Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero IV
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CUANDO EL CHINITO , por la mañana, llegaba a la fábrica desde el Pueblo Nuevo, tenía los ojos hinchados de sueño y en su boca de niño se dibujaba un pliegue inapropiado a su edad pero ya vuelto habitual esculpido por la existencia cotidiana dibujando precozmente en su rostro algo al mismo tiempo de hombre y de niño malogrado.

Era precisamente El Chinito quien, por las tardes, advertía con su voz de agudo timbre, la llegada del sobrino del dueño.

El Chinito trabajaba esclareciendo madejas justo cerca de la puerta vidriera que daba al corredor del patio de la fábrica, a uno de cuyos lados estaba el pozo con el motor de la bomba.

El Chinito sin dejar de trabajar, no debía quitar los ojos del vidrio superior de la puerta que estaba medio abierta, de tal forma y de exprofeso que el vidrio servía de espejo a la luz exterior y se reflejaba inmediatamente en él, en cuanto aparecía, la figura del sobrino del dueño procedente del cuarto del laboratorio.

Se había vestido la bata azul con cinturón de hebilla metálica y daba comienzo a su tarea de la tarde, avanzando con paso decidido y rápido hacia la sección de estampados, esperando siempre, en vano, sorprender a los obreros trabajando calmosamente y sin el ritmo que él consideraba adecuado.

Pero jamás lo conseguía. El Chinito, al verle acercarse reflejado en el vidrio, daba inmediatamente el grito de alarma, chillando agudamente a todos, operarios y aprendices: «¡Aguaaaa... !»

Inmediatamente se hacía un silencio total en la sala de estampados.

Solamente se oía el crujir duro de las ruedas dentadas accionadas por el movimiento de las manivelas empuñadas por los pintadores.

Golpeaban los bolos de madera en las madejas prensadas que se esclarecían; los operarios trabajaban moviéndose con presteza.

El trabajo de por sí, siempre llevado a un ritmo apresurado, se transformaba en aquellos breves minutos, nervioso y tenso, casi crispado a la sola presencia del sobrino del patrón que, irrumpiendo en la sala, se había plantado en ella y ni siquiera había saludado deseando a todos buenas tardes.

Miraba con altivez toda la sala, a lo largo y ancho de ella. Allí estaba, alto, joven, apuesto, aseado: el pelo rubio dorado y los colores de la digestión enardeciéndole las mejillas, coloreándoselas.

Parecía el hijo de un lord. Un hálito fresco de colonia se expandía de su pelo ha poco peinado después de la sobremesa, antes de salir para la fábrica.

Los hombres y los niños seguían trabajando.

Las cañas se iban llenando de madejas estampadas con franjas de vivos colores.

De súbito, el sobrino del Amo, sin decir una sola palabra, volvía a todos la espalda y salía de la sección por la puerta que daba a las barcas del tinte.

Después pasaba a las del blanqueo y apresto y la sala de cepillar donde antiguas máquinas, con sus cepillos cilíndricos recordaban a cigüeñas picudas de largas patas de hierro atornilladas en el suelo encementado.

El señor Peret llevaba a cabo su diario recorrido mañana y tarde inspeccionando la marcha del trabajo, dando así a entender a todos, con su presencia, que en la fábrica había alguien que era el dueño, la mano que dirigía, el cerebro que pensaba y los ojos que vigilaban la buena marcha de la industria.

Después de su recorrido, se encerraba en el laboratorio o iba y venía del despacho que dirigía su cuñado el señor Pablo.

Llegaba el fin de la jornada de trabajo.

Una vez más, Goñi, tiraba del cordón del silbato y éste, por su tubo vertical sobresaliendo de la techumbre de uralita, soltaba un chorro de vapor empenechado y agudizaba la prolongación de su sonido desgarrando el aire de la tarde, clamando a los cuatro vientos de las casas del barrio que la jornada de trabajo había terminado.

En el mismo instante, toda la atmósfera, en el barrio obrero del Clot, se llenaba de sones graves y profundos, de pitidos ululantes y del bronco alarido de las sirenas de las demás fábricas.

En la de la Damm, los obreros que, desde dos minutos antes del toque de salida se apelotonaban en la gran verja de hierro de la grandiosa puerta, cuando ésta se abría, salían en torrente a la calle los ochocientos obreros de su plantilla e inundaban la calle Dos de Mayo y adyacentes: se alejaban unos por la calle Fresser en dirección al Campo de l’Arpa, hacia Horta; otros descendían por la calle Montaña en dirección al final de la misma o antes, doblaban por la de Meridiana sobre la que corrían los rieles del tren, mientras a ambos lados del tendido del ferrocarril, la tierra estaba cubierta de huertos y campos.

