II
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POR AQUELLOS DÍAS me encontré con mi ex compañero de clase, Santiago Pasanau quien todavía seguía asistiendo a la escuela.
Cuando le conté que había hallado trabajo en la fábrica Mercader y le dije el sueldo que me pagarían, observó que era muy poco, que su padre, que trabajaba en la fábrica de cerveza Damm y tenía buenos compañeros en el sindicato, podría colocarme, aunque fuese como temporero en la importante factoría de cerveza y ganaría mucho más dinero.
Él hablaría con su padre para que me colocase en ella tan pronto hubiese una oportunidad.
La señora Rosa, que era muy católica y amiga de mi madre, cuando en una de sus visitas se enteró del interés de mi compañero de escuela, al punto exclamó escandalizada y temerosa: «¡Cuidado!
¡Mucho cuidado, Juan! ¡La fábrica de cerveza Damm es un nido de anarquistas! », aclaró con el espanto en sus ojos.
La señora Rosa estaba casada con un químico etnólogo que en sus ratos libres se dedicaba, para ganarse un sobresueldo, a la fabricación casera de tintes para el pelo.
Era un hombre flaco y de elevada estatura; frente amplia, con el pelo echado atrás y en cuyo rostro sobresalía agudamente su nariz aquilina.
Era, el señor Guillermo, de trato esmerado y correctísimo, fino en sus maneras y sincera y profundamente cristiano, según aseguraba la señora Rosa.
Curiosamente, el origen del fervor religioso de la amiga de mi madre procedía de la influencia ejercida en ella por su esposo.
Lo que más me llamaba la atención de la señora Rosa era su vellosidad y a mi madre, en una ocasión la oí explicarle confidencialmente a mi padre, antes de que cayera enferma, que la señora Rosa usaba un depilatorio preparado por la química de su esposo, con el que se quitaba sin mucha eficacia el vello de las mejillas y el mentón.
Cuando la señora Rosa se despedía concluyendo su visita a mi casa, yo procuraba simular que estaba ocupado en alguna de las habitaciones, con el sólo propósito de librarme del beso de despedida con el que me regalaba y con el que al rozarme la cara, notaba con gran aprensión la aspereza punzante de las mejillas de la señora Rosa.
Pero no entré a trabajar en la Damm, donde el padre de mi amigo Pasanau trabajaba como conductor de uno de los carros de reparto.
En algunas ocasiones me había encontrado por la calle con el padre de Pasanau, mientras conducía desde el elevado pescante el carro cargado de pequeños barriles de cerveza perfectamente colocados a uno y otro lado, unos sobre otros concienzudamente estibados, en el vehículo pintado todo de verde.
Al verme sonreía porque me juzgaba uno de los mejores amigos de su hijo y compañero de colegio.
Era un hombre de unos treinta y siete años, de rostro agradable y enérgicos trazos.
Con frecuencia sonreía alegremente y, entonces, aparecían en su boca la alineación de sus dientes fuertes, blancos y limpios. Yo le saludaba con amistad.
Era un buen obrero, honesto de costumbres y se preocupaba por la enseñanza de sus hijos y el bienestar de su familia. Por su parte, mi amigo Pasanau, que era el mayor de los tres hijos, no le defraudaba en su anhelo de que aprendiera.
En algunas ocasiones, a la salida de la escuela, antes de que la dejara para entrar a trabajar en la fábrica Mercader, Tintes y Aprestos, solía acompañar a Pasanau hasta su casa.
Su familia cambiaba frecuentemente de domicilio dentro del mismo barrio. Cuando Pasanau vivió en las proximidades del puente de la calle Espronceda, cercano al colegio religioso de San Pedro Claver, un día me dijo, que de nuevo habían cambiado de vivienda.
Su padre había dejado, temporalmente, su empleo en la fábrica Damm y se había establecido en la calle Independencia, donde había abierto un bar.
Unos días después, al mediodía, a la salida de la escuela, Pasanau me invitó a que le acompañara hasta su nueva casa porque, además de enseñarme el bar Zaragoza que había montado su padre, me prestaría una historia de la Revolución Francesa.
Cuando llegábamos al establecimiento, Pasanau me hizo un ademán, deteniéndome inesperadamente.
El bar hacía esquina y, en el punto en que ambos nos habíamos detenido, estaba la puerta cristalera por la que se veía perfectamente el interior del establecimiento.
La puerta de entrada y salida era la otra, la que daba a la calle Independencia.
Eché una rápida mirada a través de los vidrios.
Vi que dentro del bar, unos obreros estaban de pie ante las mesas de mármol, los brazos en alto, mientras varios guardias de Asalto los encañonaban con sus mosquetones.
Sobre las mesas, estaban extendidos, abiertos y en desorden, varios periódicos.
Relacioné inmediatamente los diarios o publicaciones con la visita de la policía.
Regresé a mi casa preocupado por lo que había sorprendido, pero nada de ello dije a mis padres.
