si alguna luz había en ella sería la de haberle dado aquel hijo en cuya carrera había cifrado tantas esperanzas y angustias y que, ahora, frustrándose, parecía indicarle que la pequeña estrella del destino de Chalmeta había tenido solamente una pálida y tristona luz.

Procuré animarle pero sin resultado, porque, ¿quién presta atención a las inexpertas palabras de un mozalbete que sólo comienza a vivir?

Cuando prosiguió su camino, le miré unos instantes viéndole alejarse con su paso corto, rápido y nervioso, un poco corcovado, más por enojo contra todo que de años vividos y hasta quizá por ambas razones.

Como sea, poco podía yo imaginar que jamás volvería a ver al viejo Chalmeta y que hasta muchos años más tarde, cuando él ya no existiría, sabría de su muerte.

Jueves, 30 de julio de 1936

Me enteré de que el padre de Pasanau había sido trasladado urgentemente desde Aragón a una clínica de Barcelona debido a que la gravedad de su estado se había acentuado y apremiaba salvar su vida. Se estaba muriendo. Ya era demasiado tarde.

Se llamó a los suyos que acudieron a su lecho de muerte, viéndole expirar.

Por la noche hablé con su hijo, Pasanau, en la puerta de la escalera de su casa.

Me contó que su padre, antes de fallecer, le habló dándole sus últimos consejos y contándole por qué había combatido y perdido la vida en la lucha.

No había hecho otra cosa antes del advenimiento de la guerra, y en los breves días que ésta llevaba comenzada, que dedicar su vida para hacer más hacedora la existencia de los obreros.

Para eso había combatido siempre: para que los pobres fueran menos pobres moral y materialmente.

Algo así fue lo que le dijo mientras expiraba: que jamás había sentido odio contra nadie pero sí siempre rebeldía contra la injusticia.

En tanto se despedía de su hijo, los compañeros del que moría permanecían al pie del lecho, con el dolor reflejado en el semblante por el amigo que perdían.

La madre de mi amigo Pasanau, junto a la cama, tenía los ojos arrasados de lágrimas. Nada decía. En tanto, retenía sobre el halda a la niña pequeña.