Segunda parte. Los días rojinegros #4
Para paliar, momentáneamente, la acuciante necesidad de información, ya que los diarios no habían aparecido, se lanzó a la calle una hoja volante y de carácter gratuito, impresa en los talleres de Solidaridad Obrera , pero con la cabecera de Tierra y Libertad , con un recuadro en la parte superior derecha, donde se indicaba, claramente, la gratuidad de aquella hoja informativa que había sido redactada entre otros, por uno de los militantes y colaboradores literarios que firmaba con el pseudónimo Sixto .
Esta hoja única de Tierra y Libertad se distribuyó rápidamente y, en su brevedad intentaba dar cuenta, en forma resumida, de los últimos acontecimientos destacándose el triunfo de los anarconsindicalistas en primer término, y de los partidos políticos del Frente Popular.
Las barricadas seguían en pie pero se podía decir que, terminada la lucha callejera, mantenían solamente un valor simbólico y aquellos que permanecían con las armas en ellas, estaban convencidos de que representaban la fuerza del pueblo obrero.
Los más osados y dispuestos las habían abandonado escogiendo otros puntos que no estaban en la calle y donde a su parecer, podían ser más útiles con su colaboración personal.
El hijo del remendón que, el primer día estaba en pie sobre el muro de adoquines de la barricada de la calle Rogent, en camiseta y agitando en el aire el fusil con ánimo enardecido, había abandonado una defensa que había dejado de serlo como tal, y no se le había vuelto a ver en la calle.
Unos días después, apareció vistiendo el uniforme de soldado del Arma de Aviación y, más tarde, ya en el mes de agosto, volví a verle cuando sin duda iba a visitar a su padre, con el mismo uniforme de Aviación pero luciendo en las bocamangas los vistosos galones de sargento.
En el local del garaje que estaba enfrente de la casa del remendón, se habilitaron unos Comedores Populares a los que se podía acudir a diario, bastando para ello, presentarse anticipadamente al Sindicato de La Farigola donde se extendía a quien lo solicitara un vale para comer en dicho local.
El nombre de La Farigola que se daba al local del Sindicato de Arte Fabril y Textil, de la barriada del Clot, procedía de que anteriormente, en el mismo inmueble existió un baile llamado La Farigola y este sobrenombre dado al Sindicato permaneció cuando con los años la sala de baile desapareció, siendo ocupada por el Sindicato en los bajos de la finca y en la planta superior se instaló el colegio de la Escuela moderna dirigida por el maestro racionalista Luis Puig Elías que puso el nombre de Natura al colegio.
También en el local social del club de fútbol San Martín, se instalaron otros Comedores Populares, pero en éste iban casi exclusivamente los milicianos armados que efectuaban, durante todo el día, rondas volantes de vigilancia por la ciudad, montados en los coches requisados.
Las lujosas salas del Hotel Ritz de Barcelona acogieron, bajo el esplendor de sus lámparas de cristal tallado, a los hombres de las milicias que comían en las grandes mesas habituales para banquetes y festejos, tocados todos con gorros y pañuelos rojinegros y las armas que no abandonaban ni para sentarse a la mesa.
La bandera rojinegra ondeaba triunfante por doquier.
El aire resoluto de la masa anarcosindicalista, había cambiado, con sus atuendos y estilo de vida de milicia en activo, la fisonomía de la ciudad de Barcelona.
Quedaba fuera de toda duda que el poder había cambiado de manos y que la Generalidad de Cataluña era sólo el sombrero de una cabeza bifrente que era la de la CNT y la FAI.
En la barriada del Clot muchos obreros se levantaban de la cama con el fusil o el winchester en las manos.
Nadie había vuelto a las fábricas y talleres que seguían cerrados en aquellos primeros días de una revolución victoriosa que iba a transformarse en una guerra interna nacional.
La vida se desenvolvía en las calles. Los tranvías habían reanudado sus servicios públicos pero los usuarios los empleaban negándose a pagar el billete.
Grupos obreros, aquella misma mañana, se habían personado en las oficinas de la Compañía de Tranvías y sacaron los ficheros sociales del personal quemándolos en la calle Parlamento, donde estaban las oficinas y cocheras de los vehículos públicos.
En las calles se formaban grupos donde se comentaban vivamente los sucesos.
En uno de los corros a los que me acerqué, situado en el paso a nivel de la calle Rogent, un miliciano refería que, según le había contado un tal Bardinas, amigo de Durruti, éste se había establecido provisionalmente con sus compañeros, en una de las torres del barrio residencial de Sarria, en el Paseo de la Bonanova, con el propósito de organizar prontamente las primeras columnas que debían salir para la conquista de Aragón y de la ciudad de Zaragoza.
