III
III
EN VERANO , cuando los obreros salían de las fábricas, se encontraban en la calle con un cielo alto y claro. Eran las seis de la tarde.
A sus espaldas la fábrica vetusta y, en sus naves, las máquinas detenidas; paradas las poleas, callada la bomba del agua del pozo.
La fábrica quedaba en silencio, como dormida hasta la mañana del día siguiente que despertaría en el mismo instante en que desde el cuarto de la caldera, el fogonero, atento al reloj, tiraría del cordón del silbato dando el primer toque de llamada al trabajo, a las siete y media de la mañana, luego a las ocho menos cuarto, después a las ocho menos cinco minutos y final y definitivamente a las ocho en punto.
El agudo silbato de la fábrica Mercader desgarraría estridente el azul liso de la mañana emborronándolo brevemente con fugitivos y blancos penachos de vapor.
Al mismo tiempo que el último toque cesara, de inmediato, los embarrados se pondrían a girar.
Crujirían las correas de transmisión al despegarse de las poleas que habían permanecido inmovilizadas durante todas las horas de la noche anterior y ya girarían incansables todas las horas de la jornada que se iniciaba.
Así a diario, un día, una semana, un mes, un año y otro.
Tal era la vida en el barrio obrero. De vez en cuando, la rutina del vivir cotidiano era alterada por un accidente.
Había estallado la caldera de una fábrica en una industria de San Andrés o de la barriada del Pueblo Nuevo. La estupefacción y el dolor cundían entre las familias obreras. Después, la vida proseguía como anteriormente.
En otras ocasiones, un temporal arrasaba las barracas del barrio de Pekín así como también las casitas de los humildes pescadores cercanas al Campo de la Bota. Todavía el suceso volvía más dolorosa y mísera su precaria situación.
Cuando se daban tales casos, los afectados, carecían de otra ayuda inmediata que la caridad de los demás que eran tan pobres como ellos.
Las gentes asomaban a las puertas, en balcones y ventanas de Pueblo Nuevo y, apiadadas del infortunio ajeno, veían a los hombres cuyos frágiles hogares levantados en la playa habían sido destruidos por el mar, avanzar por el centro de la calle estrecha y empedrada, mientras, cuatro de ellos, retenían los cabos de una sábana extendida como una mano abierta.
Los demás, en dramático silencio, formaban cortejo sin despegar los labios.
Sólo, uno y otro, de vez en cuando, daba las gracias saludando al vecindario con breves y conmovedores asentimientos de cabeza, en tanto, desde los balcones y ventanas, las mujeres demostraban su sentimiento y piedad solidaria en el dolor de sus semejantes, arrojándose el poco dinero que les era posible, en ayuda de todos aquellos otros pobres, en aquellas dramáticas circunstancias, más pobres todavía que ellos.
Las monedas de bronce de diez céntimos caían de un lado y otro de la calle, desde altos balcones y ventanas sobre la sábana blanca.
Los tenderos entregaban también su dádiva y el grupo de hombres, la triste comitiva, poco a poco, seguía avanzando por la calle y todas las del barrio.
Un guardia municipal apostado en una esquina, guardaba compostura y respetuoso silencio, también compadecido de la desgracia que se había cebado en el hogar ajeno.
Sin embargo, no siempre era la piedad el signo de los días. En otras ocasiones asomaba el testimonio de la lucha, el resentimiento y la enconada violencia.
Una mañana, dos hombres se personaron en la portería de la fábrica Rius y dejaron el encargo urgente para que un obrero regresara rápidamente a su casa, donde su esposa había sido acometida de una enfermedad, repentinamente.
Los dos hombres, dado el aviso, se fueron.
Poco después, el obrero, apremiado por la inquietud, salió por la puerta de hierro de la fábrica Rius. Recorrió su callejón y tomó por la estrecha calle de Nuria. Iba de prisa. Angustiado por lo ocurrido a su esposa.
Llegó a la calle Montaña. Cruzó la plazoleta del doctor Serrat. Se le había secado la garganta de angustia. Al ver la fuentecilla cercana al kiosko de periódicos se le ocurrió mojarse la boca pero llevaba prisa en llegar cuanto antes a su casa.
Siguió andando por la derecha donde, junto a la orilla del tren del Norte que por aquel entonces corría por la superficie de lo que es en la actualidad la Avenida Meridiana, se alineaban los primeros huertos en el lado opuesto del cine del mismo nombre de la calle.
Casi al mismo tiempo que él seguía la línea de matorrales que cerraba uno de los huertos, asomaron los dos hombres que le habían dejado antes el aviso en la fábrica, por la esquina de la calle Internacional.
Fueron rectos hacia el obrero que, sin sospechar sus propósitos, se encaminaba a su casa.
Cuando se dio cuenta de la presencia de ambos, detúvose palideciendo intensamente.
