Segunda parte. Los días rojinegros #2
Eran las únicas voces, porque a decir verdad, casi todos cuantos aquella noche anterior se habían lanzado a la calle en busca de las armas, habían sido obreros anarcosindicalistas.
Los demás pertenecientes a las otras organizaciones y partidos frentepopulistas, formaban una minoría, en relación con los primeros y carecían de la capacidad combativa de la mayoría de obreros de la CNT y de la FAI.
Pero, después del triunfo la victoria era compartida por todos.
En la confluencia de la calle Rogent con la carretera de San Andrés, en la misma plaza del mercado, se había erigido una gigantesca barricada para cuya construcción se habían sacado hasta los adoquines de la vía del tranvía, dejando los rieles al descubierto totalmente.
Entonces, vi al padre de Pasanau, conduciendo un coche deportivo descapotado.
Al reconocerme, sonrió alegre mostrando su fuerte y blanca dentadura.
Los que le acompañaban reían jubilosos y levantaban los winchesters con los que se habían armado.
El coche, conducido por Pasanau, desapareció entre la ristra que formaba con otros caminos del centro de la ciudad, donde todavía la lucha no había tocado a su fin.
Por la tarde corrióse la noticia de que los militares refugiados en el convento de los Padres Carmelitas, habían cesado en su resistencia, al agotarse sus municiones y al entregarse habían sido ferozmente aniquilados junto a la puerta principal de la entrada en el templo del convento.
La matanza había sido despiadada y sin excepciones.
Aquella misma tarde del domingo, 19 de julio se rindió la Capitanía General. El general Goded habló por radio, con entereza, declarando que relevaba de su compromiso con él a cuantos se habían sumado al Alzamiento en Barcelona.
Sin embargo el último reducto parecía inexpugnable y las fuerzas del Ejército que en él se resistían en una enconada resistencia no cejaban en la lucha. Eran las Atarazanas barcelonesas, en cuya toma caían los hombres que pretendían asaltar el antiguo bastión.
Sólo, frente a la Comandancia de Carabineros, a un lado de la entrada al puerto por la parte de Atarazanas cayeron más de cuarenta obreros armados alcanzados por el fuego que se les hacía desde muros, almenas, torres y aspilleras.
Era casi imposible avanzar entre los muros de la iglesia de Santa Mónica y los barracones de libros de lance, para ganar aproximación en el ala correspondiente al lado final de la Rambla, frontera a la Comandancia Militar. Al llegar la noche el asedio a las Reales Atarazanas proseguía.
Lunes, 20 de julio de 1936
Las consignas de los dirigentes obreros se transmitían rápidas siendo obedecidas inmediatamente.
Prácticamente las últimas resistencias habían sido aniquiladas.
Solamente quedaba la Maestranza de Artillería de las Atarazanas resistiendo.
Aquella mañana, las masas anarcosindicalistas habían decidido tomar por asalto el, al parecer, irreductible bastión.
A los pies de la escalinata de la Comandancia Militar, varios coches ardían por sus cuatro costados.
El gentío descendía por las Ramblas en dirección a Santa Mónica, disponiéndose a participar en el acto final de la resistencia de las Atarazanas.
De vez en cuando, un coche pedía paso a toques de claxon, trasladando heridos.
El tiroteo proseguía mezclado con el furioso roer metálico de las ametralladoras.
Silbaba en el aire la bala de un paco o un proyectil perdido.
En la pensión Mayoral de la Rambla, uno de los huéspedes que aquella mañana desayunaba cerca de uno de los balcones, se desplomó sobre la mesa, alcanzado mortalmente por una bala perdida que le atravesó la cabeza.
Procedía de Pontevedra y había viajado hasta Barcelona para tomar parte en la Olimpiada Popular, cuya fecha inaugural había sido fijada precisamente para el domingo 19 de julio, sin sospecharse que jamás llegaría a celebrarse.
Acudieron atletas de diversas nacionalidades y entre éstos algunos ya con objeto de participar en la Revolución, que se preveía iba a desencadenarse en el país.
Dos guardias de Asalto en la toma de la Comandancia de Marina habían perdido la vida, y se corría la voz de que en el Hospital Clínico, en su depósito judicial, éste había resultado insuficiente para dar cabida a las numerosas víctimas de los sucesos, disponiéndose nuevas dependencias para acoger a dos centenares de cadáveres.
