Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero VI #2
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VI #2

Se dio la orden de asaltar las armerías con objeto de proveerse de escopetas de caza y pistolas, pero el botín resultaba a todas luces menguado para colmar las necesidades.

De repente, un marino llamado Juan Yagüe, encabezando grupos de paisanos se dirigió con éstos al Puerto de Barcelona y en una rápida e inesperada acción abordaron los mercantes Marqués de Comillas y Magallanes reuniendo entre los dos barcos, unos 150 fusiles y una docena de pistolas, armas que, después, fueron distribuidas en el Sindicato del Transporte y de la Construcción.

El jefe de la guardia del Puerto comunicó inmediatamente a Gobernación el insólito e ilegal asalto que se había perpetrado en los dos mercantes.

Acto seguido el consejero de Gobernación ordenó al jefe de policía, señor Escofet, la recuperación de las armas logradas en el saqueo.

El jefe de policía envió enseguida una compañía de guardias de Asalto al sindicato del Transporte con la misión de recobrar las armas y devolverlas a su punto de procedencia.

El sindicato fue acordonado por la Compañía de guardias de Asalto.

Su capitán penetró en el edificio exigiendo la devolución del armamento saqueado.

Los obreros se negaron obstinadamente a que las armas fueran devueltas pues opinaban que dentro de muy poco las iban a menester.

El capitán no podía atender a ninguna clase de argumentación.

Se le había dado una orden que consistía, taxativamente, en que recobrase las armas robadas y debía hacerse con ellas.

En el exterior aguardaba la Compañía de Asalto, armada.

Por su parte, García Oliver calmaba a los obreros que se mostraban reacios a devolver el armamento con que se habían hecho.

Tampoco los dirigentes consideraban conveniente llegar a un enfrentamiento con las fuerzas de orden público cuya colaboración les interesaba más que su hostilidad.

Buenaventura Durruti habló con el capitán de Asalto en una de las habitaciones.

Por fin llegó a un acuerdo con éste, ofreciendo devolver una docena de fusiles, que aseguró era cuanto habían conseguido apoderarse de los dos barcos.

Indudablemente el capitán no creyó que fuesen tan pocos pero, puesto que no se le había indicado el número de armas que debía recuperar, se avino a aceptar la entrega y retirarse con sus hombres, como así se hizo.

En tanto, durante aquellas primeras horas que corrían del día 19 de julio, se levantaban barricadas en los puntos claves del centro de la ciudad, para oponer, en lo posible, resistencia a las tropas.

En las barriadas obreras del Clot, San Andrés, Pueblo Nuevo, Hostafranchs y Sants, había sido levantado el adoquinado de las calles, convirtiendo en verdaderos reductos defensivos las más importantes bocacalles pero, donde difícilmente las tropas llevarían a cabo el desenvolvimiento de la batalla de Barcelona que iba a desarrollarse en los puestos claves del centro urbano para tomar las dependencias oficiales y centros de comunicaciones con el resto de la península.

Hacia las cuatro y media de la mañana se corrió la noticia de que las tropas salían de sus respectivos cuarteles, partiendo de los mismos con objeto de llevar a cabo un plan previamente establecido para que en la distribución de las tropas compuestas por contingentes de diversas Armas en un total aproximado a los 10.

000 soldados, la ciudad quedara materialmente dominada por el Ejército.

La población estaba, casi en su totalidad, entregada al sueño, pero un millar de obreros pertenecientes a la CNT y a diversos partidos del Frente Popular, así como a la sindical UGT estaban dispuestos a batirse con las tropas, a pesar de que la Generalidad se había mostrado reacia a entregarles armas, temiendo quizá tanto a la masa revolucionaria como a los militares alzados contra la República.

En tan críticas circunstancias, un oficial de la guardia de Asalto acompañó a Diego Abad de Santillán, al edificio de Gobernación descubriéndole un escondrijo donde se encontraban un centenar de pistolas y su correspondiente munición, armas que rápidamente fueron repartidas entre cuantos las reclamaban.

Ya eran casi las cinco de la madrugada cuando los guardias de Asalto, independientemente de orden alguna de sus superiores, entregaron a las masas sus pistolas quedándose ellos con los mosquetones.

En aquellos momentos el Ejército estaba por las calles y avanzaba disciplinadamente por éstas camino de sus objetivos.

Cada Regimiento seguía el itinerario prefijado de acuerdo con el movimiento conjunto de las otras fuerzas procedentes de sus respectivos cuarteles para tomar militarmente la ciudad.

Mientras tanto, grupos de obreros armados se habían apostado en las esquinas, en los tejados y azoteas y portales de las casas todavía dormidas, así como detrás de los árboles, con objeto de obstaculizar el avance de las tropas.

