Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero IV #3
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IV #3

En cierta ocasión le pregunté a qué se dedicaba su padre.

Con gran sorpresa de mi parte me respondió, con naturalidad, que su padre era director de un periódico.

Pensé, inmediatamente, que debía tratarse de una persona muy culta y así se lo dije a Liberto Sarrau, pero, éste, me aclaró, mientras colocaba una nueva madeja en la máquina: «Mi padre es un obrero como otro cualquiera.

Figura como director del periódico para cuando hay alguna sanción gubernativa para quien dirige el periódico.

En tal caso, mi padre va a la cárcel, en lugar del verdadero responsable que sigue en libertad dirigiendo el periódico.

Mi padre no vacila en dar la cara por la organización.

Cuando sale en libertad, entonces, vuelve a su puesto de trabajo».

No supe qué responderle y reflexioné sobre lo que me había contado y en el temple de carácter y generosidad del padre de Sarrau a quien no conocía.

Otro día, le pregunté a Sarrau a qué pensaba dedicarse o a qué aspiraba ser cuando llegase a hombre hecho y derecho.

Me miró como sorprendido de la pregunta.

También, en esta ocasión, detuvo la máquina y me contestó con aplomo y sin jactancia pero, con manifiesta conciencia de lo que afirmaba: «Sólo quiero ser un obrero».

Tampoco aquella vez atiné a contestarle.

Reconocí, en mi fuero interno, que la respuesta no podía ser más sencilla ni aleccionadora.

Liberto Sarrau era un muchacho delgado, de rostro cetrino, de cuerpo enjuto, delgado y cara angulosa, con los ojos muy negros, brillantes y de gran fijeza.

Su pelo era prieto y rizado, echado hacia atrás.

En muchas ocasiones sonreía irónicamente por las comisuras de los labios delgados, un poco burlonamente.

Cuando, debido a su edad y, por tanto, a que se le debía sindicar y aumentar la semanada tres pesetas, puesto que ya había cumplido los diecisiete años, se despidió a Sánchez, mi compañero Sarrau me sorprendió de nuevo, cuando decidió por cuenta de todos los aprendices: «Esto se acabó.

Si no readmiten a Sánchez, los demás nos declararemos en huelga».

Así quedó determinado por general unanimidad de todos los chiquillos aprendices. Como el señor Mercader no tuvo para nada en cuenta la amenaza de la chiquillería, Sánchez fue despedido.

Tampoco Sarrau se echó atrás y mandó que la huelga se llevase a cabo desde el mismo día en prueba de solidaridad con el compañero aprendiz que había sido despedido.

Al día siguiente, cuando las sirenas se acallaron dando el último toque de las ocho de la mañana, comenzando la jornada de trabajo, ninguno de los aprendices agrupados en las cercanías de la puerta de la fábrica, entró a ésta.

Aguardamos en el exterior, formando un piquete abigarrado de chiquillos, vigilando que ninguno rompiera la determinación de la mayoría.

Pero ni uno solo entró a trabajar. No sólo fue por la mentalización del acto sino, porque, además, a todos los aprendices les parecía de maravilla un pretexto como aquel que les daba ocasión de estar al aire libremente sin verse, como todos los días, obligados a meterse dentro del encierro hostil de la fábrica.

El Chinito era de los que se mostraba más alegre.

Nos causó gran divertimiento, cuando vimos salir a dos de los operarios calzando zuecos, en busca de agua a la fuente, llevando los enormes botijos de madera en cada mano, trabajo que corría solamente a cargo de los chiquillos ya que los hombres consideraban tal menester como impropio de su edad y categoría profesional.

Tres o cuatro muchachos, favorecidos por la distancia, reíanse a grandes carcajadas mientras los hombres con gesto malhumorado llenaban los cántaros en la fuente, considerándose humillados en la realización de aquel sencillo menester tan natural.

Sarrau escribió una nota a Solidaridad Obrera notificando a los lectores que los aprendices de la fábrica Mercader, del Clot, holgaban como protesta por el despido improcedente e injusto de un aprendiz, explicando sucintamente las causas.

A la mañana siguiente nos mostró, con gran regocijo de todos, la noticia aparecida en la Soli .

Los aprendices de huelguistas se sintieron prestigiados y fortalecidos.

La huelga duró cinco días. Sánchez no fue readmitido y después de despedirse de todos muy agradecido por nuestro comportamiento, desapareció para siempre de nuestras vidas, yendo en busca de trabajo en donde lo hubiera para él.

Volvimos a entrar en la fábrica y ocupamos de nuevo nuestro puesto.

Todo, naturalmente, siguió lo mismo que antes.

Entonces, Sarrau, escribió una novelita relatando la aventura de la huelga de los aprendices.

Se titulaba Rebeldía vivida . Cuando la tuvo terminada se la llevó a Federico Urales, el padre de Federico Montseny que vivía en el Clot, en la calle Escornalbou.

La leyó la esposa de Urales, Soledad Gustavo y fue ésta quien hizo que su esposo la publicase en la colección popular La Novela Ideal , publicación semanal que alcanzaba tiradas de 50. 000 ejemplares.

Tan pronto Liberto Sarrau, tuvo en sus manos uno de los ejemplares de su novelita publicada, me lo mostró con natural alegría.

La huelga, pues, no había sido totalmente ineficaz. Había servido para demostrarle a un muchacho la importancia de la solidaridad entre las personas y para que, aquel otro muchacho que la había decidido, se revelara, indudablemente en su primer aprendizaje, como escritor en ciernes.