Con Durruti se hallaba el médico Santamaría quien, al ver que los milicianos echaban los sillones de la torre a la calle y rasgaban reventándolos a cuchilladas la piel de que estaban guarnecidos, les aconsejó ser de más eficacia el utilizarlos que destrozarlos, pero uno de los milicianos replicó que, si hasta entonces se había sentado en sillas de enea, no veía por qué debía dejar de hacerlo pues, posiblemente sillas de boga habría para todos los hombres, pero no sillones de cuero.
Los que estaban en el grupo asintieron con divertidas carcajadas y conviniendo en lo mismo que se atribuía como dicho por el miliciano: «Tenía razón.
Bien hecho. Para vivir no se necesitan lujos, si el precio de éstos es la escasez para otros».
Miércoles, 22 de julio de 1936
La gente obrera ha comenzado a volver a las fábricas y a los talleres que, desde el último sábado pasado, 18 de julio, habían abandonado.
Cuando llegué al ropero de la fábrica aquella mañana y ya en la sala de estampados, todos los obreros de la casa se encontraban reunidos pero todavía vestidos con las ropas de calle.
Las máquinas estaban detenidas y la caldera de la fábrica apagada.
Agustín habló a todos, anunciando que la fábrica, desde el triunfo de la revolución, pertenecía a los trabajadores y que el antiguo dueño había dejado de serlo, sin que por ello se le quitara su perfecto derecho a seguir trabajando en la misma industria pero como un obrero más y ejerciendo funciones según sus capacidades.
Seguidamente, anunció que los obreros debían proceder, inmediatamente, al nombramiento de los miembros que iban a formar el Comité de Control por votación.
Agustín fue uno de los elegidos. Pineda explicó, con palabra encendida, que rehusaba pertenecer al mismo, haciendo saber que prefería luchar por la clase obrera con las armas que en la fábrica, ya que la Revolución había comenzado pero no había triunfado todavía en muchos puntos de España.
«La lucha —dijo— sólo ha comenzado». Fue la primera vez, en aquellos días, que oí a alguien prevenir que la lucha iba a ser prolongada y que todavía millares de hijos del pueblo y de otros, considerados enemigos por su filiación ideológica o de clase, iban lo mismo a pagar su tributo de sangre.
Pineda no volvió a aparecer por la fábrica.
Tiempo después, le vi por la calle, vistiendo el uniforme de pana de las Patrullas de Control y la pistola ametralladora con funda de madera que servía de culatín al arma, pendiendo del cinto.
Cuando las Patrullas fueron disueltas, se enroló en las fuerzas de choque del cuerpo de carabineros y combatió hasta el fin de la guerra.
Tampoco Liberto Sarrau volvió a la fábrica.
Lo encontré en la calle Mayor del Clot y me dijo, con gran ilusión, que estaba dedicado en preparar un periódico que iba a lanzar a la calle.
Había pedido artículos entre otros a Federica Montseny que pertenecía al Comité Revolucionario de la barriada del Clot, así como también a Juan García Oliver.
El periódico llevaría una cabecera que era propia de su ideología ácrata, pues lo había titulado El Quijote .
Me despedí de él, una vez más sorprendido de su determinación y actividad.
Cuando días después volví a encontrarle, me mostró un ejemplar del periódico del que me había hablado.
Era de gran formato, aunque de muy pocas páginas.
Su título era el indicado, muy idóneo como correspondía al altruismo de su creador.
Estaba magníficamente impreso en papel de muy buena calidad y, su coste, debido a las circunstancias, gratuito para su fundador.
Salieron muy pocos números. Cuando posteriormente volví a encontrarme con Liberto Sarrau, ya estaba lanzado a una nueva actividad.
Me anunció que partía de viaje, con un grupo que había organizado, con el propósito de establecer economatos en los pueblos, colaborando de esta manera al establecimiento del comunismo libertario.
Más tarde, en el edificio de Cambó de la Vía Layetana que los libertarios, dueños del mismo, denominaron Casa de la CNT-FAI de la Avenida Buenaventura Durruti, cuidó de la administración del semanario Ruta (Órgano de las Juventudes Libertarias).
En el amplio tejado de la casa de Cambó, la CNT creó un gimnasio que todavía en la actualidad perdura, pero, naturalmente, bajo otra dirección.
Aquel día, a la salida de la fábrica, por la tarde, una vez terminada la jornada, me encontré con mi antiguo condiscípulo Santiago Pasanau. Me dijo que su padre se marchaba con la columna que había formado Durruti, con la misión de tomar Zaragoza.