VI
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A DIARIO , como de costumbre, acudía a la fábrica. Se notaba, creciente, una psicosis colectiva de exaltación que era como una epidemia invisible que sólo se detectaba en las discusiones políticas de los obreros cuando se cambiaban de ropa en la sala de estampados.
Algo grandioso y terrible se avecinaba con los días, más y más.
Era como la sensación indefinible de la proximidad de una tormenta que enrarecía el aire saturándolo de electricidad.
Todos hablaban de que algo iba a ocurrir pero sin plena conciencia de los daños que iba a desencadenar.
Nadie se estremecía ni siquiera sospechaba las imprevistas dimensiones de los sucesos, lo mismo que si el caudal de la furia del río, saliéndose de madre, tuviese que asolar tan solo a otros hogares, por ajenos indiferentes.
Siempre el hombre piensa que es otro hombre quien tiene que morir.
Solamente Pineda era consciente de lo que aquello representaba. Con palabra dura y obstinada, concluyente y firme, anunciaba el pronto y rotundo enfrentamiento entre dos fuerzas opuestas: la clase obrera y el egoísmo ciego de los patronos.
Uno de aquellos días del mes de julio, encontré a Pasanau y me dijo que su padre, cada noche, después de la cena en familia, salía armado de su casa y regresaba a avanzadas horas de la noche, porque efectuaba vigilancias nocturnas, pues se esperaba en breve una rebelión armada del Ejército.
Se temía que, de un día a otro, ocurrieran hechos irremediables en todo el país.
En la mañana del martes 14 de julio, al entrar en la fábrica, vi a Goñi, el fogonero, en la puerta del cuarto de la caldera.
Tenía en la mano La Soli y, de súbito, con el rostro asombrado, agitó el periódico mostrándoselo a los obreros que cruzando el patio de la fábrica iban camino de las secciones. Gritó: «¡Han asesinado a Calvo Sotelo!»
Los obreros detuvieron el paso y se quedaron mirando a Goñi, el fogonero, con idéntico estupor al suyo. Luego, se les enfosqueció el rostro a algunos de ellos y otro masculló unas palabras entre dientes, reanudando el paso cada uno hacia la nave para desvestirse.
Cuando entré en la sala de estampados, las voces eran altas y tensas y, entre los gestos crispados, Agustín, cachandosamente, anunció que se avecinaban cosas muy gordas.
Pineda, a su lado, sentado en el banco se calzaba los zuecos pero no decía una palabra.
Su rostro estaba más pálido que de costumbre.
Pineda se puso en pie, soltó un taco y, sin más, se encaminó al tinte, porque, en aquel momento, en el cuarto de la caldera, Goñi dio un largo tirón de la cuerda del silbato y rasgó el aire con sonido estridente el último toque de las ocho en punto que indicaba a todos la reanudación del trabajo interrumpido desde el día anterior. La jornada comenzaba de nuevo.
La tarde del 17 de julio, cuando los obreros salían por la puerta de la fábrica, un militante de la Confederación repartió un manifiesto alertando a los trabajadores del inminente golpe militar que se temía.
Goñi asomó a la puerta. Rudo el gesto de su brazo adelantado y la voz bronca, pidió al repartidor:
—¡Uno para mí, compañero!
Cogió el papel y lo leyó comiéndoselo con los ojos.
Los demás se detenían en grupos o individualmente leyendo el impreso con expresiones en los rostros que iban desde la inquietud a la incertidumbre o el encono.
Hablaban entre ellos en voz baja y acento apasionado.
Con los andares presurosos se fueron alejando cada cual camino de su casa.
Por la noche, en La Farigola se comentaba en los grupos de la militancia que el Comité Nacional de la Confederación, en principio, había pensado que el manifiesto de alarma apareciera el día siguiente 18, en La Solidaridad Obrera pero, debido a la gravedad de los acontecimientos que se precipitaban aceleradamente, decidióse que el manifiesto se imprimiera inmediatamente y que, por mediación de distribuidores personales, se repartiera a mano en las puertas de las fábricas.
Las consignas dadas por la CNT y la FAI, eran terminantes, conminando a todos sus afiliados a obedecer las instrucciones que, en el momento decisivo, partieran del Comité Nacional de la CNT y de la Federación Anarquista (FAI).
La CNT contaba con unos 400.000 afiliados y Barcelona constituía un área laboral en la que el 60 por ciento de la población trabajadora pertenecía a dicho sindicato a la vez que muchos de sus afiliados lo eran también de las otras dos ramas del denominado Movimiento Libertario, la Federación Anarquista, fundada en 1927, en Valencia y a las Juventudes Libertarias.
En algunos ramos, como el de la Construcción, obreros portuarios y el Fabril y Textil, la CNT contaba con el 80 por ciento de los trabajadores.
