Segunda parte. Los días rojinegros #6
La propuesta desencadenó inmediatamente los desacuerdos entre aquellos que preferían, según sus conveniencias personales, asistir a la fábrica por la mañana y aquellos otros a los que convenía mejor por la tarde y no querían someterse, en caso contrario a sus deseos, a los resultados mayoritarios en una votación.
La discusión degeneró en acalorada disputa.
Las palabras de Agustín, cada vez más duras para todos, originaron indicaciones personales no pertenecientes al motivo de la reunión.
Aquélla fue la primera vez, desde que Agustín realizaba funciones directoras en la fábrica, en la que le oí tratar a sus compañeros como si él indiscutiblemente estuviera en un plano superior, calificándoles de asnos.
Su oculta soberbia y total carencia de mentalización obrera, quedaban patentes. Advertí, al punto, la ratificación de lo que había intuido en su personalidad: al menospreciable obrero con ambiciones burguesas frustradas.
La discusión y las insultantes palabras de Agustín iban a desencadenarse en una triste sarta de insultos generales.
De pronto, Escrich pidió la palabra entre el alboroto general.
Como sea que jamás había abierto la boca para nada, todos enmudecieron sorprendidos de su solicitud, dispuestos a escuchar lo que quería decir.
Escrich, sin apenas elevar la voz, dijo sencillamente que la solución de problema tan sencillo, no merecía tantas discusiones.
Se podía resolver la cuestión, acudiendo por la mañana a la fábrica los que prefirieran tal turno y por la tarde el otro grupo que así lo prefiriera, ¿acaso no estaban todos dentro de la fábrica sin hacer nada, lo mismo por la mañana que por la tarde?
En consecuencia, la discusión carecía de sentido y la solución estaba a tenor de la elección de cada uno, acudiendo a la fábrica en el turno que mejor le conviniera.
Siguió un silencio de asombro cuando Escrich hubo terminado de exponer la solución del problema que había dejado de serlo, con la simple aplicación del sentido común.
Hasta el mismo Agustín se mostró muy satisfecho de la resolución y no se abstuvo de mostrarse maravillado por tan fácil resolución.
Ya corrientes los días del mes de agosto cercano, Agustín convocaría a una nueva reunión en la que se comunicaría a todos que, por iniciativa del Comité Central de la Colectividad, se había dispuesto que, puesto que en casi ninguna de las fábricas de la Colectividad se trabajaba, era del todo innecesario mantenerlas abiertas.
Se hacía, por tanto, del todo necesario, concentrar todo el personal del Ramo en dos o tres fábricas, eligiéndose a aquellas industrias que dispusieran de maquinaria más moderna.
La disposición fue aceptada por unanimidad considerando que era de interés para la Colectividad.
Tales medidas me hicieron sospechar que Agustín seguía viéndose con el dueño de la fábrica y, neciamente halagada su vanidad por el trato de deferencia que le otorgaba el antiguo dueño de la fábrica, se le había sugerido el cierre de la fábrica ya que no se trabajaba en ella, consiguiendo el dueño, de tal manera, la conservación de la maquinaria y de las instalaciones de su propiedad que, en su fuero interno, sólo consideraba temporalmente enajenadas.
Esta deducción, totalmente hipotética, no era del todo descabellada, teniendo en cuenta de que en el mismo Comité Central de la Colectividad, figuraba entre algún otro más, el dueño de la fábrica Pujol quien, ostensiblemente extrovertía calurosas manifestaciones de adhesión al nuevo estado de cosas surgido.
En consecuencia, se cerró la fábrica Mercader y su personal fue distribuido entre las fábricas Casas, Quera y la fábrica Illa, de Badalona, considerada esta última factoría, en aquel entonces, como la que poseía la maquinaria y la construcción más modernas.
Agustín prosiguió ejerciendo su cargo de Comité de Control, en la fábrica Casas.
Algunos de los obreros de la fábrica Mercader se nos trasladó a la de Casas, situada en el mismo barrio del Clot, a la derecha y más allá de la calle San Juan de Malta. Conducía a la fábrica un caminillo que bordeaba la tapia de una industria de cartonajes.
Sus aguas residuales se derramaban en el extenso huerto que se extendía al mismo pie del caminillo. Las aguas de la fábrica de cartones lo regaban y quedábase encharcada entre las albardillas de la huerta hasta que era absorbida por el terreno.
La filtración del agua dejaba los senderos de la huerta cubiertos de hilajas de cartón, hasta formar, en cada surco, un recubrimiento de pasta de cartón que el dueño del huerto aprovechaba gananciosamente.
Dejaba que el calor natural del sol secara completamente aquellas largas tiras de cartón y, una vez totalmente seco, le bastaba recoger las delgadas capas que constituían para él otra cosecha que sumaba a las anteriores cada vez que de la fábrica expulsaban por las tuberías de desagüe las aguas residuales.