Aquella mañana del lunes día 20, el consejero de Gobernación, España, cumpliendo órdenes del ministro de la Gobernación, mandó que los generales Goded y Burriel, así como otros oficiales hechos prisioneros, fuesen trasladados al Castillo de Montjuich.
La orden había sido recibida por la noche del domingo pero se creyó más prudente llevarla a cabo al día siguiente lunes, cuando todavía proseguía encarnizadamente la resistencia en las Atarazanas.
En la casa de socorro de la calle Barbará, habían sido atendidos el domingo 117 heridos e ingresados seis cadáveres.
El doctor Feliu Margarit, de 84 años, estuvo prestando servicio permanente debido a la gravedad de las circunstancias, cuando de pronto, se presentó en el dispensario la asistencia a dos mujeres que la precisaban urgentemente en sus domicilios para dar a luz.
En la misma casa de socorro, otra mujer alumbró felizmente a un niño.
Parturienta y recién nacido fueron trasladados a la Casa Maternidad para ser acogidos.
La mayoría de los heridos atendidos en el dispensario de la calle Barbará, lo habían sido en los combates de la parte sur de las Ramblas.
Algunos grupos se habían parapetado detrás del monumento a Pitarra y disparaban a su vez contra quienes se hallaban refugiados en el Hotel Falcón.
El final de la Rambla de Santa Mónica estaba entrecruzado de tiros.
Por añadidura, muchos de los habitantes del distrito quinto y de la zona llamada Barrio Chino formaban un hormiguero de gentes que participaba en la lucha, mezclada con los elementos de la FAI y la CNT.
Varios coches ardían frente la Comandancia Militar.
En tanto, los obreros pugnaban en vano por acercarse a las bien defendidas y al parecer inexpugnables Atarazanas, donde los militares se defendían resistiendo el asedio de que era objeto la fortaleza.
Aquella mañana, un sargento de Artillería llamado Manzana, lograría escaparse del bastión pasándose a los obreros.
Manzana, en adelante, acompañó a Buenaventura Durruti al frente de Aragón, aconsejándole como uno de sus asesores y hombres de confianza.
Posteriormente le acompañó a Madrid y ocupaba el mismo coche que Durruti cuando éste resultó herido de muerte.
La toma de las Atarazanas se había convertido en una obsesión para los dirigentes y milicias confederales.
Era la última resistencia del alzamiento militar en Barcelona.
El último reducto que se mantenía irreductible y que, además, estaba causando más bajas a los anarcosindicalistas.
Se disparaba desde las garitas de los centinelas que asomaban adelantadas en los ángulos del baluarte, por las aspilleras numerosas y desde detrás de las almenas.
Algunas ametralladoras bien emplazadas, permitían a sus servidores barrer con plomo todo intento de aproximación.
Durruti, Ascaso, Sanz, Juan Molina (Juanel), Lola Iturbe y demás anarquistas significados estaban allí en los lugares de más peligro.
De pronto, una bala hirió ligeramente en el pecho a Durruti que se resistió a curarse debido a la ligereza de la herida.
En el momento en que le estaban atendiendo, Francisco Ascaso fue alcanzado de un balazo mortal en la frente.
Ricardo Sanz y Ortiz salieron del punto donde se habían parapetado y, con riesgo de su vida, rescataron el cuerpo de Ascaso retirándolo hasta la barricada.
Tenía la cabeza perforada y una herida en el pecho.
Durruti miró profundamente el cadáver del que había sido durante tantos años compañero de lucha y con el que había compartido días de cautiverio en prisiones de España, recorrido parte de la América Latina y sufrido prisión en París, en la Conciergerie, en el mismo calabozo donde estuvo encerrada María Antonieta.
Con el mismo hombre había compartido jornadas venturosas en Bélgica cuando se unieron Ascaso a Berta y Durruti con Emilienne Morin.
Cuando retiró los ojos del cadáver de su amigo, el asalto al bastión de las Atarazanas estaba decidido.
García Oliver, Sanz, García Vivancos, Justo Bueno, Juan Molina, le rodeaban esperando su determinación. La orden fue la toma de los cuarteles.