II #2
Los más sensatos y dispuestos no se trataban como rivales competidores en el trabajo, sino como compañeros en un quehacer común. Mas no todos ellos eran tampoco así; los había, también, que dejaban que los primeros resolvieran las cuestiones de todos con su propio riesgo.
Entre los que peleaban por sus compañeros estaba Pineda.
Era un hombre joven, pálido de rostro y cuerpo delgado, casi enfermizo, para quien la única religión de su vida consistía en la lucha por la emancipación de los trabajadores unidos por la fuerza que les confería el sindicato.
Pineda calzaba alpargatas blancas, vestía traje de tela azul y menospreciaba el uso de la corbata por considerar esta prenda como un adorno burgués.
Era él quien aconsejaba a los obreros de la fábrica con palabra viva y encendida y mantenía los contactos y consignas del sindicato, repitiéndoles que sólo en el sindicato podían encontrar la defensa de sus derechos y la resistencia suficiente para oponerse a las exigencias desmedidas de los patronos.
Los obreros asentían, en su fuero interno, a cuanto Pineda les decía; se hacían eco de sus acusaciones contra la burguesía.
Le admiraban y adquirían, a sus palabras, la convicción, cada vez más profunda, de que ellos, los obreros, eran la única fuerza realmente poderosa de toda la Tierra y que, unidos, vencerían a los que los utilizaban como simples instrumentos o herramientas para el logro egoísta de sus ambiciones individuales.
Pero algunos otros recelaban de las predicaciones de Pineda, porque la vida les había desalentado en sus esperanzas respecto a los demás y Pineda les resultaba demasiado exaltado en sus profecías del advenimiento de un mundo feliz con el alumbramiento de la tantas veces preconizada Revolución Social.
Pineda les aclaraba, fogosamente, que era la misma Sociedad contra la que luchaban la que corrompía a los hombres, pero que la Revolución Social llevaría consigo una nueva educación humana y, borrando de la faz de toda la Tierra la cultura burguesa, crearía una nueva cultura que modificaría las relaciones entre los hombres.
Era un soñador apocalíptico. Proclamaba, con exaltadas voces, su odio al capital, al Estado, a los guardias de Asalto y a todos los ricos, sin distinciones.
El impulso de la destrucción le devoraba a sí mismo, sin que lo advirtiera.
Cuando, en alguna ocasión, después de la comida del mediodía o por la tarde, en los roperos, alguien replicaba a Pineda con alguna observación desalentadora, entonces intervenía el tintorero Agustín, con ademanes abaciales y voz apaciguadora y persuasiva.
Agustín era un hombre alto, muy gordo, con aspecto de hombre complacido de sí mismo. Se abrigaba los riñones, tanto en invierno como en verano, con las vueltas de una faja negra sujetándose el vientre voluminoso con ella.
Sin que se pareciera físicamente al dueño de la fábrica, a no ser por la prominente barriga, existía entre ambos algo que, sin ser físico, les hacía semejantes.
Agustín frenaba los arrebatos revolucionarios y frenéticos de Pineda; suavizaba la violencia de sus palabras agresivas, dándoles, con sus interpretaciones, una tonalidad más apaciguadora, en tanto movía las carnosas manos abiertas, con ademanes casi pastorales.
Sin embargo, cuando alguno de los obreros oponía al suyo distinto parecer, las pupilas de Agustín se endurecían, parecían petrificarse e irritado fruncía el ceño, sintiéndose herido en su propia estimación que era un exceso de vanidad.
Se consideraba, erróneamente, muy superior a sus compañeros y si no conseguía imponer su criterio, súbitamente, con una autoridad que se confería, cerraba el diálogo, calificando a su oponente de ignorante.
Las conversaciones de carácter laboral se iniciaban siempre en el ropero que estaba en la misma sala de estampados.
El vestuario consistía en una barra de madera clavada a lo largo del muro, provista de cortas estacas de madera en las que colgar las prendas como en un perchero.
Arrimado al mismo paredón pero en el suelo, estaba un largo banco en el que tomar asiento para cambiarse de ropa y a cuyos pies dejaban todos el calzado de calle y a la salida los zuecos o las alpargatas viejas.
Algunos operarios no prestaban gran atención a las discusiones.
Para Escrich, el mundo no tenía solución.
Una vez, trabajando como ayudante en su máquina de estampar me confió, guiñándome el ojo, que Agustín no era un sindicalista de verdad sino un obrero que envidiaba al dueño y a todos cuantos creían que estaban mejor que él.
No poseía ideales; era sólo un vanidoso.
Los verdaderos anarcosindicalistas —me decía Escrich—, no pensaban en ellos mismos sino en el bienestar de la clase trabajadora y en la transformación moral de los hombres para hacerlos aptos para un mundo mejor para todos.
