VI #4
La tropa se encontraba en una situación de desventaja sorprendida al descubierto y sin posibilidad ni tiempo de efectuar movimientos en el centro de la calzada.
Por otra parte, los grupos de obreros armados llevaban a la práctica la técnica de la guerrilla urbana contra la cual las fuerzas regulares del Ejército no habían sido adiestradas.
El desconcierto cundió en la difícil defensa.
Tal estado de cosas se prolongó hasta las ocho, aproximadamente, de la mañana, cuando ya la batalla en el casco urbano de la ciudad se había generalizado, y los tiroteos, ráfagas de ametralladora y cañonazos de las baterías atronaban sordamente la atmósfera mañanera.
Se luchaba en la Plaza de Cataluña, en la Capitanía General, en la Plaza de España, en las Atarazanas, del final de las Ramblas y en la Avenida Icaria, cerca de los cuarteles de los Docks, donde las fuerzas del ejército se enfrentaban con obreros portuarios de la CNT y de La Maquinista Terrestre y Marítima, El Vulcano del barrio de la Barceloneta.
Guardias de Asalto y de Seguridad, confundidos con el paisanaje, efectuaban descargas contra la tropa del Regimiento de Caballería de Santiago, acorralada en la Diagonal con Paseo de Gracia.
Debido a la gravedad de las circunstancias, la tropa se replegó refugiándose en el convento de los Padres Carmelitas sito en la Diagonal esquina a la calle Lauria y, ya en su interior, se dedicaron a una desesperada resistencia contra las masas frentepopulistas que comenzaban el enconado y ventajoso asedio del edificio religioso.
La tropa, que no tuvo tiempo de escamotearse en el improvisado refugio, fue hecha prisionera por la guardia de Asalto y de los grupos obreros que, cada vez en mayor número, concurrían al asedio ya que no al imposible asalto del convento de los Padres Carmelitas.
Habían dado ya las ocho de la mañana del 19 de julio.
Al Regimiento de Artillería Ligera n°7, procedente de los cuarteles de San Andrés, se le había asignado el apoyo del de Infantería de Badajoz, que había sido el que había logrado apoderarse de la Plaza de Cataluña, al dominar con sus fuegos toda su área desde los distintos puntos de la Telefónica, el Hotel Colón, la Maison Doreé y el Circulo Militar.
Sin embargo, las fuerzas de apoyo del Regimiento de Artillería Ligera n.º 7, prosiguieron su avance desde la Plaza de Cataluña con dificultades por la Ronda de San Pedro, dejando en pos una estela de bajas desperdigadas en la calzada, logrando alcanzar, finalmente, la calle Lauria, donde la tropa se vio inmovilizada por el fuego nutrido que llegaba desde todos los puntos.
En el cuadro comprendido por las calles Lauria, Claris, Diputación y Cortes (Avda.
José Antonio), emplazaron las baterías, así como también una línea de ametralladoras colocada delante de las piezas que, a su vez, estaban respaldadas por fuerzas del ejército y falangistas voluntarios sumados al Alzamiento.
Eran las ocho de la mañana del día 19 de julio, cuando los cañones comenzaron a tronar.
En los barrios obreros los disparos de las baterías sonaban lejanos imponiendo respeto.
Los piquetes de hombres armados tuvieron que replegarse rápidamente, buscando refugio en las puertas de las escaleras y en las esquinas de las bocacalles cuando, al mismo tiempo que disparábanse los primeros obuses, las máquinas ametralladoras puestas en línea, comenzaron a abrir fuego con su tecleteo incesante y mortífero.
Rápidamente, militantes de la CNT y la FAI, se lanzaron sobre tres camiones, llenando las cajas de los mismos.
Lanzaron los vehículos a toda velocidad contra la línea de ametralladoras que no cesaban de disparar.
Uno de los camiones, alcanzado su conductor, perdió el control y fue a estrellarse contra un muro, pero los otros dos camiones barrieron, en su proyección, a las máquinas ametralladoras y a sus servidores.
Saltando de las cajas de los vehículos, los grupos armados exterminaron a los soldados y falangistas que se les opusieron y capturando a los demás a excepción de aquellos pocos que consiguieron huir.
Las ametralladoras, así como también las baterías de artillería ligera, quedaron en poder de las masas obreras de la CNT.
Lecha, un corpulento obrero portuario, se apoderó de uno de los cañones y se fue con él hasta la Plaza de Cataluña.
En la tarde de aquel domingo, este obrero que poseía nociones de artillero por haber servido en esta Arma, dispararía su cañón contra el edificio de la Capitanía General en la que se encontraba el general Goded, precipitando, con su intervención, la caída y capitulación de los militares que se encontraban asediados en la Capitanía.
