Segunda parte. Los días rojinegros
Segunda parte
LOS DÍAS ROJINEGROS
FUERON LOS TOQUES INCESA NTEMENTE REPETIDOS y dando la alarma de todas las sirenas y silbatos de las fábricas cundiendo sus alaridos broncos y estridentes en el aire de la mañana, los que me despertaron, al igual que a todos los vecinos del barrio obrero.
Las sirenas atronaban en el aire, una y otra vez, incansablemente gritando a las armas, para interrumpirse y volver a chillar, estremecedoras y profundas.
Toda la atmósfera vibraba agitada y, para los dirigentes sindicales que habían ordenado a los fogoneros de las fábricas que no interrumpieran el sonido de las sirenas, aquellas voces de las fábricas del barrio obrero eran equivalentes a la llamada general dada a la clase trabajadora, a lo que se unía la letra del canto del himno de la CNT y la FAI, llamando a «Los hijos del pueblo» «¡A las barricadas... a las barricadas!».
Mi padre salió al balcón. Al abrirlo, los graves y estruendosos sonidos de las sirenas entraron en el piso, irrumpiendo más poderosos e impresionantes.
Mi padre, después de unos momentos, volvió a entrar, cerró el balcón a causa del ruido y, mirando a mi madre y luego a mí, dijo algo así, con un tono de voz preocupado en el que se advertía su total desconocimiento de lo que iba a ocurrir: «Anda gente armada por la calle...
Todos los vecinos están asomados a las puertas y ventanas de sus casas.
En la esquina de la calle Rogent está levantada una barricada —y decidió, yendo hacia el comedor—.
Voy a poner la radio y concluyó, resumiendo lo que ya era una realidad.
Ha estallado la revolución.» Mi madre susurró asustada: «¡Dios mío! ».
También aquel domingo, 19 de julio del año 1936, sin que nadie más que aquellos que habían salido a combatir en las calles, en uno u otro bando, lo mismo al advenimiento de la aurora, como en los días precedentes y desde hacía mucho tiempo, el espacio se había cubierto de rojos cendales.
Y, en aquella mañana, había sido un rojo de auténtica sangre: la que ya se había comenzado a derramar y que iba a fluir de las entrañas de la patria, durante tres largos y angustiosos años.
Domingo, 19 de julio de 1936
Salí al balcón. En la calle todo andaba revuelto.
Los vecinos se encontraban en las puertas de sus tiendas, o asomaban por ventanas y balcones; otros deambulaban vivamente por la calle de un corrillo a otro.
Dos coches aparecieron velozmente en dirección a la esquina de la calle Valencia con la de Rogent.
Los dos coches iban ocupados por obreros y en las estriberas de cada uno de los vehículos, a ambos lados, iba un obrero en pie, armados con pistolas y fusiles que levantaban en el aire victoriosamente, dando vivas a la FAI y a la CNT.
Se detuvieron los dos coches antes de llegar a la esquina cuando vieron que la calle quedaba cortada por la barricada formada por los adoquines del pavimento que había sido levantado.
El conductor de uno de los coches, pulsaba el claxon con insistente entusiasmo y, hábilmente, repetía con sonidos, el ya divulgado slogan «¡UHP!
... ¡UHP!...» (Unión Hermanos Proletarios).
En el coche que iba el segundo, uno de los obreros, se había sentado en el guardabarros y sujetaba vertical y levantado su winchester , gritando al viento «¡Viva la ceneté!
...» «¡Viva el comunismo libertario!» «Viva la revolución social!
» Los demás levantaban el puño cerrado con crispación.
Algunos tenderos estaban en las puertas a medio abrir y cerrar, indecisos, como su ánimo, y con la cautela de su profesión.
Miraban desconcertados cuanto estaba ocurriendo sin poder reprimir su estupefacción, en secreto, temerosos de la seguridad de sus géneros y mercancías.
Cuando los otros vecinos levantaban el puño, respondiendo a los mismos gestos de los obreros que disponían de la nueva fuerza que les otorgaba las armas que empuñaban, los tenderos, a su vez, repetían el ademán general pero, con evidente falta de convicción y mucho recelo.
Cuando los autos, dando la vuelta, desaparecieron hacia la calle Meridiana, los tenderos bajaron otra vez los brazos.
En el balcón contiguo al nuestro, el guardia de Asalto, esposo de la señora Josefa, estaba en camiseta con los antebrazos cruzados sobre el pecho carnoso, apoyado en el antepecho de la baranda del balcón.
Miraba la agitación de la calle, sin despegar los labios ni reflejar emoción alguna.
Por su pasiva actitud, no parecía sentir mucho apremio en vestir el uniforme y salir a la calle.
La radio hablaba incesantemente. Repetía a voces y excitadamente que la Guardia Civil, así como la de Asalto y Seguridad, fuerzas del cuerpo de Carabineros y del Arma de Aviación, se habían opuesto al Alzamiento, colaborando con su activa participación o pasividad a vencerlo.
