Segunda parte. Los días rojinegros #8
»Jamás, los anarcosindicalistas revolucionarios, habían imaginado victoria tan rotunda y pronta: ha sido ésta, un regalo para nosotros, pagada, ciertamente, con la sangre de los más resueltos y abnegados, pero una sorpresa de la que todavía no se han recobrado y así viven, sin darse cuenta del tiempo que pierden, en el entusiasmo del triunfo.
Ya todo es nuestro y... no es de nadie .
La revolución está en marcha para alumbrar un mundo nuevo pero...
los hombres son viejos y, para llevar a la realidad el gran ensueño de la Anarquía necesitase de hombres nuevos que...
no existen, Juan. No están por parte alguna.
Los mejores, en todo caso, son impelidos por una voluntad de cambio; los demás se mueven de reflejo de la personalidad de los que los acaudillan o dirigen.
Les empujan más las emociones que las ideas que poseen y que son incipientes, no como frutos madurados por la reflexión profunda de aquellas lecturas que educan al hombre para hacerlo mejor para bien de los demás.
La FAI ha sufrido un alumbramiento prematuro y su fruto actual, recién nacido, fallecerá asesinado por sus enemigos o por sus propias imperfecciones a causa de su poca maduración.
Lo verás; también yo. Pero esto no importa para que siga pensando individualmente lo mismo que siempre hice, y ahora y después y siempre seguiré haciendo, paciente a los naturales fracasos como a los pasajeros triunfos.
Lo cual no es inconveniente para reconocer los errores y de los mismos aprender para un futuro.
¿Qué son pues, los siglos en la historia de la Humanidad, Juan?
Nada. Un parpadeo. Tampoco los sueños frustrados representan otra cosa que los tropiezos de la marcha del ser humano hacia un futuro en que, más evolucionado en el orden moral e intelectual, lo hagan capaz para una sociedad armónica.
Lo de ahora y hasta lo de mañana, son pisadas inciertas hacia la Humanidad del tercer milenio, cuando, quizás, el hombre sea menos viejo y represente la evolución del homónculo actual metamorfoseado en hombre nuevo , por lo que Kropotkine llamaba la demopedia o enseñanza del pueblo.
Pues, sin quinientos años de educación ininterrumpida que es la única forma posible de revolución permanente , los hombres serán, a excepción de grupúsculos muy minoritarios, esclavos de una u otra intolerancia despiadada...
hasta la de ellos mismos. Medita y aprende, Juan.
No te dejes jamás conducir de la impaciencia.
Trabaja en silencio, no vociferes y desconfía de todos aquellos que reclaman a gritos, pues éstos pierden lo mejor de sus energías en vanas palabras que el poder no escucha y que, a veces, también sabe enmudecer, con cerrarles la boca con aquello que descubre ser la debilidad que ocultan tras sus voces.
Sé, en lo que permita tu medida humana, consejo y luz para tus más inmediatos semejantes; presta ayuda a los portaestandartes honrados, ofreciéndoles palabra de ánimo y calor de solidario afecto, porque luchan siempre muy solos.
Pero no desesperes a los que perdieron la esperanza, Diles que la Revolución deben primero hacerla en su propia alma y, en la claridad de su pensamiento; que, primero y ante todo, sean hombres conscientes y de tal modo lo serán también de su mundo propio cuando consigan adquirir un cambio profundamente psicológico en sí mismos y hagan de su conciencia individual una conciencia universal.
Sólo así. Por eso, ahora que las calles y los balcones andan llenos de banderas rojinegras y Los Hijos del Pueblo es cantado a coro; cuando parece que la Utopía va a convertirse en realidad palpable, nadie advierte que la Utopía está siendo asesinada al querer adelantar y encerrar el tiempo futuro en el imperfecto tiempo presente.
Sin embargo, bueno es que lo sepas, pero no se lo digas a nadie: morirán los generosos en la empresa empeñada y seguirán viviendo los prudentes y calculadores de su entrega.
Es la ley de la evolución pues siempre los muertos fueron la mejor semilla del futuro y, aunque así no parezca, reencarnan en sus descendientes por herencia genética y es como si rebrotaran, como si aquellos que dejaron de ser fuesen inmortales y regresaran de la aparente Nada y jamás hubiesen perecido: sólo a manera de aquel guerrero que se hubiese alejado para, en la noche y en el silencio, velar las armas para estar pronto, a su momento, a reanudar la lucha por recobrar el Paraíso Perdido y, desde entonces añorado por la especie humana, que simboliza y equivale a la realización de la imposible Utopía.