Todas las calles y callejuelas del barrio de San Martín (Clot), lo mismo que las del Pueblo Nuevo, hasta las playas del Campo de la Bota hormigueaban de su vecindario obrero de regreso a sus hogares.

También las mujeres que trabajaban en las fábricas desfilaban apresuradas y, al tiempo que regresaban a sus casas, efectuaban, muchas de ellas, la compra para la cena.

Disponían la cena comprando bacalao que, una vez frito, combinaban con legumbres que adquirían en las tiendas donde las vendían cocidas.

A su llegada, rápidamente tenían dispuesta la cena para su familia.

Algunas pedían en los mismos establecimientos caldo de legumbres y con él preparaban una sopa como primer plato.

Después de la cena, en verano, se asomaban al balcón y, en el silencio de la noche, descansaban y se reencontraban a sí mismos, entrando en armonía con el orden del universo del silencio nocturno.

Hablaban en voz queda, como si las palabras fuesen un rumor resbaladizo en la noche callada.

Curioseaban a los vecinos de las tiendas que, a su vez, habían sacado unas sillas a la acera conversando, mientras los niños corrían y jugaban por el adoquinado de la calle tranquila, sin ajetreos ni peligros de vehículos.

La noche de las calles del barrio estaba alumbrada por las luces de los espaciados faroles de hierro con urna de cristal y casquete con perfiles de tricornio. Después se iban a la cama.

El silencio se extendía sobre el barrio obrero.

La noche iba transcurriendo hasta que, al alborear del nuevo día, las primeras sombras fugaces y silenciosas de los obreros que trabajaban lejos desfilaban presurosas por las grises aceras y, poco después, distante, bramaba como despertando perezosamente y gemebunda, la primera sirena de la mañana. De nuevo el día de trabajo comenzaba.

Sólo los domingos las sirenas estaban ausentes y enmudecidas.

Los domingos y días festivos, los obreros se iban al cine Meridiana, al Fomento, al Martinense.

Otros a la cooperativa La Hormiga o al Ateneo Colón, donde los cuadros escénicos representaban Els Vells (Los viejos) y Els fills del poble (Los hijos del pueblo), de Ignacio Iglesias.

Los pequeños comerciantes sentían malquerencia y celos comerciales hacia las cooperativas obreras que fueron las precursoras de los supermercados actuales, porque, en aquellas, como en esos, se vendía de todo, con la ventaja de las primeras de ser sus asociados los dueños.

También lo eran los dependientes que servían a la clientela cooperativista, los cuales, después del trabajo diario, acudían a la cooperativa que se abría cuando las fábricas cerraban.

Los dependientes eran designados mensualmente para cumplir con su servicio y no percibían salario por sus funciones.

La cooperativa conseguía, con sus métodos, adquirir los productos a precio de mayoristas y venderlos a sus asociados, anulando el beneficio o margen del intermediario que era el tendero.

En las cooperativas como La Flor de Mayo de la calle Montaña, así como también en la Paz y Justicia del Pueblo Nuevo, se formaban bibliotecas, se daban clases de ortografía y se enseñaba a leer y escribir a los obreros analfabetos.

Los sábados, domingos y días festivos, a un lado del cine Montaña, se colocaba un vendedor de cacahuetes y altramuces que montaba el tinglado de su pequeño negocio en una caja roja, sobre cuatro ruedas de hierro.

Era un hombre entrado en años, de baja estatura, vestido con chaqueta de pana negra y sujeto el pantalón a la cintura por una faja.

Su cara era redonda, su pelo canoso y se cubría la cabeza con una boina.

Los ojos, cuando hablaba conmigo, le sonreían confiadamente.

Por las noches, cuando daba por terminada la venta, recogía dentro de la caja pintada de rojo, los lebrillos de altramuces y chufas en remojo; el regaliz en rama, los botes de cristal conteniendo garbanzos tostados o almendras y caramelos.

El vendedor de cacahuetes, a veces, me contaba los sueños concebidos para incrementar la importancia de su negocio.

Transformaría la caja colorada en un barco, encargando a un carpintero que le añadiera en la parte delantera una proa y en la posterior, una popa.

Dispondría que, en el lugar más apropiado, se levantara una chimenea de la que escaparía humo; colocaría palos al barco y, entre cada mástil, hilos de los que colgarían ristras de bolsas de caramelos, regaliz y variadas chucherías para atracción de la infantil clientela.

A veces, modificaba parcialmente su proyecto decorativo y cambiaba en su imaginario navío, los mástiles en cocoteros de abanicadas palmas verdes. Por mi parte, me permitía algunas observaciones, puntualizando algún detalle que el vendedor de cacahuetes aceptaba como muy atinado, para complacerme.