Segunda parte. Los días rojinegros #5
Las columnas anarquistas se estaban preparando para salir cuanto antes hacia Aragón.
En los cuarteles de Pedralbes llamados desde entonces Miguel Bakunin, el anarcosindicalista Ricardo Sanz, que posteriormente alcanzaría la graduación de general y el mando de la 26 División conocida por Columna Durruti, estaba todas las horas del día entregado a la organización de las columnas tomando acuerdos con los jefes de las mismas.
Sanz estaba secundado eficazmente por su ayudante Francisco Edo y desplegaba, en su actividad, toda su poderosa naturaleza hasta olvidar las horas que transcurrían en el cometido de su trabajo.
Una noche, en los cuarteles de Pedralbes, presentaron a Sanz un ingeniero al que habían detenido y que sus apresores habían decidido ejecutar, debido a que por su situación económica se les hizo sospechoso de contrarrevolucionario.
Ricardo Sanz, con la honesticidad y firmeza de carácter que le caracterizaba, se negó en redondo a tolerar que se llevara a cabo un asesinato y a que tal atrocidad quisiera respaldarse en su consentimiento, prohibiendo que una acción de tal naturaleza se llevara a cabo.
Ordenó, inmediatamente, se devolviera al detenido al hogar del que había sido arrebatado, haciendo responsables de su seguridad personal a los que le habían conducido a su presencia.
La asistencia a la fábrica se había reanudado pero una vez en ella, no se trabajaba.
El Comité de Control aconsejó que, como la revolución había alterado el antiguo orden y afectado al mundo laboral tan profundamente, en tanto se permanecía a la espera de la total normalización, los obreros debíamos ocuparnos en el mantenimiento y conservación de la maquinaria.
Ocupábamos, pues, todas las horas de la jornada, entretenidos, desmontando las máquinas de pintar, limpiando sus piezas y engrasándolas para montarlas de nuevo.
Supimos que el dueño de la fábrica, el señor Mercader, estaba bajo la protección del Comité y residía en su hogar de Horta con su numerosa familia.
Agustín se sentaba a la mesa del despacho del Amo y de vez en cuando, con los demás miembros del Comité, acudía a las reuniones del Comité de la Colectividad del Ramo Textil.
En este Comité Central de la Colectividad se inmiscuyeron algunos fabricantes dando vivas protestas de espíritu antifascista y mostrando grandes deseos de colaborar con el nuevo estado de cosas surgido.
Uno de estos, químico colorista muy experto, fue nombrado jefe del Laboratorio Central de la Colectividad, y lo mismo en dicho laboratorio fueron acogidos, bajo su dirección y tutela, algunos de los hijos de los dueños de las fábricas.
El fabricante Fabregats que simulaba simpatía frentepopulista, desde la revolución calzaba sandalias y llevaba el cuello abierto de la camisa sobre el de la chaqueta.
El químico Fabregats iba de calle, desde su casa, hasta el laboratorio, por la calle Ali-Bey, leyendo el tratado de análisis químico de Kurtman, pero sus aires eran de intelectual ácrata y su aspecto externo, calzados los pies sin calcetines, como de un adepto a las ideas naturalistas y vegetarianas preconizadas por el profesor Nicolás Capo.
Era una manera sigilosa de autodefensa y de encubrimiento de su rencor y menosprecio hacia la clase trabajadora a la que siempre había gustado tener bajo la suela de su zapato.
Aquel día, 22 de julio, miércoles, aparecieron de nuevo con regularidad muchos de los periódicos, aunque todos ellos habían sido incautados.
Jueves, 23 de julio de 1936
Por la mañana se ha presentado en la fábrica el sobrino del dueño, el señor Peret.
Su repentina aparición y con el atuendo que vestía causó a todos verdadero estupor más que sorpresa.
Como de costumbre, entró en la sala de estampados.
No vestía la bata azul del laboratorio pues, además, la fábrica estaba parada desde que había comenzado la revolución que iba a transformarse en una guerra.
Como ya se ha referido, los obreros ocupábamos el tiempo en la limpieza siempre repetida de la maquinaria; otros pasaban el tiempo hablando de los acontecimientos que se desenvolvían. En realidad, nadie hacía cosa de provecho.
Cuando entró el sobrino del dueño se generalizó un movimiento de sorpresa pues vestía mono azul mecánico, nuevo, correaje brillante y pistola en su funda.
En el pecho, a la altura del corazón, lucía una estrella dorada correspondiente a la graduación de alférez, pues en los comienzos de las milicias seguían usándose las emblemas militares tradicionales y éstas no sufrieron cambio hasta la creación del llamado Ejército Popular, ya en el año 1937.
El sobrino del dueño había sido llamado a filas y, como sea que cuando hizo el servicio militar fue oficial de complemento, se le había asignado la misma graduación.
