Segunda parte. Los días rojinegros #3
Mientras la compañera de Juan Molina, Lola Iturbe, atendía a los heridos, Juanel ayudado por otros militantes colocó una ametralladora en la caja de un camión detrás de la cabina del conductor y apuntó hacia la fortaleza comenzando a disparar, al mismo tiempo que en la caja del vehículo se arracimaban hombres armados.
A una voz el camión se puso en marcha con velocidad creciente abriendo fuego contra la muralla y dirigiéndose recto hacia uno de los portones.
Durruti, seguido de los demás, se lanzó al asalto al grito estentóreo de «¡Viva la Fai!
» El gentío avanzó como una ola indetenible, caían alcanzados por las balas disparadas por los defensores del cuartel.
El camión chocó contra el viejo portón que se vino abajo entrando en uno de los patios.
La ametralladora, al mismo tiempo que los hombres armados saltaban como fieras de la caja del vehículo y se dispersaban por los lados del patio aniquilando toda resistencia.
Poco después las Atarazanas habían sido tomadas.
Los disparos en su interior se fueron espaciando hasta que finalmente, todo quedó en silencio.
En uno de los despachos fue encontrado muerto un capitán, hermano del general Mola.
Era la última resistencia militar en Barcelona.
Desde aquel momento, la ciudad y poco después toda Cataluña quedaba en poder de los anarquistas que habían enarbolado las primeras banderas.
Curiosamente, a pesar de la resistencia encontrada en las Atarazanas, cuando irrumpieron en su interior las fuerzas populares no encontraron más que unos pocos soldados, un oficial que fue ejecutado allí mismo inmediatamente, y dos sargentos que fueron asesinados aquella misma tarde en el patio del Sindicato del Transporte.
El cadáver de Francisco Ascaso fue trasladado al Sindicato del Transporte, donde más tarde se improvisó una capilla ardiente.
Cuando Ricardo Sanz descendía la escalera del Sindicato donde había dejado el cadáver de su amigo, se encontró con la madre de Ascaso, la cual ya enterada de la muerte de su hijo, acudía para verlo. Al encontrarse con Sanz, se lamentó llorando:
—¡Ay, cuida de que no te ocurra lo mismo que a él!
Sanz volvió a la lucha, empuñando uno de los fusiles ametralladores que pocos días antes de la revolución había ido a buscar a Marsella para uso del Comité de Defensa Confederal.
Fue cuando Buenaventura Durruti se encontraba en el Sindicato, acompañando por última vez el cadáver del que había sido su más inseparable compañero, que le llegó el aviso de que el Presidente Companys deseaba hablar con los dirigentes de la FAI y la CNT y para ello los aguardaba en el Palacio de la Generalidad de Cataluña.
La histórica entrevista puso de manifiesto el reconocimiento del Presidente de la Generalidad que los anarcosindicalistas se habían convertido en los dueños de Cataluña.
En las calles de toda la ciudad reinaba la exaltación del triunfo que proclamaban las masas obreras. Las banderas rojinegras eran dueñas de las calles y de los edificios públicos.
Nadie había advertido que, con anterioridad, los mástiles de las banderas de la CNT-FAI, habían sido, durante muchos años, las mismas chimeneas de las fábricas.
El rojo y el negro estuvo allí, durante años y años, pero, nadie más que los dirigentes sindicales lo sabían con certeza.
Las banderas eran invisibles y, cuando la revolución se lanzó a la calle, las banderas de los anarquistas fueron, indudablemente, las vanguardias y las primeras banderas.
Había dado comienzo la semana laboral, pero no el trabajo que, a causa de los extraordinarios y trágicos sucesos de aquellas últimas jornadas tan sangrientas, habían transformado el ritmo de la vida de la ciudad.
Fue aquel el primer lunes que, en el barrio del Clot, San Andrés, Pueblo Nuevo, Sants, así como en los restantes suburbios industriales barceloneses, como la Barceloneta, con El Vulcano y La Maquinista, no vibraron en el aire de la mañana los toques de las sirenas.
Aquel lunes no acudió nadie a los puestos de trabajo. Los sindicatos tenían a sus militantes al mantenimiento de un nuevo orden de vida que surgía.
Las tiendas de comestibles, así como las panaderías, cafés, bares, lecherías y cuanto se relacionaba directamente con la alimentación de los habitantes de la ciudad, abrieron sus puertas.
Los coches seguían desfilando incesantemente por las calles.
Sus ocupantes armados, dueños de la ciudad por vez primera, exteriorizaban con sus voces y los sones de los cláxones, las sílabas de los anagramas «¡Ce-ne-té...
Fai!» «¡Ce-ne-té... Fai!». Y agitaban en el aire los winchesters victoriosos luciendo pañuelos y gorros rojinegros.
Durante aquellos días no había visto a mi amigo Pasanau, ni tampoco a José Ardenas, el mecánico.
