Segunda parte. Los días rojinegros #7
Antes de que estallara la revolución, tenían el local del POUM junto al cine Holliwood, en la calle Valencia, casi en la esquina de la de Independencia, hasta que, después, se incautaron del colegio-convento de las monjas y de uno de los pisos fronteros al mismo colegio, en cuyo balcón del piso primero campeaba el cartel con el rótulo del partido.
Tan pronto se inició la guerra, el atuendo personal del mayor de los Costa, cambió radicalmente.
Desechó la chaqueta y la corbata y se vistió al estilo revolucionario del momento: canadiense de cuero, cinto y pistola pero, a pesar de que aquél era el estilo verdadero según la personalidad de Costa y con el que se mostraba, le era imposible borrar la distinción que había heredado de los suyos y que se traslucía en gestos, andares y palabras.
Se había prometido con una muchacha de la misma calle en que yo había vivido.
Era una obrera inteligente, también de ideas marxistas y antiestalinistas.
Era, físicamente, de pequeña estatura y de rostro muy agraciado, sin sofisticaciones de carmín y maquillajes.
Sin que le restara femineidad, su aire determinado y seguro, de acuerdo con su ideología.
No logro precisar, si fue antes o después de que sobrevinieran los acontecimientos de enfrentamiento entre anarquistas, poumistas con los comunistas, en el mes de mayo del año 1937, cuando el mayor de los Costa embarcó para Méjico, con el propósito de realizar una serie de conferencias de propaganda en aquel país.
Se quedó definitivamente en Méjico, donde montó una editorial y, años después de la guerra, envió el ejemplar de uno de los libros clásicos que publicó su editora, con la dedicatoria impresa de exprofeso al que había sido su maestro de enseñanza, don José Vila Arcelós, músico compositor y a la vez director propietario del Instituto Escolar del Clot.
En cuanto a la novia de Costa, una vez terminada la guerra, murió en la frontera dedicada a acciones guerrilleras.
También, en la calle Montaña, vivía un joyero ruso casado con una catalana.
El matrimonio tenía una hija y llevaban una vida muy discreta.
El joyero se llamaba Pedro Neumenko. Era alto, delgado, de pelo rubio, tez blanca delicada y con ojos serenos y azules.
Era un hombre educadísimo y reservado. Mi amigo Pepe, que era el único de los muchachos que disfrutaba de la confianza de la familia Neumenko, entraba algunas veces en la pequeña tienda del joyero que también realizaba reparaciones y venta de relojes.
En alguna ocasión había sorprendido al joyero hablando en ruso con el cobrador de la electricidad.
No se supo, hasta que había comenzado la guerra que el joyero ruso, Pedro Neumenko, era simpatizante comunista.
Cuando llegó a Barcelona Komsomol, el primer barco ruso cargado con víveres, el cónsul de la URSS Ovosenko, dirigió en ruso un discurso al pueblo barcelonés, en nombre de su país.
Al día siguiente, en la primera página de La Vanguardia , apareció el discurso traducido y firmado por Pedro Neumenko.
En adelante, el joyero de la calle Montaña, Pedro Neumenko, quedó agregado al séquito de colaboradores del cónsul ruso.
Más adelante, sin duda a causa de sus nuevas ocupaciones, la familia Neumenko trasladó su residencia a una torre del Tibidabo y, al finalizar la guerra marchóse con el cónsul a la URSS.
Como es sabido, el fin del cónsul ruso en Barcelona fue trágico como consecuencia de las medidas que empleó Stalin sobre muchos de los que combatieron o desempeñaron cargos en España durante la guerra.
El destino de la familia Neumenko quedó ignorado.
Sábado, 25 de julio de 1936
El padre de mi amigo Santiago Pasanau se marchó con la columna Durruti-Pérez Farrás a la conquista y ocupación de Zaragoza.
La fábrica de cerveza Damm que había sido intervenida por sus mismos obreros y nombrado su Comité de Control, causó asombro a cuantos lo supieron a causa de la generosa medida que decidió, regalando a cada uno del millar aproximado de obreros que formaban su plantilla un traje de calle.
El Comité puesto de acuerdo con el Sindicato del Vestir, encargó un traje para cada uno de los obreros, hecho a la medida.
El color de la tela elegida fue el gris.
Las banderas rojinegras, campeaban en mayor número que las de las otras organizaciones. En todas partes ondeaba la bandera de la CNT-FAI.
A los anarquistas, acostumbrados desde antaño solamente a las persecuciones, la cárcel, los malos tratos y la clandestinidad, les parecía que estaban viviendo, por fin, el gran ensueño de la realización práctica de la Acracia.
