Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero II #4
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II #4

Cundió pronto, entre los demás hombres de la fábrica, el desagrado por su comportamiento y acabó siendo despreciado, tanto más cuanto él se imponía a los demás ensoberbecido.

Ya era encargado. Era más que los otros.

Estaba al servicio del dueño de la fábrica: del Amo.

Las pesetas de más que ganaba respecto a los otros indicaban su preferencia y sobrevalía.

Su firmeza de carácter era la virtud que se le pagaba, como reconocimiento de una condición natural para ejercer mando.

Por tanto, en defensa de su aumento de salario, no iba a vacilar en enemistarse y hacerse malquerer, enfrentándose, de ser preciso, a quien fuera, en defensa de su mejor posición y de los intereses de la fábrica, pero aunque no le hubiesen pagado mejor, lo mismo hubiese rogado al dueño que se le nombrase encargado de sección, porque toda su naturaleza le gritaba que había nacido para ejercer autoridad y mando sobre los demás.

Imponer su voluntad; ser él por encima de los otros; mandar para tener que obedecer a menos.

Su mayor satisfacción era mandar. «¡Mandar, mandar, mandar!

», le gritaba su naturaleza. Obligar a otros a estar supeditados a su dependencia antes de llevar a cabo sus actos por propia decisión.

Sin embargo, su reinado duró solamente un par de meses.

El antiguo encargado fue, poco a poco, mejorando de su enfermedad hasta restablecerse por completo.

Cuando regresó a la fábrica, el dueño le restituyó a su antiguo cargo que, provisionalmente, en su dolencia, había transferido a Martínez.

Éste volvió a su vez a su antiguo puesto de operario en la sala de pintados y, aunque otra vez volvió a malhablar del Amo, los trabajadores no le hacían el menor caso, pues conocían cómo realmente era Martínez y se habían dado cuenta de que sus palabras eran la manifestación externa de su humillado orgullo y, al mismo tiempo, la saliva de su despecho.

El dueño, por su parte, había logrado sin esfuerzo alguno, desprestigiarle.

Siempre había despotricado con bajas palabras ofensivas contra «el burgués» pero el dueño había descubierto en el proceder de Martínez no el impulso de un espíritu de equidad que se rebelaba sino una ambición secreta y frustrada: la envidia contra el que posee, nacida de la imposibilidad de la oculta pasión de no poder llegar a ser como aquel del que maldecía.

El dueño de la fábrica se había cobrado las malas palabras proferidas contra él que por fáciles y serviles conductos siempre habían llegado a sus oídos.

Martínez había comprendido, tardíamente, que la ambición había cegado su limitada inteligencia y en consecuencia odió todavía más al dueño quien le había concedido lo que luego, con la misma facilidad, le había quitado, devolviéndolo a quien primeramente había pertenecido.

En lo sucesivo, en más de una ocasión, habría de aguantar el que algún obrero le echara en cara su burlado afán de mandar sobre sus compañeros de trabajo sobre otros hombres, no de dirigirlos para la mejor realización del trabajo sino de mandar por mandar, demostrando su pasión de poder.

Y Martínez soportaba con rencor la mirada burlona del paternal Agustín, mientras éste daba vueltas y vueltas a su faja negra alrededor de la cintura sujetándose el enorme vientre, aquella barriga que tanto se parecía a la del dueño y de la que sólo se diferenciaba en que no iba abrigada del chaleco historiado con la gruesa cadena de plata del reloj de bolsillo.

A Martínez, sin embargo, le tenía sin cuidado la manera sarcástica de mirarle Agustín, pues le consideraba hablador pero sin posteriores efectos.

A quien temía, era a Pineda, el sindicalista convencido que odiaba por igual a los soplones y a los serviles esclavos del Amo.

En cuanto a los demás de la fábrica, Martínez opinaba de ellos en su casa, con su mujer, que eran una tropa de borregos a los que sólo bastaba con darles un mendrugo de pan.

En cuanto salía de la fábrica, al cruzar el patio en dirección a la puerta de la calle, en algunas ocasiones sorprendía la mirada de desprecio con la que Goñi, el fogonero, le acompañaba a su paso desde la puerta del cuarto de la caldera.

Goñi, al verle, suspendía la lectura de Solidaridad Obrera para mirarle.

El fogonero era de baja estatura, gordo, fuerte y de rostro rojizo, casi encendido.

Cuando leía los artículos de la Soli , comenzaba a sudar de emoción.

En cierta ocasión que leyó en el órgano de la Confederación que las joyas y los rubíes que lucían los burgueses y sus mujeres son gotas de sangre obrera cristalizadas Goñi gruñó furibundo mil improperios contra los enemigos de la clase oprimida.

Mas era un hombre sentimental, incapaz en sus bravatas y enardecimientos fugitivos, de cometer ninguna maldad ni violencia de clase alguna.

Se apiadaba de cualquiera que se encontrara en un apuro y procuraba, según sus pocas posibilidades, socorrerle.

A Martínez, la manera de mirarle Goñi le irritaba en gran manera porque equivalía a un franco y expresivo desprecio sin desvíos ni disimulos.

De buena gana se le hubiera plantado retándole con igual mirada de desprecio pero, Goñi, tenía fama de impulsivo y además de ser fuerte como una piedra berroqueña, sus manos de fogonero eran anchas como palas y pesadas como piezas de hierro.

Maldiciéndole en su fuero interno Martínez no detenía el paso, cruzaba el patio mezclado entre los demás trabajadores y se alejaba solitario, sin que ninguno de los otros le saludara.

La tarea, por aquel día había terminado.