Fue por la tarde, a la salida del colegio, cuando Pasanau me explicó que su padre era anarquista y militante activo de la CNT y que el bar no era de su propiedad sino simplemente alquilado para mejor facilitar las reuniones de sus compañeros de ideas que estaban actuando en la clandestinidad.
Era la primera vez que tenía un amigo cuyo padre era anarquista. Desde que Pasanau me confesó cuál era la ideología de su padre, de lo que jamás hablaba con los compañeros de colegio, nuestra amistad se hizo más firme y profunda.
Dejé de verle tan asiduamente cuando tuve que abandonar la escuela para comenzar a trabajar en la fábrica.
Sin embargo, alguna que otra vez pasaba por su casa a visitarle.
El bar Zaragoza de la calle Independencia, duró poco tiempo más, pues descubierta su verdadera finalidad, la policía menudeaba en sus inspecciones sorprendiendo a la clientela, motivo por el cual el padre de Pasanau abandonó aquella actividad y volvió a reincorporarse a su antiguo puesto en la fábrica de cerveza.
En la fábrica Mercader conocí a otros muchachos de mi edad. Lo mismo que yo, pertenecían a familias humildes y en su mayoría eran hijos de inmigrantes procedentes de distintas regiones españolas, cuyas familias se habían afincado dificultosamente en Cataluña.
Para conseguir enraizarse en la vida catalana, dedicaban lo antes posible sus hijos al trabajo, para con su esfuerzo, añadir ingresos que les ayudasen a subsistir.
Aquellos chiquillos, muchos de ellos, apenas habían aprendido las cuatro reglas pero, en la fábrica cuidábanse de que aprendieran a ganarse el pan que comían en su casa.
A las familias numerosas siempre se las había consolado diciéndoles que cada hijo nace con un pan debajo del brazo, pero nadie les observaba que los hijos deben nacer, sí, con un pan en el brazo pero, en el otro con un libro.
La pobreza condicionaba a los hijos de los obreros para que cuando hombres, fuesen ciegos por ignorancia, lo mismo que sus padres.
El mundo estaba montado de tal manera que enfrentaba a unos contra otros; agudizaba la rivalidad y la competencia entre los trabajadores y se excusaba tanta sinrazón observando que era Ley de la Naturaleza que el fuerte devorase al débil y que los más listos medraran a costa de los más torpes o menos educados para sobresalir en la lucha por la vida.
No había piedad ni amor. Pero tales argumentos fueron siempre una cruel, desalentadora e inhumana mentira, pues los hombres no nacieron para ser enemigos, sino para compartir hermanadamente los bienes de la Tierra, según sus necesidades y conseguir los más altos fines espirituales a través del apoyo mutuo.
Aquellos niños, aquellos chiquillos, como yo, aprendices de fábrica y de hombres , la necesidad los avispaba precozmente.
Eran mal hablados, groseros en muchas ocasiones pero, en su aparente tosquedad y ordinariez, eran espontáneos y seguía siendo limpio el corazón de cada chiquillo porque todavía no habían sufrido bastante daño, para comprender, en todo su alcance, la malicia de la vida.
Los encargados, para demostrar su lealtad al dueño de la fábrica con el que se mostraban sumisos y respetuosos, sin ser ninguna de ambas cosas, eran desleales con sus compañeros de trabajo y trataban a los pequeños aprendices con modales rudos, con voces y gritos destemplados y les reñían cuando les sorprendían hablando o bromeando con la alegría y el desenfado propios de su edad.
También los operarios trataban a su vez con rudeza a los aprendices, sin advertir que, un día, serían hombres y también obreros como eran ellos, debiendo, por tanto, tratarles con la consideración que su inexperiencia merecía y el cariño a que su situación precaria obligaba.
Mas no era así. Se diría que los lugares de trabajo, que deberían ser sagrados como santuarios, eran paradójicamente para todos los hombres antros de castigo, lugares de expiación de algún delito, ámbitos de humillación y sufrimiento y no de colaboración en la realización de una obra de dimensiones planetarias y de solidaridad humana.
Una vez dentro de la fábrica sólo cabía hacer una cosa: trabajar, producir y, para estimular la rivalidad, la competencia y crear las envidias entre los trabajadores, se les daba el aliciente de una prima al rebasar una cantidad estipulada de producción.
Sólo trabajar era el destino de los pobres; trabajar para mal comer, dormir y procrear nuevas generaciones de esclavos de las fábricas; trabajar hasta que sonara la sirena o el silbato de salida de la fábrica, anunciando la leve liberación, hasta la nueva jornada.
Sin embargo, fui dándome cuenta de que entre muchos obreros existía una fuerza solidaria que les unía en su infortunio de desheredados de la vida; era la toma de conciencia de pertenecer a la clase más pobre y por ello menos cultivada, más oprimida y explotada a través de todos los siglos.