Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero V
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LOS DÍAS ERA N , a medida que el tiempo iba transcurriendo, más difíciles y agitados. Se advertía en el curso de la vida cotidiana un nerviosismo latente, un pulso febril y desigual por excitado.

Inmediatamente, con gran rapidez en su acción, un tercer hombre cruzó la calzada y arrojó una botella taponada con un trapo encendido, al interior del transporte por una de sus ventanas.

Oyóse el estallido del frasco de vidrio y al mismo tiempo la vaharada de la gasolina en llamas al ser escupida de su continente. En un momento, las llamas prendieron en el vehículo público convirtiéndolo en pasto del fuego.

Cuando los transeúntes se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo, el transporte urbano estaba abrasado por lenguas de fuego.

El público rodeaba a distancia prudencial el siniestro mirando el espectáculo de aquella hoguera.

Alguien corrió a dar aviso a los bomberos.

Al poco, pero cuando ya el fuego brotaba ventanas arriba lamiendo el techo del tranvía y rodeaba el trole, se oyó procedente del extremo de la calle, acercándose más y más, los toques incesantes de la campana del coche de los bomberos.

Apareció raudo y espectacular el gran coche rojo.

La expectación cundió entre los curiosos, todos arrimados al otro lado de la calzada, fuera del alcance de la combustión. El voluminoso coche rojo freno, cargada sobre su espalda la larga escalera plegada.

Los bomberos, protegidas las cabezas con sus cascos negros, adornados con una pieza de refuerzo superior que parecía un plátano de oro, saltaron con presteza del vehículo y corrieron a enchufar las mangas en las bocas de riego. Dieron paso al agua.

A presión y a chorro vivo, se proyectó el líquido disparado sobre el tranvía en llamas, abofeteando vigorosamente las lenguas de fuego que lo envolvían como banderas rojas agitadas e insaciables en su furia.

El tranvía parecía un ser vivo debatiéndose entre las llamas que lo devoraban implacablemente.

Crujía la madera, quejándose; habían saltado en añicos los cristales de sus amplias ventanas y sus fragmentos estaban desparramados alrededor, en la calzada y entre las vías y las ruedas.

El trole del vehículo, salido del cable de energía, parecía la pata de unas gafas enormes.

El número que indicaba la línea y el trayecto a los usuarios, pintado en negro y blanco, había saltado de donde estuvo encajonado y aparecía abierto como un ojo dramático.

Las mangas de riego trazaban furiosos abanicos de agua, dibujaban y desdibujaban arabescos cambiantes en sus giros. Por el suelo de la calle corría abundante el agua derramada, sucia de fragmentos de pequeños trozos de madera carbonizada.

De súbito, al mover la manga, uno de los bomberos fue alcanzado en pleno rostro por el potente chorro.

Al golpe trastabilló llevándose las dos manos a la cara dolorida, tambaleándose como ebrio.

Los otros compañeros corrieron a prestarle ayuda y le sostuvieron en pie.

Tan intenso era el dolor que el chorro de agua le había causado.

Lo alejaron del lugar del siniestro y le asistieron.

Por fin, el siniestro fue sofocado. Cortaron el agua, desenchufaron las mangas, las recogieron arrollándolas y, subiéronse al coche rojo, a cada lado de la escalera, en los bancos de asiento dispuestos para ellos.

Uno de sentado junto al conductor, al punto en que el auto emprendía de nuevo la marcha, prestado el servicio, comenzó a agitar la campana dorada que sonaba en el aire con su voz sonora de alarma inquietando a todos cuantos en el barrio la oyeron.

El tranvía quedó quemado, mojados de agua sus restos requemados y trozos de madera carbonizados. En silencio y con curiosidad, la gente se había acercado más y observaba todos los detalles del siniestro.

Poco después llegó otro tranvía y se llevó a remolque a las cocheras al que había sido destruido.

La gente fue abandonando el lugar del suceso. En todos los rostros, sin embargo, había un reflejo de las llamas que profetizaban otras no lejanas, más poderosas y trágicas que convertirían a toda la nación en un mismo incendio.

Toda la personalidad de José Ardenas, de oficio mecánico ajustador y anarquista de ideas, se centraba en el fulgor de sus ojos, redondos como botones y, con una movilidad atenta e inteligente que percibía los pensamientos de con quien hablaba.

Cuando Ardenas sonreía, sus dientes blancos le rejuvenecían.

Era muy aficionado a la lectura. Al explicar alguna cosa, se acompañaba del movimiento de las manos en las que los dedos, largos, espatulados y robustos, nacían de las palmas de las manos anchas y planas, acostumbradas desde niño al contacto con los metales y después a manejar una lima de grano grueso.

Tenía mucha fuerza en ellas y, a cada paso de lima por una pieza de hierro, la herramienta manejada se comía el metal como si se tratara de madera y las partículas se desprendían como abundante serrín.

En tantos años de darle a la lima, en la frente de José Ardenas se habían cincelado voluntariosos surcos y un ceño vertical tan obstinado como era su empeño de dominar el acero a la exigencia de la medida exacta del tornillo micrométrico.