Anualmente, el dueño de la huerta, recogía una cantidad respetable de kilos de cartón.
Con frecuencia, cuando iba a la fábrica, me sorprendía ver las fanegas de terreno con sus caminillos y albardillas rellenos de agua que servía para el riego de las coles y que una vez agotada por la sed de la tierra, dejaba largas y anchas tiras de cartón que parecían piezas de lienzo extendidas, creándose.
Tiempo después, en plena guerra, cuando la comida escaseaba, una noche, de regreso a mi casa, salté al campo y me llevé una col que sirvió para la comida del día siguiente, a pesar de la reprimenda de mi padre, escandalizado de mi acción.
En la fábrica Casas trabajé de ayudante en las máquinas de cepillar.
Quien estaba en la máquina como operario era un joven compañero que se llamaba Fajarnés.
Su padre era ferroviario y vivía en las proximidades del puente de Espronceda, en una casa de la Compañía del Ferrocarril construida de exprofeso para viviendas de los empleados.
En la fábrica Casas, cualquier disparidad de criterios surgida entre los operarios y el encargado, era motivo para la suspensión del trabajo y razón suficiente para convocar una reunión de obreros para dirimir una cuestión de simple disciplina laboral.
Viernes, 24 de julio de 1936
Me he encontrado con mi antiguo amigo el vendedor de cacahuetes, cuando pasaba por la calle Montaña, esquina con la de Nuria, donde actualmente prosigue el colegio de las monjas.
El local había sido incautado por el POUM y, en una de las puertas, estaba anunciada una conferencia que daría uno de los dirigentes del Partido, Julián Gorkin (Julián Gómez García), para aquella misma tarde.
Mi amigo, el vendedor de cacahuetes, expresó su preocupación respecto al futuro incierto de su pequeño negocio pues, desde que había comenzado la revolución, no había vuelto a montar el carrito de viandas infantiles en las puertas del grandioso Cine Montaña.
En tanto, con su esposa ciega, habían conseguido fácilmente unos vales para los comedores populares, a los que iban a diario.
Al despedirnos, le prometí que uno de aquellos días iría a su casa a visitarles a lo que él se mostró muy complacido y contento.
Por la tarde, a las siete, fui con un amigo a escuchar la conferencia de Julián Gorkin, en el que hasta bien poco había sido el colegio de las monjas.
Me movió la curiosidad a escuchar al creador del partido marxista creado por Andrés Nin y Joaquín Maurín que equivalía a algo así como una metamorfosis del antiguo Bloque Obrero y Campesino.
No comprendí nada de lo que dijo el conferenciante.
Gorkin, por lo menos en aquella ocasión, habló de una manera muy monótona, usando un estilo tecnocrático y teorizante que, además, debido a mi nula formación marxista, hizo que no entendiera gran cosa.
El orador vestía camisa azul muy oscura, como uniforme del Partido y en su rostro muy pálido escrupulosamente rasurado, de ceño fruncido y cabalgando en el puente de la nariz unas gafas de gruesa montura negra.
La sala de conferencia era reducida, muy aseada, blanca, casi ascética en su simplicidad de sillas y de muros blancos.
El público muy poco numeroso. Estaríamos unas treinta personas.
A causa de la monotonía de estilo casi aséptico se fue apoderando de mí un extraño sopor producido paradójicamente por mi concentrada atención en el orador, cuya figura casi negra, sobresaliendo detrás de la mesa, a la que se hallaba sentado, en contraste con el blanco de la pared de fondo.
Por añadidura los cristales de sus gafas eran muy gruesos y la luz de la sala les arrancaba destellos, brillos e irisaciones.
Entre los asistentes vi a los dos hermanos Costa que vivían en el laboratorio farmacéutico Uriach de la calle Fomento.
El hermano menor, pero de más edad que la mía, iba al mismo colegio con Pasanau y conmigo pero yo apenas tuve trato con él, porque marchaba unos cursos más adelantados.
Era un muchacho muy educado y listo. Pintaba muy bien a la acuarela, lo que me causaba admiración.
Su hermano mayor era del POUM, partido político muy minoritario en Barcelona pero cuyos miembros solían ser muy disciplinados y hasta fanáticos.
Habían sustituido a Dios por Marx y a la Eternidad por el Paraíso Económico.
El hermano mayor del que era mi condiscípulo, habría ya cumplido entonces los veinticinco años. Era viajante de calzado. Cuando vivía con mis padres en la calle Montaña, él pasaba con frecuencia por delante de mi casa camino de la suya o de vuelta de ella.
Era un hombre joven, de buen parecer, distinguido y siempre correctamente vestido. Por contraste, a veces, pasaba acompañándose de algunos obreros manuales a los que él orientaba ideológicamente en el trosskismo.