No se trataba solamente de eliminar el Mal en el mundo sino también en el interior del ser humano: un sueño.
Escrich era reservado y poco hablador. Llevaba poco tiempo de casado y no se hacía ilusiones respecto a su porvenir.
Daba por descontado que había nacido para ser pobre toda su vida pero tampoco lo consideraba motivo de vergüenza, ni de desventura.
Curiosamente, con una sonrisa sutil, en tanto giraba la manivela de la máquina de estampar, decía que ser pobre era la mejor credencial de honestidad y no, como creían otros, signo de desgracia.
Los desgraciados, según él, eran los ricos que ni siendo ricos vivían felices, ni dejaban a los demás serlo, siendo pobres.
Pero tales confidencias, en Escrich eran excepcionales.
Se conformaba con su suerte, sin amargura.
Sabía que era un obrero y así sería hasta el fin de sus días.
A veces, parecía excesivamente tímido. Se ocupaba solamente de su máquina de estampar y cuando se terciaba, escuchaba las discusiones entre sus compañeros con rostro tranquilo y mirada observadora sin intervenir en las disputas.
Ocupaba su tiempo de trabajo dando vueltas a la manivela y, entre pasada y pasada de madeja estampada entre los cilindros de color, pensaba en sus cosas.
Era delgado de cara y tez amarillenta, casi de color enfermizo; sus ojos muy negros y brillantes, como enfebrecidos; el pelo suave, abundante, negro y peinado a un lado, se le derramaba en una amplia onda que le resbalaba sobre una de las cejas.
Su trato era agradable, su voz suave, sin estridencias y, de vez en cuando, si decía algo, sonreía amistoso.
A la salida de la fábrica se dirigía a un taller de reparaciones de aparatos de radio que un amigo suyo tenía establecido en los encantes de la calle Dos de Mayo, donde aprendía a montarlos.
Le agradaba la radio y le proporcionaba una secreta alegría la interpretación y lectura de los signos gráficos que trazaban los esquemas indicando el montaje de los circuitos eléctricos.
Yo pensaba que Escrich era de una naturaleza tan delicada como en su interior uno de aquellos aparatos de radio.
Escrich filtraba las emociones fuertes que su sensibilidad no podía soportar.
Por eso era poco extravertido y hablaba sin levantar la voz, como si temiera que lo violento fundiera alguno de sus filamentos interiores o apagase para siempre las lámparas recónditas que, con escondida luz, alumbraban su vida anónima y silenciosa de hombre sencillo.
En cambio, Llerda, el pintador, era un furibundo y extrovertido cenetista.
Asistía a todos los mítines y, a veces, mientras trabajaba dando vueltas a la manivela, sonriendo divertido, cantaba en voz baja A las barricadas.
Los lunes por la mañana, recordaba con exaltación las frases de los discursos dados en algún mitin por la Montseny, García Oliver o algunos otros dirigentes revolucionarios.
Según proclamaba Llerda, se iba aproximando cada vez más el tantos años soñado día de la Revolución Social que iba a transformar a la Sociedad toda, con la implantación del comunismo libertario.
Dejaría de existir el enfrentamiento entre ricos y pobres; serían iguales todos los hombres; desaparecerían los vicios y bajas pasiones humanas.
Sin dinero desaparecerían Bancos y ladrones y, por tanto, no habría necesidad de cárceles ni celadores, ni guardias para encerrar a nadie. ¡Qué utopía tan bella!
Su lenguaje era sencillo y contundente. Cuando hablaba de tales cuestiones, los ojos se le alumbraban y su rostro se rejuvenecía aniñándose, como si en algo volviera a ser el niño que en su infancia había sido.
Caso aparte, era Chalmeta, el pintador de la máquina contigua, en la misma sala.
Era un tipo singular entre los demás estampadores, debido a su habitual comportamiento.
Apenas hablaba lo indispensable con los demás obreros y, éstos, debido a su huraño carácter, le consideraban un ente extraño, incivil e intratable por su mal carácter en todo inabordable.
Era un hombre de pequeña estatura; rondaba los sesenta años; nervioso, seco como un sarmiento, el pelo canoso que se tocaba con una gorra sobada y sucia manchada de colores diversos, hasta formar uno de indefinible y jaspeado.
El perfil de su rostro recordaba la cabeza de unas tenazas: la barbilla, por lo salida y hacia arriba a causa de la falta de dentadura, parecía ir al encuentro de la visera de su vieja gorra alicaída.
Su nariz era fina y aquilina, como pico de ave de presa.
La piel de la cara colgaba marchita y su tez era mortecina, pálida y recubiertas las mejillas de la barba mal afeitada ya totalmente encanecida.
Sus ojos de un azul desleído miraban siempre alertados y recelosos, pinchando a los que miraba.