Con bastante anterioridad al 18 de julio, se habían creado en el seno de los mismos cuarteles, Comités Antimilitaristas clandestinos, cuya misión específica constituía el espionaje de los mandos, clasificación política de la oficialidad, observación de toda clase de reuniones y movimientos de armamento.
Las informaciones eran transmitidas desde los acuartelamientos de las distintas Armas, hasta el perfecto conocimiento del Comité Nacional de la CNT.
Lo mismo, en Teléfonos y Telégrafos se disponía de personal que captaba todas aquellas comunicaciones que podían ser de interés para la Organización obrera anarcosindicalista.
La CNT había elegido desde el 17 de julio, tres puntos claves desde los cuales dirigir a las masas una vez se hubieran lanzado a la calle.
Los tres locales elegidos fueron los correspondientes al Sindicato de la Construcción, Transporte y Metalurgia, en la Rambla de Santa Mónica barcelonesa, parte de dicho paseo más cercano al puerto.
Al día siguiente 18, todavía por la mañana, sonaron las sirenas de las fábricas en los barrios de la ciudad y las chimeneas extendieron en el azul sus banderas de humo.
Esta vez no eran los oscuros penachos, símbolos del trabajo sino de negros crespones de luto por los días y años de lucha que se avecinaban y nadie sospechaba.
Flotaba en la atmósfera un aliento de tragedia que ya era del todo inevitable.
Al mediodía, cumpliéndose las normas de la semana inglesa de trabajo, sonaron las sirenas y los silbatos interrumpiendo el trabajo hasta el lunes de la semana siguiente.
Las fábricas y talleres en toda la ciudad cerraron sus puertas.
Por la tarde, en los centros políticos de todas las tendencias y bares del Clot, San Andrés, Sants, y en los mismos cafés del centro de la ciudad, las conversaciones eran vivas, las palabras sonaban con frecuencia airadas o bajas y solapadamente.
Los hombres miraban con cautela o lanzaban miradas llameantes.
A las nueve de la noche de aquel sábado, 18 de julio, el Presidente Companys, accedió a una entrevista con el Comité de Enlace de la CNT-FAI, cuyos representantes pidieron al Presidente que se facilitara armas a las masas obreras para defender a la República.
La demanda fue denegada. El Presidente se negó a ello, argumentando que no se disponía de otras armas que las que poseía la guardia de Asalto.
Unas horas más tarde, la negativa era comunicada en una reunión plenaria a la que se había convocado a todos los militantes.
La postura de la Generalidad, así como la de la CNT y la UGT y de todos los partidos del llamado Frente Popular no era otra que la de la expectación, la espera y la incertidumbre respecto a la actividad que tomaría en el momento decisivo la Guardia Civil cuya postura podía resultar decisiva para el triunfo de la insurrección si se sumaba al alzamiento militar.
En el café Pay-Pay, de la Brecha de San Pedro, Francisco Ascaso Budria, con García Oliver, trataban de calmar a los militantes que reclamaban armas.
Lo mismo estaba ocurriendo en el Comité Regional, donde la masa obrera se mostraba exasperada e incontenible, con griterío ensordecedor.
Durruti, sentado en una silla, soportaba las molestias postoperatorias de la doble hernia que le había sido intervenida unas semanas antes, mientras prestaba atención a las informaciones de los mineros de Fígols que de exprofeso se habían trasladado a Barcelona para recibir instrucciones.
El griterío a su alrededor, dentro de la sala era terrible.
En esto, Durruti se puso en pie y con un gesto del brazo impuso silencio a todos, decidiendo la cuestión con voz recia y ademán concluyente.
Enmudecieron todos cuando gritó determinando la situación tajantemente: «¡Compañeros: no hay armas!
¡Habrá que quitárselas con las uñas y los dientes a los que las tengan!
¡No existe, de momento, otra manera de hacerse con ellas!
¡Esta vez, la lucha será a muerte...! ¡Ellos o nosotros! »
Dio la medianoche, dándose tránsito al 19 de julio del año 1936.
Hacia las dos de la mañana, de nuevo la CNT mandó a dos de sus miembros, Buenaventura Durruti y García Oliver a la Jefatura de Policía de la Vía Layetana para exigir del señor Escofet que desarmara a la mitad de la guardia de Asalto y entregase su armamento a los obreros.
Escofet, jefe de la policía, se negó totalmente a tal pretensión.
Las horas iban transcurriendo; el nerviosismo al mismo tiempo aumentaba.
La preocupación más acuciante para los dirigentes de los partidos y de las sindicales consistía en la obtención de armas, agravada, además, por el desconocimiento de cuál sería la actitud que tomaría la Guardia Civil.
Eran las fuerzas de este Cuerpo, poseedoras de una gran combatividad y dureza en las luchas callejeras en las que estaban muy experimentadas, condiciones sobradamente conocidas y valoradas por los dirigentes obreros.