Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero Segunda parte. Los días rojinegros #9
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Segunda parte. Los días rojinegros #9

Me despedí de mi amigo hasta el día siguiente, que volvería a visitarle para saber si su padre había experimentado alguna mejoría en la gravedad de su estado.

Aquella noche, despierto en mi cama, recordé al padre de Pasanau, viéndole arriba del pescante del carro de transporte de la cerveza Damm.

Llevaba la camisa blanca debajo del chaleco desabrochado; los brazos fuertes, anchos los hombros, bien plantada entre ambos, la cabeza de cara alegre, de expresión franca y varonil.

Y después, lo imaginaba en el lecho, con el rostro desencajado por el dolor, los ojos relumbrantes de fiebre, perdida la mirada más allá de los muros de la habitación del cortijo aragonés, donde había sido acogido.

Lo imaginaba pensando en sus hijos, en su esposa distante y aquella herida tan próxima, en su misma carne, que le había perforado el estómago y que, con un grito, que nadie más que él podía oír porque procedía de las fibras de su carne y de las raíces de su vida, le gritaba que ésta se le iba como agua entre los dedos por culpa de aquel balazo que le había disparado, sin que él tuviera tiempo de evitarlo, aquel mosquetón y aquel guardia a quien nunca había visto y desconocía como el tirador a él.

Sarrau había regresado a Barcelona desde uno de los pueblos cercanos y me contó su trabajo en el que le secundaba otro muchacho.

Éste no tendría más de diecisiete años. Yo le había conocido poco antes de comenzar la guerra.

Era de carácter sencillo y grave. Parecía tener más años de los que correspondían a su edad.

Vestía pantalón de tela azul mecánico y chaqueta del mismo género y color.

Llevaba el cuello de la camisa abrochado, pero sin corbata, e iba siempre limpio y bien peinado con la raya a un lado de la cabeza.

Su trato era suave y en su mirada tranquila había reflexión.

Liberto Sarrau, en cierta ocasión, a solas conmigo, me lo había definido con las siguientes palabras: «Posee cualidades para ser un buen anarquista».

Y juntos se habían marchado de Barcelona a fundar economatos obreros por los pueblos.

Desde que había comenzado la revolución, Sarrau ya no había vuelto a la fábrica arguyendo que había mucho trabajo que llevar a cabo en mejores sitios y que los acontecimientos que se desarrollaban precipitadamente unos sobre los anteriores, requerían de la colaboración incondicional de todos los afiliados a las Juventudes Libertarias.

Antes de separarnos, me dijo que como iba a estar unos días en Barcelona, se interesaría por el estado del padre de nuestro común amigo Pasanau.

Lunes, 27 de julio de 1936

En la fábrica, uno de los encargados había dado una voz fuerte acompañada de una palabra ofensiva a uno de los trabajadores de la sala de cepillo y, éste detuvo la máquina y se fue directamente a quejarse de la falta de respeto sufrida al Comité de Control en la oficina de la fábrica Casas.

El encargado de la sección fue detrás del operario para replicar a la queja del subordinado.

Acabaron gritando todos por no entenderse.

Entonces, de regreso a la sección, el obrero les dijo a los demás que el encargado y los del Comité eran todos unos.

Los demás trabajadores hicieron causa común con el primero en su protesta.

Como réplica, por orden del Comité, se paró todo el trabajo convocando a una reunión a todo el personal.

Los embarrados dejaron de rodar, las máquinas de cepillar las madejas se detuvieron; también los que trabajaban en la sección del cloro y almidonado, suspendieron el trabajo. La prensa se paró.

Fuimos todos a una dependencia contigua muy amplia y una vez reunidos, el Comité tomó la palabra aleccionando a los obreros y diciéndonos que no debíamos olvidar que los tiempos habían cambiado.

La fábrica ya no era del dueño sino de los obreros y su producción nos interesaba a todos por igual.

No había que confundir la libertad con el libertinaje y que, lo que algunos tomaban ofensivamente por disciplina no era otra cosa que necesidad de orden y eficacia: un encargado ya no era un servidor incondicional del Amo de la fábrica, como antes de la revolución, sino una cabeza ordenadora en la distribución del trabajo entre sus compañeros y a quien había que obedecer para la buena marcha de la producción.

El encargado permanecía en silencio pero se advertía que estaba de acuerdo en que se valorizara su cometido.

También los demás, pero el obrero que en su discusión con el encargado había originado el paro, fruncía el ceño y, uno de los del Comité, dándose cuenta de que el trabajador se quedaba con algo que decir, le concedió el uso de la palabra.

El obrero de la sala de cepillados protestó vivamente: «Estoy conforme, pero en lo que no lo estoy es en que el encargado me llame como me ha llamado».