En El Paralelo (Avenida Marqués del Duero), frente a calle Rosal y Brecha de San Pablo y el popular café Chicago, se había levantado una imponente barricada con los adoquines de la amplia calzada.

Asimismo, en el final de las Ramblas, no lejos del CADCI, (Centro de Dependientes del Comercio y de la Industria), y de los sindicatos de la Construcción y Metalurgia en la Rambla de Santa Mónica.

La batalla de Barcelona iba a dar comienzo.

Eran las cinco de la mañana del día 19 de julio de 1936.

Los regimientos de Caballería de Montesa, acuartelados en la calle Tarragona, salieron avanzando sin obstáculos hasta alcanzar situarse en la plaza de España, en cuya amplia superficie instalaron sus baterías en abanico, formando tres líneas de tiro: una enfocada en dirección a Sants, la otra lateral hacia la carretera del Prat y la tercera en sentido opuesto enfocada hacia la calle Cortes Catalanas (actualmente José Antonio), en dirección a la Plaza Universidad.

Pero ya el movimiento de piezas artilleras y el emplazamiento de las mismas en la plaza, tuvo que realizarse bajo el fuego de grupos de paisanos armados que se encontraban apostados en diversos puntos con objeto de hostilizar a la tropa para impedir la fijación de la fuerza sobre el terreno urbano.

Inmediatamente, las baterías abrieron fuego y las ametralladoras distribuidas alrededor de la plaza circular en la que convergen distintas calles, comenzaron a disparar varias de ellas en dirección al Paralelo o Avenida Marqués del Duero, como réplica a la osadía de los francotiradores.

Frente al edificio de la Tenencia de Alcaldía de Hostafranchs, situada en una de las calles equivalentes a uno de los radios que parten de la plaza de España, se había levantado una barricada desde cuyo parapeto se disparaba a las fuerzas apostadas en la plaza de España.

La distancia era mucha y por tanto las dianas invisibles prácticamente, por lo que los disparos de los paisanos apostados en la barricada de adoquines, eran ciegos, no menos, sin embargo que las ráfagas de ametralladora de las máquinas de la tropa.

Pero las balas ciegas también matan. Los disparos de los paisanos no tenían otro objeto que poner de manifiesto la oposición armada al posible avance de los soldados.

Pero los disparos de los obuses de las baterías situadas en la Plaza de España se imponían.

Uno de los cañonazos disparados contra la barricada hizo tiro largo y si bien no hizo blanco alcanzó mucho más allá a un grupo de hombres apostados en la esquina de la calle Riego.

Estalló el proyectil despedazando los cuerpos de ocho de ellos y dejando heridos a otros once.

Parte de la cabeza de una mujer salió despedida, arrancada por uno de los fragmentos de metralla, cayendo a unos sesenta metros de su cuerpo.

En algunos balcones y en el ramaje de los árboles que orillaban la calle, quedaron colgantes restos humanos.

Los disparos de la fusilería y el tableteo de las ametralladoras, como el tronar de las baterías en otras direcciones, se mezclaban con los lamentos de los heridos y las imprecaciones de los que desde la barricada disparaban.

La noche, en tanto, iba quedando atrás; comenzaba el cielo a palidecer, con trágicas livideces en aquel 19 de julio en Barcelona.

Mientras, el tiroteo no cesaba, brotando desde los puntos más insospechados, algunos hombres se movían apresuradamente, trasladando a los alcanzados por las balas a las casas de socorro y dispensarios más cercanos.

En tanto la caballería de Montesa mantenía el fuego en la plaza de España, el segundo escuadrón avanzó por El Paralelo con el propósito de ocupar la zona de la Brecha de la calle San Pablo, Las Atarazanas, donde se encontraba el cuartel de la Maestranza de Artillería y lograr, con la ocupación de la llamada Puerta de la Paz, la conexión con la Comandancia de Carabineros del Puerto, la Comandancia Militar situada al final de las Ramblas y el enlace con la Capitanía General, en el Paseo de Colón.

La parte correspondiente a la montaña de Montjuich quedaría dominada por la guarnición del Castillo, consiguiéndose de tal manera imponerse en el sur de la ciudad, al converger desde el ala del Parque de la Ciudadela, las fuerzas del cuartel ubicado en dicha zona.

Complementando los anteriores dispositivos militares, las demás fuerzas unidas al Alzamiento, partiendo de Pedralbes y la calle Numancia, ocuparían los puntos previstos en el plan, la plaza de Cataluña y Universidad rematando la ocupación militar del núcleo de la urbe.