José Ardenas, hablaba despacio, con la voz baja y sugerente.
Las pupilas le relumbraban penetrantes e inteligentes.
Por su condición obrera se desenvolvía entre los demás trabajadores como uno más pero, conservando, sin soberbia, la independencia de pensamiento, admitiéndoles como eran pero sin excursarles sus desviaciones y flaquezas.
Fue él quien despertó en mí la afición al maravilloso mundo de los libros.
Me descubrió la belleza y altura de pensamiento en El Banquete de Platón ; el estoicismo del hombre frente a las desventuras de la existencia en las Cartas a Lucilio del inmortal cordobés cuyas obras figuraban en la magnífica colección Bernat-Metge con sus correspondientes textos grecolatinos traducidos al catalán y cuyos volúmenes, Ardenas guardaba celosamente bajo llave en una de las vitrinas de la biblioteca junto a los tomos de los Clásicos castellanos .
Por él comencé a leer, indistintamente, al conde Volney y a Renán, al demoledor Max Stirner, en su El único y su propiedad , a Zola, Romain Rolland, Panait Istrati, Gorki, Tolstoy, Andreiew, Korolenko, Gogol, Dostowieski, mezclados todos, sin orden ni concierto ni disciplina alguna con Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Lorca, Mateo Alemán, Gracián, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Valle Inclán, Oscar Wilde, con Ibsen, Knut Hamsun con Giovanni Papini, Waserman y Tomás Man, Emerson con Plutarco, Heine, Homero, Ovidio y Goethe, todo en una revuelta baraja de autores diversos y de distintas calidades e idiosincrasias que fermentaron en mi espíritu e imaginación juveniles, en contrapuestos sentimientos e ideas pero, a quienes y a todos, indistintamente, debo gratitud, como a tantos otros autores que con la lectura de sus obras me acompañaron a lo largo de la existencia y cuyos monólogos, inaudibles, de sus lecturas me consolaron en el infortunio, con la belleza y altura de sus pensamientos, por la belleza de su arte, ofreciéndome la única herencia valiosa que me ha dispensado la vida y que me acompañará, como el más hermoso de los vestidos, hasta el fin de mis días y del que no me podrá despojar ni la adversidad, ni poder humano alguno; sólo la muerte podrá arrebatarme tan bello atavío con el que me obsequiaron.
Pero, cuando sea llegado el momento, habré comenzado a ser aprendiz de hombre.
Domingo, 26 de julio de 1936
La familia de mi amigo Santiago Pasanau, recibió la mala noticia de que el padre, que salió con la columna Durruti para conquistar Zaragoza, había sido herido en la toma de Caspe.
En el primer asalto, las reducidas fuerzas de la Guardia Civil de guarnición en la Plaza, secundadas por paisanos adictos al Alzamiento, habían obstaculizado enérgicamente el avance de los milicianos, obstruyendo el puente con impedimentos de toda clase, rechazando el ataque y asalto de la población, provisionalmente.
Durante el violento tiroteo, el padre de Pasanau, mientras disparaba, advirtió de pronto y tardíamente, a uno de los guardias de la defensa de la Plaza que le apuntaba con su mosquetón.
Al mismo tiempo sintió el golpe y dolor del balazo al perforarle la barriga el proyectil.
Socorrido inmediatamente por sus propios compañeros, fue trasladado y se le hizo la primera cura de urgencia y, después trasladado, debido a la gravedad de la herida, a un cortijo donde fue encamado y atendido.
La noticia la había facilitado a la familia un miliciano que, desde Bujaraloz, había bajado a Barcelona.
Pero ya por aquel entonces, Caspe había sido tomada después de una encarnizada lucha, entrando los milicianos en la población a punta de fusil y a bomba de mano, como diablos enfurecidos.
Los defensores de la Plaza fueron implacablemente aniquilados.
Se les había dicho a los familiares de Pasanau que si la gravedad de la herida persistía, el herido sería trasladado urgentemente a una clínica de Barcelona.
Pasanau, cuando me lo contó estaba triste pero, al mismo tiempo, sentíase orgulloso de su padre y de la estima que le profesaban sus compañeros.
Su madre, sin embargo, pensaba qué sería de ellos si su esposo falleciera.
No dudaba de la ayuda solidaria de sus compañeros de ideología, pero ¿quién iba a restituirle el amor de su marido y quién a querer tanto como él a sus hijos?