Ya se sabía que las fuerzas del Ejército, en todos los puntos de la Península se habían proyectado en un Alzamiento militar, más se ignoraba, concretamente, en qué puntos de España había triunfado y en qué otros, como en Barcelona y Madrid, se había malogrado.
Mi curiosidad por conocer directamente lo que estaba ocurriendo en la ciudad, era ya del todo irrefrenable. Bebí el café con leche del desayuno y, sin prestar atención a las advertencias de mi padre, salí disparado por la escalera hacia la calle.
Lo primero que vi fue la barricada de la esquina de la calle Rogent que durante la noche había sido levantada y dominaba la de Valencia.
Me detuve perplejo y sorprendido. Subido a los adoquines, mis ojos se habían prendido en la figura del hijo del remendón encaramado en la barricada.
Estaba erguido y perniabierto, blandiendo en el aire, marcialmente, un fusil y gritaba enardecido a los demás hombres armados o no, y a todos los vecinos que jamás le habían prestado atención alguna, que al fin había sonado la hora de la Justicia.
A sus palabras, los de la barricada, respondieron con vivas y hurras entusiastas.
El hijo del remendón esgrimía enérgicamente el fusil y su pelo suelto y pelirrojo parecía más que nunca, en aquella ocasión, una pequeña antorcha llameante.
Seguí calle arriba. En la embocadura de la estrecha calle de Nuria, en el punto donde ésta desemboca en la calle Mallorca, había sido puesta en pie otra barricada con los mismos adoquines de la calzada.
Ésta era todavía más amplia y recia que la anterior.
En el centro de la misma, con el punto de mira centrado en el horizonte lejano de la calle, en dirección a la Sagrada Familia, había sido emplazada una ametralladora con trípode.
Sentado muy satisfecho en el sillín de la máquina encontré a Sánchez que trabajaba en la fábrica en la sala del cloro, el cual, como había prestado el servicio militar en una Compañía de ametralladoras, se hizo inmediatamente cargo de la máquina y del manejo de la misma.
Al darse cuenta de que le miraba con interés, me sonrió complacido y sin malicia.
A cada lado de Sánchez, a lo largo del parapeto de adoquines estaban apostados los que armados guardaban la barricada, encarada a la amplia y prolongada calle Mallorca.
La defensa había sido levantada a pocos metros del bar Montserrat, dando la espalda a éste, que era como una prolongación de la misma barricada y en cuyo interior se discutía y se recibía telefónicamente toda suerte de llamadas y comunicaciones.
El amplificador de la radio del bar, vociferaba que la situación ya estaba decidida en Barcelona, a favor de la clase obrera.
Se sabía que los militares se habían refugiado en el convento de los Padres Carmelitas, en la Diagonal, pero que, a no tardar se rendirían.
También, que otros núcleos seguían combatiendo y ofreciendo tenaz y suicida resistencia por su inferioridad de condiciones, en la Capitanía General, los cuarteles de San Andrés, así como lo mismo en el área comprendida por el bastión del antiguo cuartel de la Maestranza de Artillería en las Atarazanas, lindantes con el puerto de Barcelona.
Las masas revolucionarias se lanzaban al asalto de los cuarteles de San Andrés, bombardeado y ametrallado por Díaz Sandino.
También eran asaltados los cuarteles de Pedralbes por los anarcosindicalistas y los bautizaban con el nombre de la personalidad anarquista más representativa del pensamiento revolucionario: Miguel Bakunin.
Otros grupos armados dedicábanse a prender fuego a las iglesias y en el espacio, sobre las casas de la ciudad, como prueba de ello, surgían las negras banderas de los incendios mientras por las calles se agitaban las negras y rojas de la CNT y la FAI, cuyos anagramas figuraban en todos los coches requisados a sus antiguos propietarios.
En el colegio de las monjas Paúlas de la calle Nuria, que posteriormente sería incautado por el POUM, se arrojaban desde los balcones a la calle, toda clase de enseres, capillas e imágenes religiosas, candelabros y cruces.
Las puertas habían sido abiertas y todo el mundo entraba y salía libremente y a su antojo curioseando y recorriendo los interiores del edificio dedicado a la enseñanza.
Por la calleja lateral del inmueble de las monjas de la calle Nuria, donde una pequeña puerta permitía la entrada al huerto de las religiosas, salió un muchacho escamoteándose sigilosamente y con visibles gestos de aprovechado, llevando en cada mano cogido de las orejas, un par de conejos.
Se alejó rápidamente, desapareciendo y sin que nadie le cerrara el paso, por la calleja del Pistón, camino de su casa, sin que a causa de su proceder recibiera reconvención de nadie.
Fui a la plaza del Mercado del Clot. Por la calle desfilaban sin prisas en comitiva triunfante, en los coches de que se habían adueñado, los obreros armados. A la vez que transitaban formando un largo cordón de vehículos, no cesaban de repetir los gritos revolucionarios «¡UHP!... ¡CNT- FAΙ!»