Ardenas era inteligente sin demostrarlo, sencillo, grave, y su mayor placer la lectura de libros que alumbraran su existencia y educasen su sensibilidad e inteligencia.

Conocí a Ardenas un mediodía. Le hallé sentado en tierra, apoyado de espaldas al muro del taller recibiendo el calor del sol.

Había terminado de comer, pues todavía estaba a su lado la fiambrera vacía junto a la cartera de mano en la que acostumbraba llevarla.

Pero, en aquellos momentos, Ardenas sentado en el suelo y apoyado en la pared al calor del sol, estaba leyendo un libro.

Puede que jamás hubiese llegado a tratarle a no ser que, en aquel instante preciso, ensimismado como estaba en la lectura, prorrumpió en una alegre carcajada.

Me detuve, mirándole sorprendido. Al quitar la vista de las páginas del libro se encontró que le estaba mirando curiosamente.

Entonces, dejó de reírse, mostró el libro causa de su risa y me preguntó, amistoso:

—Dime, muchacho, ¿imaginas acaso que estoy loco porque leyendo este libro he soltado la risa?

Nada repuse. Seguía mirándole con atención. Prosiguió, reflexivamente:

—Hay libros que alegran el espíritu y, con sus ingeniosidades, lo enaltecen y otros que causan tanta pena que nos hacen llorar.

Yo seguí sin decir nada. Me mostró de nuevo el que retenía en la mano, indicándome:

—Este, a veces hace reír y, otras conmueve y obliga a pensar. Se llama El lazarillo de Tormes . ¿Lo has leído?

Le dije que no, con la cabeza. Entonces, Ardenas, me invitó:

—Acércate. Siéntate a mi lado y escucha lo que voy a leerte. Verás cuán divertido y hermoso es.

Me aproximé hasta encontrarme ante él. Insistió, amistoso:

—Siéntate.

Lo hice frente a él. Me miró atentamente y luego comenzó a leer a media voz y sin prisas.

Era, la suya, una voz grave y suave al mismo tiempo.

Sabía dar el sentido requerido a cada frase y puntuaba con breves espacios de silencio, según era menester.

Comenzó a leerme el pasaje aquél en que el lazarillo y el ciego cómense, mano a mano, el racimo de uvas.

Mientras iba leyendo, Ardenas procuraba que la sonrisa no entorpeciera sus palabras impidiendo al oyente darse cuenta cabal de la escena descrita. Al terminar me miró. Vio que, a mi vez, sonreía, todavía cautivado por la narración inolvidable. Ardenas, me preguntó:

—¿Te ha gustado?... Bien, bien. Ahora, muchacho, prosigue tu camino. Pero..., si mañana te parece, puedes volver. Te leeré otras páginas de este libro maravilloso.

Me puse en pie, despidiéndome y aceptando:

—Hasta mañana.

Cuando ya había dado unos pasos, me llamó para saber:

—¿Cómo te llamas?

—Juan.

—Yo, José Ardenas— y convino—. Hasta mañana.

Así fue como conocí a José Ardenas, mecánico ajustador de oficio y de ideas ácratas como en su trato posterior tuve ocasión de ir comprendiendo. Una vez, al cabo de mucho tiempo que nos conocíamos, me refirió:

—Jamás me ha gustado mandar sobre los demás, Juan.

»Siempre he sido así. Sin embargo, no falta quien lo que más ambiciona y le satisface en la vida es tener mando.

No lo quiero para mí y te aconsejo que, en esto, sigas mi consejo.

Mandar es tener poder pero, el poder corrompe al que lo desempeña si no es hombre cabal y sereno.

Hay malas gentes que siempre rodean al que aceptó el poder y le engañan y halagan para perderle.

No quieras aceptar, por agrado del mismo, la difícil responsabilidad de decidir sobre el destino de los demás sin su consentimiento voluntario.

Aconseja más no obligues a modificar el comportamiento a nadie.

Te burlarán en cuanto puedan. Cada hombre tiene su maduración.

A nadie se puede obligar a nada. Podrías, de obstinarte, dominar, doblegar y hasta destruir el aspecto físico de las cosas y los seres pero jamás al alma contra su voluntad.

Hizo una pausa, me miró pensativo y prosiguió como si pensara en voz alta:

»Por mi parte, sé que soy un obrero y no me he avergonzado jamás de serlo.

Me daría vergüenza ser un mal operario. Soy, como te digo, un obrero, por lo mismo, si me salgo de lo que soy y no he de dejar de ser, pierdo mi auténtico centro de gravedad.

Soy un trabajador como otros tantos cientos de miles, ¿lo entiendes?

Y te digo que la grandeza del trabajo que cualquiera lleve a cabo se vuelve miserable y desvanece, si no siente amor a lo que realiza en la vida o, envidia, por creer más lucrativo, aquello que otro lleva a cabo.

El precio, en dinero, que se paga por el trabajo es solamente un signo corruptor del auténtico valor y del sentido de toda obra comunitaria.