En la puerta de entrada de la panadería de la calle Rogent, un miliciano con el winchester colgado del hombro y el pañuelo rojinegro alrededor de la garganta, guardaba con evidente buena fe el orden de la cola de mujeres.
Cuando se producía un alboroto o alteración en la cola de mujeres, entonces, el miliciano, intervenía calmando a todas.
Le respetaban porque su rostro anguloso, de tez morena y cejas hirsutas estaba orlado de una frondosa y selvática barba que imponía respeto.
Era un hombre que parecía tallado en madera y su rostro hecho de barro de la tierra campesina.
Se le adivinaba ser un hombre sencillo pero entero y que suplía sus limitaciones con la abnegación de servir, como fuese, al nuevo estado de cosas.
Más abajo de la calle, en el paso a nivel del tren, junto a la caseta del guardabarreras, otro miliciano, éste, luciendo la camisa azul celeste del partido socialista, daba cortos paseos montando guardia respecto a un posible peligro inexistente.
Al otro lado de la vía del tren estaba en una casita de un solo piso, junto al comercio de un jardinero, el local de la UGT donde sus afiliados se mostraban muy activos entrando y saliendo de continuo partiendo en coches que aguardaban a la entrada y otros que llegaban frenando ruidosamente.
Al pasar cerca del local sorprendí a uno de mis condiscípulos del colegio, vistiendo la camisa azul de las juventudes de su partido.
Llamábase Suñer. Era delgado y de pelo rubio pero, por su debilidad de carácter necesitaba obedecer a alguien sin espíritu crítico, para que él se sintiera seguro de sí mismo.
Era una especie de joven robot con la cabeza llena de consignas pero que, como buen colegial, demostraba gran afición a las tareas burocráticas.
En la clase se distinguía más que por su inteligencia por el ritmo uniforme de su caligrafía.
Dos años más tarde, cuando su reemplazo fue llamado al frente, mostró una gran habilidad para colocarse en una sección de servicio cartográfico de retaguardia.
Por contraste, Serra, otro compañero de colegio se hizo tanquista y perdió su joven vida combatiendo.
También otro muchacho del colegio se alistó voluntario y antes de cumplir los dieciocho años, era Comisario de Compañía, combatiendo en la Batalla del Ebro.
Llerda, uno de los operarios de la sala de estampados de la fábrica, se marchó a trabajar a una fundición donde se trabajaba para el frente.
Lo encontré en la puerta de la fundición.
Vestía la ropa de trabajo. Sonrió maliciosamente y, guiñándome el ojo, me explicó que su porvenir lo veía más claro en la naciente industria de guerra que en la situación de crisis y paro que amenazaba al sector textil.
Trabajaba muchas horas, ganaba mucho más y, en ventaja, a los obreros de las fábricas de material de guerra se les daban facilidades para adquirir alimentos en los economatos que la industria de guerra había creado.
Me confió que, como viejo afiliado a la CNT, le había sido relativamente fácil encontrar aquel puesto y estaba muy contento de ello. Era preciso ayudar, cada uno según sus medios y capacidades, a ganar la guerra que se prometía difícil, larga pero de indiscutible triunfo.
Me preguntó cómo marchaba la fábrica y después por los trabajadores haciendo malicioso hincapié en Agustín, el del Comité de Control.
Cuando le dije que seguía ostentando el mismo cargo se echó a reír despreocupadamente, aclarando luego que Agustín tardaría mucho tiempo en volver a calzar los zuecos; habíale cogido gusto a dirigir y le era agradable ir en el coche que había sido del dueño de la fábrica.
Volvió a guiñarme el ojo maliciosamente y como sea que le llamaron desde el interior de la fundición con un vozarrón, se despidió de mí levantando el puño cerrado y diciéndome para no confundirme con sus palabras antedichas: «Pero yo, siempre con la ceneté».
Y desapareció en la oscuridad del interior de la fundición.
Por la noche encontré a José Ardenas en la biblioteca.
Dejó el libro que estaba leyendo y, a lo que le dije, me advirtió mientras sus ojos vivaces relampagueaban en su rostro surcado de arrugas: «No dejes desconcertarte por lo que veas y oigas, Juan.
Observarás muchos contrasentidos, mas no les des más importancia que la que entrañan debido, precisamente, a la condición humana.
Date cuenta que muchos que ves por ahí, diciendo que son aquello que, por su misma apariencia y comportamiento contradicen, ni siquiera alcanzan a ser los fantasmas de las ideas que alumbraron aquellos que las difundieron con claridad de inteligencia, meditación y amor por los que siguieron sus banderas».
José Ardenas, sonrió silenciosamente, cerró el libro y devolviéndolo al anaquel, me fue diciendo confidencial y amigo:
—Cuanto ocurre ha constituido una sorpresa para todos.