III #2
En el callejón de la fábrica del vidrio, durante los días de verano, era frecuente ver asomar por las amplias y abiertas ventanas, los largos tubos metálicos en cuyos extremos brillaban incandescentes las bolas de vidrio fundido como esferas ígneas.
Los mozalbetes, aprendices, soltaban palabrotas, obscenidades y reniegos cuando todavía ni siquiera habían aprendido los nombres de las calles, ni nadie se había preocupado, ni le importaba, que además del pan que ganaban con sus jóvenes manos inexpertas, dispusieran también del alimento educador de un buen libro.
Fue unos años más tarde cuando Arnal abandonó el horno del vidrio y entró a trabajar en el ramo fabril y textil.
Su interés en perfeccionarse profesionalmente para poder algún día librarse de su pasado de hambre y del incierto futuro, le condujo a matricularse en la escuela nocturna profesional de la calle Urgel que desde su fundación sirvió eficazmente para nutrir de eficaces operarios a todos los oficios, así como de técnicos, a la industria catalana.
A pesar de que Arnal tenía casi los mismos años que el sobrino del dueño de la fábrica, los pesares soportados desde niño, le habían avejentado el ánimo y el rostro, de tal manera que su carácter era tristón y su talante personal apocado por desesperanza de recibir nada de aquellos que siempre habían dispuesto de todo e ignoraban, por lo mismo, la aspereza de la vida de la pobre gente.
Cuando el señor Peret supo que Arnal estudiaba, por las noches, para ser maestro tintorero, sintió curiosidad por saber hasta dónde alcanzaban sus conocimientos y experiencia.
Durante unos días lo tuvo a su lado en el laboratorio. Arnal no exteriorizó satisfacción alguna por la curiosidad del sobrino del dueño mas, en su fuero interno, sintió el pundonor de demostrarle que su asistencia a las clases nocturnas no había sido tiempo perdido.
Realizó satisfactoriamente todas las pruebas. A la semana siguiente, el señor Peret complacido en su curiosidad, devolvió a Arnal a su puesto en la máquina de cepillar y se olvidó totalmente del muchacho.
Lo mismo que de costumbre, el sobrino del dueño de la fábrica, prosiguió representando el papel que le había enseñado el señor Mercader, como el más eficaz para la buena marcha de las cosas.
El sobrino del fabricante recorría las secciones con el cuerpo estirado, levantada la barbilla, ligeramente fruncido el ceño con una dureza fingida que acabaría, con los años, siendo verdadera.
Observaba a los obreros trabajar, sin que jamás despegara los labios para cambiar una palabra cordial con ellos.
En el cuarto de los colores de la nave del tinte, era donde el señor Peret se mostraba más condescendiente tratando con el colorista Joaquín.
Éste, sin estudios especializados de clase alguna, ni los más elementales conocimientos de química, había adquirido desde jóvenes años la práctica del teñido de madejas convirtiéndose en tintorero.
Lo mismo que otros coloristas de su época, carecía de certificado alguno de estudios realizados. Lo único que les acreditaba era el resultado de su trabajo; el acierto en la elección de la cantidad de colorante preciso para el teñido que fuese idéntico a la coloración de la muestra encargada.
Todos ellos habían aprendido en la práctica diaria y desconcertaban admirativamente a los maestros tintoreros titulados, con sus pesos y certero ojo para la elección de los más finos matices de los colores.
El colorista Joaquín tenía la voz aflautada y la lengua blanda, era de carácter servil y de pronta sonrisa cuando hablaba con el sobrino del Amo.
Así como los demás obreros del tinte calzaban zuecos de madera, el colorista usaba zuecos de cuero, más ligeros, cómodos y de reducido tamaño que, al mismo tiempo, indicaban su superioridad profesional entre los demás trabajadores de la factoría.
La fábrica era inhóspita. Sus naves, de sucios muros, no tenían otro objeto que dar cabida al utillaje para la producción y a los hombres precisos para llevarla a cabo. No estaban las máquinas para servicio de los seres humanos, sino los hombres, al parecer, para servir a las máquinas.
Por las ventanas no entraba luz bastante pero el trabajo lo mismo se llevaba a cabo.
La luz, la del sol, del día, quedaba excluida al exterior, tras los muros, más allá de la fábrica.
La poca claridad que penetraba por las claraboyas grises era una luz tristona, fría y sin oros de sol.
La fábrica era triste; el trabajo parecía no un canto al progreso humano sino el cumplimiento de un castigo cuya única redención llegaba con la muerte.
Tampoco los obreros estaban protegidos contra el indudable peligro de que las máquinas ocasionaran graves accidentes laborales.
Una insuficiente tela metálica rodeaba las poleas de las máquinas, que recibían, por mediación de las correas de transmisión, unidas a los embarrados del techo, la energía motriz que las impulsaba.
Pero no bastaba con tan poca protección.
Alguna que otra vez, se rompía una correa al fallar la resistencia del cosido de las grapas metálicas que unían los dos cabos de la correa de transmisión.
Furiosamente culebreaba en el aire pegando contra el suelo, la pared, a otra máquina o golpeando el cuerpo de un obrero en un furioso y brutal correazo.
En cierta ocasión se rompió el tejido de cobre de la escurridera de una de las centrífugas en las que se quitaba el agua de las madejas.
Uno de los fragmentos de metal salió disparado, como un trozo de metralla, alcanzando en la cabeza al encargado.
La víctima rodó al suelo con el cráneo perforado. Quedó muerto.
En los vidrios de las ventanas se acumulaba el polvillo de las fibras de algodón de las madejas cepilladas con los veloces rodillos de cerdas.
La acumulación del polvillo con el transcurso de los años formaba una opacidad en las ventanas que todavía enturbiaba más la escasa luz interior de la nave de cepillado.
Más allá de las ventanas, en el exterior del edificio, resplandecía el sol; corría libremente el aire y la luz estallaba por doquier alumbrando el color de todas las cosas. En la fábrica, la luz era fría; el aire estaba saturado de olor a almidón o a cloro.
La fábrica parecía una cárcel y los obreros sus reclusos. Hablaban lo indispensable. Los encargados de cada sección habían recibido severas instrucciones del dueño de la fábrica y a cualquier distracción, durante el trabajo, se reñía con voces ásperas, insultos y palabras ofensivas.
Sin embargo, jamás en tiempo alguno consiguió el rigor apagar esta necesidad tan humana de la risa y, por ello, cuando el encargado no lo advertía, se burlaban a sus espaldas, le motejaban y ridiculizaban y hasta alguno de los mozalbetes mostraba un palmo de lengua con expresión grotesca y bufa o hacía cómicos y burlones visajes con el rostro, desatando la risa liberadora, al ridiculizar, con la bufonada, la severidad y la intolerancia autoritaria del más fuerte.
Era, la de aquellos lejanos años, una existencia triste, dura y sórdida.
La vida de los obreros, una larga noche en la que soñaban con el advenimiento de una luz que desgarrara las tinieblas de la necesidad y de la ignorancia en las que, desde siglos, se les tenía sumidos.
El trabajo diario, para los chiquillos que se veían abocados a él, a causa de la pobreza de sus hogares, más que la realización de una labor, era semejante a un castigo y una dedicación antinatural a tan jóvenes años; un desplazamiento anormal desde las aulas de las escuelas de enseñanza primaria de las que, por sus pocos años y escasa formación, no debían haberse visto obligados a abandonar.
El Amo, para estimular la competencia entre sus obreros y avivar la enconada rivalidad que les dividía, ofrecía insignificantes primas semanales a aquellos que pintasen más número de madejas.