También con otro cañón, éste procedente de las fuerzas del cuartel de los Docks, se disparó desde el muelle de Baleares contra la cúpula del monumento a Colón, desde donde, se aseguraba, disparaban dos ametralladoras, dominando con sus fuegos el principio de las Ramblas, el Paseo de Colón y la entrada del Puerto, por el Paralelo.
Quien hizo los disparos con el cañón fue un cabo de la guardia de Asalto, el cual pidió para hacer más efectivos sus tiros se le facilitara un goniómetro.
La repisa de la cúpula del monumento fue remordida tres veces, según posteriormente aseguró la voz popular.
Pero, ni las ametralladoras, ni sus servidores, jamás fueron encontrados.
No se pudo comprobar que se hubiese disparado desde su altura.
La maquinaria del ascensor que sube hasta la cúpula del monumento estaba averiado y su caja detenida en la parte superior, imposibilitando la ascensión.
Alguien aseguró, posteriormente, que la razón de que no se hubiese encontrado nada en la cúpula era debida a que durante la lucha del domingo 19 de julio, cuando todavía peleaban los militares que resistían en el bastión de las Atarazanas, un montañero ascendió por la escalerilla interior de la columna y, sorprendiendo a quien estaba disparando con una ametralladora, le aniquiló a balazos y luego, arrojó por el interior de la columna a su víctima y a la ametralladora.
Sin embargo, al paso de los años, las opiniones respecto a la existencia de tiradores desde la cúpula del monumento fueron contradictorias, desmintiéndose las unas a las otras.
Juan Molina, que estuvo luchando en las Atarazanas aquellos días y que firmaba sus escritos con el pseudónimo de Juanel, militante valioso y destacado de la CNT que alcanzó la graduación de Comisario de Brigada durante la guerra, declaró que jamás hubo ametralladora alguna emplazada en la cúpula del monumento a Colón.
El cañón con el cual el cabo de la guardia de Asalto, realizó sus disparos desde el muelle de Baleares procedía de las fuerzas de los Docks, cuarteles situados en la Avenida Icaria.
A las seis menos cuarto en punto de la mañana, de acuerdo con el planteamiento del Alzamiento, habían salido las tropas de dichos cuarteles.
A las seis en punto, salió otra batería secundada por una Compañía de falangistas, que iba mandada por un teniente de Intendencia. Otra batería salió en pos de la anterior y, seguidamente una cuarta batería con las ametralladoras correspondientes.
Avanzaron dichas fuerzas por la calzada de adoquinado hasta el puente de hierro de San Carlos que sobrevolaba la Avenida Icaria cruzándola sobre el tendido de la vía del ferrocarril de la estación de Francia, saltando al Parque de la Ciudadela.
Pospuesto el puente y el paso a nivel del ramal de vía del ferrocarril, a la altura del Hospital de Infecciosos de la misma Avenida Icaria, las tropas vieron interrumpida su marcha por los guardias de Asalto y de Seguridad.
Las fuerzas, sufriendo el fuego por los dos flancos, se replegaron, ocupando, una de las secciones, posiciones en la misma Avenida Icaria.
Otra sección pudo emplazar la primera ametralladora en el paso a nivel del ferrocarril, dominando de este modo toda la anchura y longitud de la amplia calzada de la avenida, en dirección a su extremo, que desemboca en la Plaza Palacio en la parte donde se levantaba el edificio de la Escuela Náutica.
Las baterías, a su vez, abrieron fuego. La tropa consiguió, parcialmente, situarse en una de las alas de la estación de MZA, conocida como Estación de Francia.
El nutrido tiroteo se había extendido y generalizado mezclado con las ráfagas de las ametralladoras y los disparos de las baterías.
Algunas de las acémilas cargadas de proyectiles, al ser alcanzados algunos de estos por disparos casuales en sus cargas explosivas, saltaban despedidas y descuartizadas por los aires.
Otros mulos, heridos, se derrumbaban coceando frenéticamente o corrían alocados imposible de detenerlos, corriendo en dirección opuesta de las fuerzas o siendo barridos por el fuego de las mismas ametralladoras al interponerse en su carrera en las líneas de los fuegos.
Las ametralladoras, durante algún tiempo, fueron las dueñas de la calzada.
Cuando algún osado abandonaba su escondite para correr adelante, de pronto era abatido por los proyectiles, quedando tendido en el empedrado.
Sin embargo, a medida que el tiempo iba transcurriendo, nuevas y diversas gentes acudían a sumarse a las masas obreras y abrían fuego sobre la tropa desde los puntos más inverosímiles, iniciándose un movimiento envolvente de las secciones que se habían plantado en la avenida con baterías y ametralladoras.