Se paseó en silencio por la sala de estampados sin saludar a ninguno de los que estaban pero, con objeto de que vieran que era un oficial del ejército republicano y, por tanto, que seguía siendo más que ninguno de los obreros de la fábrica y, además, por razón de su grado, invulnerable a cualquier intento de perjuicio que alguien le quisiera ocasionar.
Luego de dejarse ver, se fue de nuevo, y según su costumbre sin saludar a nadie, ni despegar los labios, a la nave del tinte para que también le vieran de oficial los demás trabajadores.
Lo mismo, Martínez, el que había aspirado a encargado de sección, había sido llamado a filas y se presentó aquella misma mañana, luciendo mono azul y en él el galón de sargento.
Con su carácter vanidoso refirió que, en el servicio militar había sido cabo y que, al reincorporarse, inmediatamente advertido su don de mando innato, se le había ascendido a sargento.
Uno de los obreros lamentó, con visible sorna, no hubiese llegado un poco antes cuando estuvo el sobrino del dueño con su estrella de oficial, porque los habríamos visto a los dos, cuadrarse saludándose militarmente de inferior a superior, lo que hubiese sido una estampa divertida.
Los demás comprendieron al punto la ironía y la compartieron riéndose a gusto.
Martínez, una vez hubo dejado que le vieran de sargento, levantó el puño saludando a todos y se marchó pavoneándose con aire marcial.
Arnal, el que por las noches estudiaba para maestro tintorero en la Escuela del Trabajo, sorprendió a todos cuando se presentó en la fábrica y anunció en voz baja, casi tímidamente y la cara de expresión tristona habitual, que se había unido a una muchacha y, seguidamente, enrolado en una de las columnas anarquistas que iban a partir para la conquista de Aragón.
Se despidió con sencillez y abandonó la fábrica.
A primeros de agosto llegó a la fábrica la noticia de que Arnal había muerto en el frente de Aragón, alcanzado por un proyectil de artillería que lo había partido en dos.
También, mucho tiempo después, supimos que su compañera del matrimonio de guerra estaba encinta y esperaba un hijo del infortunado Arnal.
El Chinito, que vivía en el barrio de Pekín, de la playa de Pueblo Nuevo, llegaba cada mañana tarde a la fábrica y no al horario señalado porque, decía, vivía tan lejos y como en la fábrica no había nada que hacer, dormía un poco más.
Debido a la libertad que se tomaba, la cara se le había sosegado con el descanso y sus ojos aparecían más claros con los párpados despegados.
Me contó que aquellos días, en el Campo de la Bota, en la misma playa, se fusilaba a mucha gente.
Con otros chiquillos de su misma edad, había asistido a una de las ejecuciones.
El populacho permanecía a la espera antes de que el día clareara con tal de contemplar tan atroz espectáculo.
Cuando El Chinito me refirió con todos los pormenores lo que había presenciado, la cara se le afiló palideciendo al recuerdo; le brillaban los ojos de una manera dolorosa y su cara de niño pareció envejecerse fugazmente.
Era lo mismo que si su espíritu hubiese quedado marcado, a la vista por vez primera y a tan pocos años, de la visión horrible de una vida aniquilada violentamente.
Después, El Chinito elevó de nuevo su voz aguda, como si, inconscientemente, quisiera borrar de su mente lo que tanto le había impresionado y comenzaba a reír y a salpicar sus bromas con palabrotas y tacos.
Pero yo sabía del daño que había sufrido y que ocultaba con la torpeza de sus palabras.
En algunas ocasiones, cuando Agustín se cansaba de permanecer en el semioscuro despacho que había sido del dueño de la fábrica, salía al patio donde daba, en todo su esplendor, la luz del sol.
Plácidamente, paseábase con los pulgares hundidos entre la correa del pantalón, la chaqueta desabrochada y abierta, dejando al descubierto la pechera de la camisa adornada con la línea oscura y vertical de la corbata que le pendía desde el cuello abajo.
Agustín, desde que era del Comité de Control de la fábrica, parecía haber encontrado su estabilidad psíquica.
Su cara reflejaba contento de sí mismo y una calma casi abacial, extraordinariamente parecida a la del señor Mercader, cuando todavía era dueño de su fábrica.
La barriga de Agustín se parecía mucho más, en aquel entonces, a la del antiguo Amo, desplazado y alejado de su propiedad.
Aquella tarde se convocó a todos los obreros a una reunión en la sala de estampados.
Agustín tomó la palabra de acuerdo con sus compañeros de Comité y seguidamente expuso que, debido a que la fábrica desde los comienzos de la guerra estaba paralizada, no había motivo de permanecer en ella las ocho horas diarias divididas en mañana y tarde.
Por tanto, era bastante, con acudir a la fábrica o bien por la mañana o por la tarde, según se eligiera, por mayoría, uno de los turnos.