Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero II #3
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II #3

Cuando trabajaba, usaba de un corto delantal atado a la cintura con un cordón; se movía incesante empuñando la horquilla en cada mano, yendo y viniendo de la máquina a los aprendices, sin dar un instante de reposo a los dos aprendices que le servían las madejas esclarecidas que él cogía hábil y rápidamente con las dos horquillas y, girando, con la precisión de un banderillero, colocaba en un santiamén en la máquina.

La cerraba y giraba raudo y seguro la manivela accionándola y pintando la madeja servida que luego colocaba en las cañas horizontales alineándolas con las demás formando extraños gallardetes y banderas multicolores con los colores todavía frescos.

Su carácter abundaba, de manera natural, en un incesante malhumor que escupía a borbotones en las más retorcidas maldiciones y escalofriantes reniegos.

Los chiquillos, cuando les tocaba trabajar a sus órdenes, temblaban, porque el viejo Chalmeta, para mantener el mismo ritmo de producción de los otros pintadores, se ponía nervioso y amenazaba descargar la horquilla metálica en la cabeza de alguno de los jovenzuelos que le servían de ayudantes.

Se pasaba todo el día refunfuñando, maldiciendo en voz baja y siempre dado a todos los diablos.

Los demás operarios, mientras trabajaban, le miraban a hurtadillas y se reían en sus adentros de la cólera que consumía a su compañero de trabajo.

De vez en cuando, sin poder dominarse, levantaba la horquilla sobre uno de los aprendices, en un ligero arrebato de impaciencia.

El chiquillo, con gesto instintivo de defensa, se protegía con el antebrazo con objeto de protegerse la cabeza del golpe que, daba por seguro, iba a caérsele encima de un momento a otro.

Pero el viejo Chalmeta jamás pegó a ninguno de los chiquillos ni le maltrató de obra a pesar de sus rotundas amenazas, espantosas maldiciones y reniegos.

Era como un león viejo, desdentado, que gruñía cada vez más impotentemente.

A sus espaldas todos se reían del viejo Chalmeta a causa de su endemoniado carácter y le consideraban poco menos que una alimaña peligrosa.

Sin embargo, no era como pensaban. Chalmeta ya no creía en nada ni en nadie.

Sólo en su hijo, el torero. Chalmeta estaba amargado y enfurecido con la vida que siempre le había tratado a mordiscos cuando no a fieras dentelladas.

Había llevado, desde sus más tiernos años, una vida dura, miserable y sentíase desgraciado y resentido contra su propia existencia llena de sinsabores.

Sin embargo, toda aquella aspereza de Chalmeta se transformaba y desaparecía cuando se le hablaba de lo que constituía su única debilidad.

Al punto que se le nombraba su hijo torero, la personalidad del viejo estampador, huraño y malhumorado, mostraba una distinta, oculta y reservada faceta insospechada.

Su carácter se suavizaba; desaparecía la adustez de su rostro y una leve y creciente sonrisa de ilusión alumbraba todos sus frunces y arrugas desvaneciéndolas y borrándoselas de su cara.

Bastaba preguntarle, discretamente y sin que los demás lo advirtieran, por su hijo, para que al instante, el áspero e intratable Chalmeta, cambiara rotundamente de humor.

Se le iluminaban con una luz nueva los acuosos y azules ojos fatigados por los años y las amarguras vividas; sonreía feliz y, en voz baja, humildemente, confidencial y con notoria satisfacción, nombraba a su hijo, aquel que en las plazas de toros comenzaba a destacarse y, sobresaliendo, aparecía, sin darse de menos, con el nombre de Chalmeta en los grandes carteles de las corridas de toros.

Era aquel que llevaba su mismo nombre y no un apodo, como otros; el que, garboso, descollaba en la arena, relumbrante su figura con el traje de luces. Aquel era... ¡su hijo!

Posiblemente a Chalmeta aquel hijo le redimía de todos los pesares soportados a lo largo de su dura existencia laboriosa y mísera y era el equivalente a la compensación y sublimación de todas las penas de su vida.

Cuando el viejo Chalmeta hablaba de su hijo torero, se olvidaba de las madejas que tenía que pintar; detenía un instante la máquina, soltaba la manivela y confesaba su gran satisfacción con breves palabras impregnadas de felicidad por los crecientes éxitos de su hijo, tan adorado en secreto en lo más recóndito de su corazón, al que los demás, por desconocerlo, creían equivocadamente que era más duro que el pedernal.

Martínez era otro operario que, lo mismo que Escrich, llevaba poco tiempo casado.

A diferencia de este último, Martínez era hablador y vocinglero; de fuerte complexión, acompañaba todas sus palabras con gestos enérgicos y determinados.

Era grosero en palabra y goloso en ambición.

Criticaba al encargado a sus espaldas y hablaba mal del dueño de la fábrica, no por ideas obreristas sino por descontento y envidia.

En su fuero interno despreciaba a sus compañeros de trabajo y su menosprecio lo hacía extensivo a toda la clase obrera a la que él mismo pertenecía.

En su casa se burlaba de los afanes y esperanzas de sus compañeros de fábrica que cifraban su futuro en la fuerza de su unión que les otorgaba el sindicato.

Lo único que para Martínez tenía valor era el dinero.

Si maldecía del dueño era porque éste tenía mucho y él ninguno.

Su ambición era mandar, tener poder, ejercer autoridad sobre los demás y verse obedecido sin oposición.

Como no lo conseguía hablaba mal del encargado ocultando su envidia porque aquél ocupaba el puesto que él tanto hubiese deseado desempeñar.

También sentía odio al dueño de la fábrica, mas cuando le hablaba se mostraba agradable, sumiso y bien hablado, no así cuando trataba con sus compañeros a los que siempre se dirigía con una leve sonrisa de sarcasmo.

Cuando el encargado se puso enfermo y su dolencia se prolongó, temiéndose un fatal desenlace, Martínez consiguió del dueño de la fábrica que le nombrase encargado provisionalmente, en tanto la situación del de plantilla no se determinara en un sentido u otro, Martínez se avino en seguida a lo que el dueño le previno en cuanto a la interinidad del cargo.

Asintió, demostrando vivamente su deseo de que el encargado se restableciera pero, en su interior, se reía de sus propias palabras porque deseaba ardientemente que el otro reventara lo antes posible para ocupar definitivamente el puesto que dejaría vacante.

También el dueño de la fábrica, en su larga experiencia de la vida laboral, conocía la índole de cada uno de sus obreros y la variada condición humana, con independencia, muchas veces, de la posición social y económica que en la vida se disfruta, desempeña u ocupa.

Reconoció de inmediato, en Martínez, las peculiaridades indispensables y el afán de mando bastante para dominar a los otros hombres, tal como en aquella época se entendía debían ser necesarias.

Era ambicioso y despreciaba a sus compañeros, por tanto, serviría perfectamente a los intereses de la fábrica.

Fue nombrado. Al poco, su soberbia le descubrió tal como era y no se había manifestado abiertamente hasta entonces.

Mostrábase autoritario y sin posibilidad de diálogo en sus determinaciones.

Al mediodía se cambiaba de ropa y se iba solo a su casa.

Llevaba su mejor ropa para distinguirse y, de calle, evitaba a los otros obreros con los que antes se acompañaba hablando y voceando jovial y desenfadado.