El encargado, entonces, intervino por su propia iniciativa, preguntándole con voz fuerte y al mismo tiempo reconviniéndole: «¿Y tú crees que por tu causa debe pararse toda la fábrica, por lo que te ha dicho?

» «¡Me has llamado burro!» protestó el primero.

Y el encargado, muy serio, replicó de inmediato a su vez: «¿Es que, acaso, no lo eres?

». Y añadió, dirigiéndose a todos humorísticamente y sin malicia: «Ese es de aquellos de los que decía mi padre, que se mueren de viejos y todavía no saben dónde tienen la cara».

La carcajada fue general por la ocurrencia del encargado.

Hasta tal punto que el mismo obrero acabó por reírse a las palmadas a la espalda que le daban jovialmente sus compañeros.

El Comité, por boca de Agustín, dio por solucionado el conflicto y todos regresaron a su puesto de trabajo. Las máquinas volvieron a funcionar.

Mientras las madejas extendidas entre los cilindros de metal dorado giraban frotadas por los cepillos y el operario iba separando habilidosamente las fibras entre las puntas de los dedos, hasta convertir la madeja en una suave cortina de hilos deslindados entre sí, alguno sonreía todavía recordando la ligera trifulca habida en la reunión y cómo, por motivos tan baladíes, se había interrumpido el ritmo productivo de la fábrica.

No era cosa fácil aprender a ser dueños de lo que jamás habíanlo sido.

Tal como había dicho don Ramón del Valle Inclán, «los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En cambio, los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas, procrean lentamente».

Según las anteriores palabras del gran Valle Inclán, en Luces de bohemia , a los obreros les iba a costar mucho tiempo aprender a ser dueños, no sólo de todo, sino lo más importante, de sí mismos: iban a malograr el aprendizaje, por múltiples causas, aunque muchas de ellas iban a ser totalmente ajenas a ellos.

La madre de mi amigo Santiago Pasanau, cada día sentíase más angustiada por la vida de su esposo que estaba herido en Aragón. No habían vuelto a saber nada más desde el día anterior.

En la sociedad del humilde comedor de su hogar obrero, donde sólo había la mesa y las sillas indispensables para tomar asiento alrededor de ella a las horas de la comida familiar, la madre de mi amigo permanecía callada y pensativa, con el ánimo encogido y sobresaltado por la constante inquietud, lo mismo que si su corazón fuese un pájaro asustado.

En el sindicato de La Farigola, seguían admitiendo voluntarios para las columnas que combatían en el frente aragonés.

Por la calle San Juan de Malta, a la altura del Clot, pasó uno de los coches blindados con destino a Aragón.

Iba pintado con grandes letras de CNT-FAI y, además la frase «A POR ZARAGOZA».

La gente se detenía a mirar la impresionante armadura rodante.

Unos decían que había sido construido en los talleres Girona en Pueblo Nuevo, otros aseguraban que lo había sido en los talleres Elizalde, cercanos a la Travesera de Gracia y en el paseo de San Juan.

Uno de los ocupantes del coche asomaba medio cuerpo por la torreta metálica del blindado.

Lucía gorro rojinegro y pañuelo alrededor del cuello con los mismos colores.

Levantaba el brazo con el puño cerrado y gritaba en su entusiasmo: «¡Ceneté-fai!

¡Ceneté-fai!». Y cuantos se encontraban en la calle, en balcones y ventanas, hombres y mujeres, correspondían al saludo levantando a su vez el puño cerrado, al desfile del descomunal vehículo-fortaleza.

Pero, indudablemente, no todo el mundo asomaba a la calle, ni a los balcones y ventanas.

Uno de los obreros de la fábrica, compañero de toda confianza de los que formaban el Comité de Control, me había dicho confidencialmente que el señor Mercader estaba escondido en su casa de Horta y que el mismo Comité de la fábrica había extendido su influente tutela sobre la seguridad de su persona con objeto de protegerle para que ninguna patrulla volante fuera en su busca para asesinarle.

Por las noches, los coches de patrulla recorrían las calles dormidas y se detenían ante las puertas de las casas de aquellos que por razones de su posición social económica o idiosincrasia antes del estallido de la guerra, eran clasificados como enemigos del nuevo estado de cosas surgido.

Las delaciones eran o infundadas y siempre insuficientes para los extremos irremediables de su trágico desenlace para las víctimas de antemano escogidas y señaladas.

Durante los días de julio y de los meses que siguieron había niños que despertaban de su sueño nocturno con el terror pintado en sus grandes ojos abiertos en la oscuridad de las habitaciones.

Hombres y mujeres que siempre durmieron en sosiego, sentían detenérsele el corazón cuando un automóvil rondaba por las sendas de la ciudad envuelta en tinieblas.

Martes, 28 de julio de 1936