¿Qué habría sido del dueño de la fábrica, el señor Mercader y de su sobrino, el señor Peret?
¿Qué estarían haciendo Pineda y Agustín, este último cuyo vientre era tan voluminoso como el del fabricante del que maldecía?
Sánchez ya no estaba aquel lunes en la barricada de la calle Mallorca, al cuidado de la ametralladora.
Habían desaparecido máquina y servidor porque, sin duda, considerando que el Alzamiento en Barcelona había sido vencido, la ametralladora, lo mismo que Sánchez, iban a ser de utilidad en otras zonas.
Se corría la voz de que Zaragoza, de gran historial cenetista y a la que los anarquistas habían siempre llamado La perla del sindicalismo , seguía en poder del Ejército y, de que era del todo preciso marchar cuanto antes hacia la capital zaragozana para liberarla y apoderarse de la importante plaza.
En el Sindicato de La Farigola, en el Clot, situada en la calle Municipio, se habían colocado a lo largo de la calzada, frente al Sindicato, las cocinas de campaña de los cuarteles de San Andrés y en sus perolas se guisaba el rancho que luego era repartido en camiones a todos los milicianos que seguían montando guardia en las barricadas.
En los locales, Dionisio Eroles, vistiendo mono de tirantes atendía a los obreros que acudían a consultarle y dictaba notificaciones que Libertad, la hija de Puig Elías, iba mecanografiando silenciosa y eficazmente.
Aquella misma tarde, grupos armados se dirigieron a la Cárcel Modelo de Barcelona y gritando en sus puertas, exigieron la inmediata puesta en libertad de todos los reclusos.
El aquel entonces jefe de Servicios de la Cárcel Modelo, era don José Vicente, quien como asimismo los funcionarios del centro penitenciario no opusieron obstáculos y una vez abiertas las puertas los presos ya libres de su encierro fueron recibidos con gran alborozo por el gentío que aguardaba en la calle.
El único recluso al que no le fue concedida la libertad fue a Ramón Salas, odiado profundamente por los anarcosindicalistas por haber sido el fundador del Sindicato Libre.
La Cárcel, sin embargo, quedó vacía tanto de detenidos políticos como de delincuentes habituales, muchos de entre estos últimos, indiscutiblemente peligrosísimos malhechores.
Por orden del Comité Regional de la CNT se comunicó a todos los interesados que podían retirar gratuitamente cuantos efectos tuvieran empeñados en las casas llamadas de empeños, así como también en el Monte de Piedad.
Sin embargo, se observaba que en modo alguno podían ser retiradas de dichos establecimientos joyas ni objetos suntuarios o de crecido precio, por suponerse que la clase obrera, carente de alhajas debido a su pobreza, no poseía piezas de tanto valor.
En el establecimiento El Arco Iris conocido popularmente como Casa Pascasio, situado en los barrios bajos barceloneses, se congregó un gran gentío al que se devolvió individualmente cuantas prendas habían pignorado, mediante el correspondiente resguardo acreditativo.
Durante los tres años que siguieron de guerra, este negocio sufrió una grave crisis de la que se resarció con creces durante la posguerra.
Aquella noche, en la barricada situada frente al bar Montserrat y encarada hacia la calle Mallorca en dirección de la Sagrada Familia, se tomaba nota de la matrícula del coche fantasma conducido por una muchacha rubia según se decía, y en cuyo vehículo llevaba a unos fascistas que, al pasar cerca de las barricadas, sorprendían a sus defensores, disparándoles, desapareciendo velozmente antes de que los agredidos se recobrasen del inesperado ataque.
El número de matrícula comunicado, en algunas ocasiones por teléfono, desde otros barrios al bar, convertido en cuartel provisional de los milicianos que ante el mismo habían levantado la barricada, era inmediatamente escrito con tiza con todas sus cifras, en la pared, para conocimiento de todos.
Durante aquellos primeros días revolucionarios, cuando oscurecía, las gentes se retiraban a sus hogares.
En las calles sólo quedaban los hombres en las barricadas y, recorriendo la ciudad, los coches que, incansablemente, con las carrocerías pintadas con las letras mayúsculas de CNT-FAI deambulaban en la noche dramáticamente silenciosos, ejerciendo una obsesiva y a veces ciega vigilancia.
Para unos eran los autos del triunfo obrero y rojinegro; para otros, que permanecían escondidos en sus casas, los autos del miedo y de la muerte.
Martes, 21 de julio de 1936
Hasta aquel entonces, las únicas noticias e informaciones que se poseían de los acontecimientos ocurridos en Barcelona y resto de Cataluña, así como en Madrid, Valencia y otros puntos de España, eran aquellas que la voz popular difundía, frecuentemente alteradas por la psicosis dominante en un momento dado y aquellas otras que facilitaba la radio, con frecuencia desorbitadas por la propaganda y expuestas con un mínimo de objetividad.