V #2
»No existe motivo verdadero que justifique el erróneo orgullo del más inteligente, ni tampoco justificación de desventura, ni menosprecio del más torpe, pues nadie puede envanecerse de su hermosura, ni tampoco ser responsable de fealdad por ser, lo que damos en llamar belleza, obra de la Naturaleza y, el defecto, también azar de la misma. Lo mismo la inteligencia.
De tal manera me confiaba, a veces, su manera de sentir y pensar y, cuando así lo hacía, jamás se mostraba seguro de ser poseedor de la verdad, sino que repetíame que la que consideraba como su verdad era aquella que, según su manera de ser y los alcances de sus luces naturales, consideraba afín a su manera de interpretar la vida.
Las pupilas, pequeñas y fulgurantes, le otorgaban una juventud interior que no se había malogrado como la del cuerpo y que constituía su personal identidad.
—Juan —decíame, calmo y sereno—, al hombre le causa vergüenza la pobreza y la teme y huye de ella, si le es posible, porque es sinónimo de necesidad y desamparo en un mundo que sólo respeta el dinero y, en consecuencia al que más posee.
»Bueno será advertirte —prosiguió—, que el ser pobre debe ser credencial de honestidad y no motivo de sonrojo sino, por el contrario, el fundado orgullo pues el tener obliga a muchas prevenciones y, la primera, es el despertar la desconfianza hacia los demás hombres, próximos y lejanos.
»Este miedo de perder lo que por temor a las adversidades de la existencia, se retiene, fue origen y desarrollo de tantas tiranías, Santas Hermandades, calabozos, prisiones y mazmorras, en las que se molieron y quebrantaron los huesos a tantos desheredados que, sueltos y sobrados de resentimientos y desviados por éstos, se lanzaron a robar a los que poseían, engañados a su vez en la creencia de que el poseer es fuente de bienandanzas.
Pero, tanto es el ciego tesón y dureza de los que andan más que sobrados que, por guardarlo a buen recaudo todo, dieron mucho trabajo a herreros, carpinteros, los cuales construyeron horcas y patíbulos, máquinas supliciadoras, donde el torcido ingenio de otros, no menos ambiciosos de dinero, demostró que la perversidad es pródiga en malvados propósitos y mezquina en buenas acciones.
Todo porque, a muchos, el no tener y ambicionar, da crecimiento a los dedos, despierta el rencor de los necios y las intenciones de robo, primo hermano del crimen.
No quieras ser rico jamás, Juan. Te verás solicitado sin que sea por el posible atractivo de tus dotes morales, sino por el señuelo de tu dinero y, son tan hábiles los humanos en la hipócrita simulación, que conseguirán persuadirte, primero con mucho agrado de tu parte, y luego convencerte, de que eres mejor y distinto a los demás hombres y que, por tu diferenciación, eres un hijo privilegiado de la Naturaleza.
Por tanto, evita ser una máscara de ti mismo porque los pinceles son los del halago y de la soberbia.
Sé honesto, que es lo que importa; pobre, no mísero, pero consciente de tu sobriedad que lo es al mismo tiempo de tu relativa libertad humana.
Tampoco la sencillez de tu existencia y la aceptación de ser como eres, por propia estimación y dignidad, te librará del sufrimiento que suele causar la necedad de nuestros semejantes en su falsa valoración de la existencia pero, estima por encima de todo, tu propia honrada opinión, siempre acorde con los dictados de la bondad de corazón y de tu inteligencia y serás lo más parecido a un aprendiz de hombre.
»Ya sé que en el tiempo presente, la pobreza, como siempre fue, es un abrigo o una capa llena de agujeros; más si comes parcamente, según tu necesidad, no padecerás las enfermedades derivadas de la gula; te librarás de los desvelos que causa el engañoso dinero, pues ¿para qué se quiere éste, si no es para gozarlo consigo mismo y tal disfrute se cifra en el contentamiento de los sentidos del cuerpo que, con tanto mimo se acobarda y al mismo tiempo se echa a perder y, en consecuencia, obliga a cuidados que son tanto más costosos en gastos porque los médicos auxilian, sin apenas beneficio, a quien nada pueden cobrar, pero se compensan con creces en aquellos otros que andan muy sobrados y, en justa balanza de equidad, empobrecen al que mucho tiene, le someten a dieta, como si fuera el más desvalido e infortunado de los menesterosos y, algunas veces, con el rigor de las abstinencias, se curan y fortalecen por haber sometido su cuerpo a las mismas privaciones o frugal alimentación de aquellos que carecen de dinero.
»¿Te das cuenta, Juan? Tu mayor riqueza será tu tiempo de existencia que, aún siendo prolongada es siempre pasajera y breve.
Debes tener cuidado: querrán comprarte el tiempo de tu vida, que es el único tesoro que todo humano posee, a cambio de lo más posible o en relación al precio a que te valoren.
No dejes que sobornen tu vida con el cuidado de negocios que te son ajenos.
El negocio más importante, para todo hombre, es su propia vida y su único talento verdadero aquel que invierte en saber desenvolverla de acuerdo para ser hombre más acabado.
No te deseo, Juan, que mueras a la edad de ochenta años, siendo todavía un niño: aprende, antes de morir, a ser aprendiz de hombre.
Tal era José Ardenas, mecánico ajustador, en el tiempo que le conocí en vida. Años después, terminada la guerra de España, supe también cómo había fallecido.