También los dos se habían detenido; rápidos, sacaron cada uno su pistola y le encañonaron con la mano adelantada empuñando el arma.
Eran dos pistoleros. Dispararon desde unos metros, implacablemente, sobre él.
Sabían manejar las armas que utilizaban.
El obrero se derrumbó, al pie de las matas que cercaban el huerto. Una mancha de sangre se fue encharcando lentamente en el suelo. Los dos hombres de las pistolas escondieron de nuevo sus armas y se alejaron desapareciendo por la calle Internacional arriba.
No habían andado un centenar de metros cuando el obrero sobre el que habían disparado ya había muerto.
En otra ocasión, un sábado, al anochecer, estalló un explosivo colocado por alguien en un transformador de electricidad, situado en la calle Montaña, esquina con la de Valencia.
El transformador se encontraba situado frente a la puerta de una carnicería, a cuyo lado estaba el taller de un carpintero modelista.
El artefacto hizo explosión sin destruir el voluminoso transformador, mas uno de los fragmentos de la metralla del explosivo alcanzó mortalmente al carpintero que, en aquel preciso instante, asomaba a la puerta de su taller.
La desgracia, aquella tarde, se había cebado cruelmente abatiendo el tronco sustentador de una familia artesana.
Aquel anochecer, las calles del barrio del Clot quedaron solitarias y desiertas. Nadie salió de su hogar. El infortunio que había caído como un rayo en el hogar del humilde carpintero de la calle Montaña llenó de aflicción todos los ánimos, por su cruel y despiadada torpeza.
A la mañana siguiente, grupos de obreros merodearon por los alrededores de la carpintería y del transformador que ni siquiera había sido averiado.
Las conversaciones eran vivas y excitadas, discutiendo la inutilidad de actos aplicados con tanta torpeza, causando el sacrificio de vidas humanas inocentes.
Mientras discutían alrededor y por las cercanías del transformador que seguía en pie, pasé ante la puerta a medio cerrar de la carpintería.
Vi, a través de la puerta vidriera, el interior del taller vacío y en el fondo de la vivienda, junto a uno de los lados de la mesa comedor, a contraluz, la silueta de la viuda del carpintero sentada en una silla, recogida sobre sí misma, meditativa, oscura y solitaria en su dolor humano.
Cada tarde, a la llegada del crepúsculo, el cielo sobre el barrio obrero se alumbraba de rojas y sangrantes claridades, como el esplendor de una hoguera que quedaba oculta y nadie presentía pero que era el presagio del horror que se avecinaba, de la lucha terrible, que a todos iba a conducir el disparadero de los odios y pasiones desatadas.
El Amo tenía un sobrino alto y apuesto; el pelo rubio dorado y la tez de su cara fina y sonrosada.
Aún siendo tan joven, los obreros de la fábrica ya se habían acostumbrado a tratarle de usted, llamándole siempre... señor Peret y, él aceptaba el trato de deferencia porque consideraba natural que así debía ser tratado, por ser sobrino del dueño de la fábrica.
Hablaba lo indispensable con los obreros porque era condición de su categoría permanecer distanciado de sus subordinados asalariados, según en aquella lejana época se solía.
Su relación más directa era con los encargados de sección. Por cuanto se refiriese al trabajo se dirigía a éstos y, los mismos, se cuidaban de transmitir las órdenes a los obreros o modificar la dirección del trabajo, si así convenía.
El señor Peret ocupaba sus horas de trabajo en el cuartucho, transformado en laboratorio, que se encontraba en uno de los laterales del patio, junto a los tendedores de las barras de madejas al aire libre.
Él preparaba los colores para las máquinas de estampar madejas.
El laboratorio consistía en una mesa de obra, recubierta de baldosas coloradas; un baño María, una piqueta para el agua, un mechero de gas, una gradilla de tubos de ensayo y algunos matraces y un par de probetas, alienado todo en un estante con frascos de ácidos y uno de sosa cáustica.
En la sección de máquinas de cepillar había un muchacho de la misma edad del señor Peret.
Era de baja estatura, la cabeza grande con la frente abovedada.
Parecía de mayor edad porque su infancia había sido muy dura y era de humor triste y como aviejado.
Por las noches, cuando abandonaba la fábrica, a la salida del trabajo, Arnal se dirigía a la calle Urgel, donde en la Escuela del Trabajo, nocturna, poco a poco, curso tras curso, asistía a las clases con objeto de conseguir ser algún día maestro tintorero.
La infancia de Arnal había sido muy penosa.
Sus padres habían llegado a Cataluña, procedentes de Murcia.
Antes de la edad reglamentaria para el trabajo, había entrado como aprendiz en uno de los hornos de vidrio del Pueblo Nuevo, cerca del campo deportivo del club de fútbol Júpiter, y cuyo callejón sin empedrar desembocaba en la calle Mariano Aguiló, en las inmediaciones de la iglesia parroquial.