Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero IV #2
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IV #2

Cuando terminaba de recoger su mercancía en el interior de su, para mí, maravillosa caja roja, le ofrecía ayuda para llevarla.

Entonces, los dos, empujábamos de pareja el carromato calle abajo.

Doblábamos la esquina del colegio de las monjas Paúlas y arremetíamos vigorosamente por la empinada cuesta sin pavimentar, hasta alcanzar la horizontal empedrada, de la calle Nuria, estrecha y flanqueada de casitas de planta baja en ambas orillas, que conducía hasta el pasaje o callejón de entrada a la fábrica Rius y, sin meterse en esta calleja corta, proseguía hasta desembocar en la calle Mallorca donde se encontraba el bar Montserrat.

La cuesta era muy subida y, sólo por el recorrido y empuje de este tramo de su carrera, el vendedor de cacahuetes, agradecía mi ayuda. Una vez en el adoquinado, las ruedas de hierro del carromato saltaban en la dureza de la superficie irregular del pavimento de adoquines.

Al llegar frente a su casa nos deteníamos.

Él abría la puerta vidriada de la casita en que vivía.

Sacaba a la calle un par de cuñas de madera que colocaba en el arroyo, arrimadas al bordillo y, seguidamente, iba a por dos más que situaba en la acera estrecha hasta el remate del escalón de la entrada al piso de la tiendecita a más altura que el encintado y consiguiendo así, por mediación de las dos parejas de cuñas, un plano inclinado por el que subir el carromato.

El gordo vendedor de cacahuetes me dirigía una mirada de atención.

De pronto, de mutuo acuerdo, daba una voz y, ambos, con simultáneo impulso, igual brío y acometida, empujábamos el vetusto y pesado carricoche, procurando que, tanto las ruedas delanteras como las posteriores, acertaran a pasar por el camino de madera de las cuñas hasta que, sin rendir el esfuerzo, alcanzábamos subir la carga rodante y encajonada, en la entrada de la vivienda.

El carrito, ruidosamente, rodaba por las baldosas coloradas del piso de la pequeña y vacía tienda. Lo deteníamos respirando jadeantes y, al mismo tiempo, satisfechos.

Entonces, el vendedor de cacahuetes me daba a elegir entre su variada y sabrosa mercancía de la que yo prefería el refrescante sabor de los altramuces.

Adelantaba las dos manos formando cuenco y él, con gesto magnificente y pródigo, me regalaba, llenándome las manos de altramuces, en tanto yo sonreía dichoso.

Nos despedíamos hasta el domingo próximo como dos buenos amigos.

Llegué a tratar tanto con él, de día festivo al siguiente, que se consolidó entre ambos una sólida camaradería, guardando siempre, por su parte, el respeto y consideración a mi joven edad, y yo, a la suya, tan avanzada.

A veces, me hablaba de sus cosas. Así fue como me enteré que la mujer, vestida de negro y pañuelo en la cabeza del mismo color, que se sentaba detrás de la puerta de cristales, protegida de toda innoble curiosidad por el visillo del vidrio, era su esposa y, desde hacía algunos años, invidente.

Se había quedado ciega y, mi amigo, el vendedor de cacahuetes, me confesó que no quedaba esperanza alguna de que recobrara la vista.

Movía dolido y resignado la cabeza y luego, como para consolarse y en un tono de voz que era un elogio a su compañera invidente, se sentía muy orgulloso de que en tal lamentable estado, su esposa realizara lo mismo las faenas de la casa: lavaba, cocinaba, trasladaba los utensilios de un lado a otro sin errores y, además, por el oído afinado en su triste adaptación, comprendía muchas cosas de las que estaba llevando a cabo su marido y le hablaba con la misma naturalidad que cuando no había todavía perdido el precioso sentido de la vista.

Y, él, con la voz queda, me confiaba que, como más tiempo transcurría, más todavía la amaba y se sentía identificado con ella.

Yo no sabía qué responderle. Sólo le miraba y escuchábale conmovido.

Sentía un gran afecto por mi amigo, el vendedor de cacahuetes que me hablaba, posiblemente, como si yo no fuese un chiquillo y quizá también, con más descansada confianza que a otros de mayor edad, lo mismo que si me considerase su mejor amigo.

En adelante, cuando en alguna ocasión, por indicación suya, tuve que ir a su casa para llevarle a cabo algún encargo del que él no podía cuidar y vi a su esposa sentada en una silla de enea, cerca de la puerta de cristales, le daba los buenos días con la voz intimidada.

Al mirar su rostro sereno y resignado, sus cejas arqueadas con placidez, bajo la frente rodeada por el nimbo del pañuelo negro, parecía que me sonreía suavemente...

En la misma fábrica trabé amistad con otro muchacho de mis años. Se llamaba Liberto Sarrau.

En ocasiones nos colocaban de pareja en la máquina de golpear las madejas aprestadas, en la sala de cepillarlas. La sección estaba totalmente servida por muchachos de mi edad.

El encargado, un hombre alto y delgado, flaco, de grandes bigotes y pelo cortado en cepillo y entrecano, iba de un lado a otro, a su vez trabajando y sin descuidar la marcha de la producción.

Apenas hablaba, a menos que fuese para dar órdenes. Sus ojos pequeños y grises no se quitaban de los que estaban trabajando.

Cuando reprendía, a grandes voces, su rostro simulaba una severidad que no correspondía a su verdadero carácter, tal como la mirada a veces comprensiva desmentía la irritación de sus gritos.

La nave de trabajo era penumbrosa. En el aire flotaba una neblina de polvillo de fibras de algodón y almidón pulverizados que había sido desprendido por los cepillos fregando incesantemente las madejas.

El recinto contaba con dos pequeñas ventanas situadas a bastante altura en el muro.

La escasa claridad del exterior era filtrada por los vidrios sucios cuya superficie estaba cubierta de una pasta sólida y negra como también alrededor del marco de la ventana, formada por una capa de polvillo de algodón renegrido por el paso del tiempo.

En los días de lluvia, la oscuridad era tanta dentro de la nave que era preciso encender las bombillas de luz amarillenta que, sin pantalla, colgaban desnudas de los hilos eléctricos negros de suciedad.

Todo colaboraba, en aquel conjunto ambiental, en sordidez, atmósfera desagradable, inhóspita y hostil.

Liberto Sarrau era del mismo barrio obrero del Clot y había sido educado en la escuela moderna dirigida por el maestro Juan Puig Elías seguidor de Ferrer y Guardia.

Puig Elías era un hombre todavía joven, de elevada estatura, porte distinguido y suaves modales y maneras.

Siempre correctísimamente vestido —preferentemente de gris— era de agradable trato, pausado en sus andares, el pelo rizado, abundante y espeso, muy negro como la sedosa barba, brillante y bien cuidada.

Estaba unido a su esposa llamada Roca y tenían una hija de pelo color de miel, dividido en dos largas trenzas caídas a su espalda que se llamaba Libertad.

Con ellos, ahijada, convivía una jovencita que se llamaba Llidia y un hijo varón de nombre Germinal.

A diario, a la salida de la escuela de La Farigola, situada en el piso superior del local del Sindicato, el maestro Puig Elías, acompañado de sus hijos pasaba por la calle Montaña, camino de su casa, en el Guinardó.

Mientras trabajábamos y cuando el encargado no lo advertía, hablaba vivamente con Sarrau el cual me iba revelando muchas cosas relacionadas con el mundo obrero, las cuales yo desconocía.