Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero III #3
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III #3

Mi trabajo consistía, como el de los otros chiquillos de la misma sección de la sala de pintados, en colocar una madeja de algodón aprestado, en una clavija horizontal de recia y pulida madera cilíndrica atornillada a un poste vertical afirmado en el pavimento.

Cada máquina estaba colocada ante uno de los postes y en cada uno de éstos se hallaban a cada lado opuesto, frente a frente, dos clavijas servida cada una por un aprendiz.

Este disponía de una barra redonda de madera muy dura y pesada que introducía en la madeja abierta y suspendida de la clavija superior.

Con golpes rápidos y repetidos, iba separando las fibras de algodón hasta que la madeja quedaba totalmente extendida como una cortina de hilos y a disposición del pintador.

Este introducía en ella las horquillas metálicas.

Con gesto hábil y rápido, trasladaba la madeja a la máquina donde giraba entre los rodillos impregnados de color que la pintaban como si se tratara de una amplia cinta de papel blanco.

El tiempo de que disponía cada aprendiz, entre que colocaba la madeja prensada en la clavija y a golpes la despegaba hilo a hilo, era la mitad del que empleaba el operario para girar la manivela de la máquina pintando velozmente la madeja.

Por tanto, cuando sacaba ésta, con los colores ya estampados en ella y la introducía junto a las precedentes en la caña colocada horizontalmente al propósito, ya el otro aprendiz tenía esclarecida la suya.

Al girar el operario sobre sí mismo, con las horquillas dispuestas, la madeja esclarecida estaba preparada y servida por el aprendiz que la abría para que introdujera en ella las horquillas.

Toda la jornada transcurría con la repetición de las mismas operaciones. Durante los primeros días, al aprendiz bisoño, se le llenaban de ampollas las palmas de las manos tiernas, que, con los mismos golpes, reventaban escociéndole dolorosamente al quedar despellejadas.

Los aprendices experimentados, recomendaban a los recientes, que se orinasen en las vejigas reventadas con objeto de que los sarpullidos se requemaran con la fortaleza de las micciones y la piel se curtiera hasta endurecerse totalmente.

El Chinito, que vivía en las proximidades del Campo de la Bota en el distante Pueblo Nuevo, me lo recomendó con su risa traviesa y los ojos brillantes y saltones.

El Chinito ya había cumplido los catorce años pero era de muy baja estatura para su edad.

No aparentaba tener más de doce años por lo pequeño que era y, en contraste, por su cara parecía un niño, precozmente avejentado.

Iba siempre con ropas que le venían cortas o sobradas.

Jamás a su medida. Era rubio. Un mechón de pelo rebelde se le caía sobre la frente.

Parecía increíble que, de una criatura tan insignificante físicamente, brotaran de su boca infantil tacos tan retorcidos. Era endiabladamente burlón y pendenciero pero, con todo, en sus actos no había maldad alguna, sino distorsión de su edad juvenil.

El Chinito, una vez que el estampador me mandó a limpiar los lebrillos sucios de color, cuando estaba realizando la desagradable —por sucia— tarea, me llamó desde arriba de la escalera que conducía al cuarto del evaporador y, cuando, a su llamada, dejé de fregar el lebrillo que tenía en las manos y levanté la cara hacia arriba, dejó caer, con certera puntería, un goterón de saliva que fue a darme en un ojo.

Me enfurecí perdiendo los estribos ya que, además de que el trabajo de limpiar los lebrillos no me agradaba, El Chinito muy entusiasmado y divertido de su acierto, estalló en sonoras y repetidas carcajadas.

Subí a saltos por la escalera y le alcancé a tiempo por el cogote antes de que consiguiera escamotearse.

Le pegué en la cara. Él se revolvió con igual presteza.

No era manco. Rodamos por los peldaños de la escalera abajo.

Estaban los escalones llenos de pringue y las maderas resbaladizas por mojadas.

Endemoniados como estábamos los dos, enzarzados a manotazos, dimos en el suelo mojado y sucio de los colores vertidos de los lebrillos.

Así nos sorprendieron cuando unos obreros del tinte nos desengancharon.

Llegó entonces el encargado y nos dijo, zanjando la cuestión decisivamente: «A la próxima os mandaré a la oficina», que era lo mismo que despedirnos.

El Chinito y yo nos miramos con malos ojos pero ninguno de los dos replicó. No volvimos a pelearnos jamás. Por el contrario, aquella riña sirvió para que nos uniera a ambos un mutuo afecto y sólida simpatía, pues El Chinito no era malo, sino travieso.

Sus ideas le eran inspiradas por el desconocido impulso de evasión de lugar tan ingrato como era la fábrica en la que por necesidad se veía retenido.

Su corazón de chiquillo era como un pájaro que ansiaba volar libre y desenvolverse en mejores espacios, más amplios y con aires más limpios y puros que los de la fábrica que era, para él, sin que ni siquiera se le ocurriera pensarlo, como un lugar de internamiento inadecuado a su jovencísima vida torturada antes de florecer.