Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero I #3
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I #3

La señora Josefa estaba casada con un guardia de Asalto tan gordo y flácido de carnes como ella.

Algunas veces le encontraba subiendo la escalera y, al dejarle paso, advertía la fatiga conque se apoyaba en el pasamano mientras en la mano siniestra llevaba la gorra de plato de la que una vez dentro de la escalera se había destocado.

Era poco hablador, hasta en su casa, y todavía menos con los vecinos de la calle.

Hay oficios que parecen aislar de los demás a los que los ejercen.

Su esposa, desinteresadamente, era la que lavaba cada semana la ropa sucia de mi casa, desde que mi madre —por la que demostraba sentir gran afecto y piedad ya que no podía valerse en los menesteres del hogar— cayó enferma.

Aquella misma tarde me dirigí a la fábrica Mercader. Se trataba de un edificio viejo y destartalado que en sus orígenes había sido una masía o casa de campo, cuando aquella zona eran huertos y campos de cultivo.

El edificio de la fábrica estaba formado por un solo cuerpo cuadrado y en cada uno de sus ángulos se elevaba una torre circular con ventanucos que habían sido aspilleras, dándole a su factura un aspecto externo de castillo rural.

En su fachada tenía un amplio soportal corrido a lo largo de toda ella que sostenía una larga terraza superior con baranda de balaustres de alfarería rojiza. Varias grandes puertas daban a la terraza.

Todo estaba descuidado; algunos de los balaustres rotos, el color rojizo del edificio decolorado por los años de sol y las lluvias sufridas; la lepra del tiempo formaba, extendida por toda la superficie de los muros, extensos desconchados.

En el interior del cuerpo del edificio sólo se conservaban, de su primitivo destino, las paredes maestras.

Las columnas y pilares que sostenían la planta superior, algunos de ellos estaban reforzados por complementos de hierro para evitar el peligro de que la nave de arriba se viniera abajo.

Las antiguas paredes habían sido derribadas para aprovechar la superficie del edificio y, todo éste se había transformado en una carcasa o capuchón que cubría las distintas dependencias de la fábrica.

En uno de los ángulos posteriores del edificio habían sido colocadas las máquinas de cepillar madejas; cerca de la entrada que daba al patio de la fábrica, en un gran lavadero, la sección del cloro; al otro lado, la oficina de cristales blancos con ribetes grabados al fluorhídrico, las mesas barnizadas de oscuro y el silencio del escribiente que, en su trabajo, parecía una hormiga.

El escribiente miraba de soslayo a los obreros manuales de la fábrica. Era flaco, con el pelo engomado; calzaba zapatos brillantes y sólo hablaba, muy humilde y guardando las distancias debidas y respeto, con don Pablo, el yerno del dueño de la fábrica, el señor Domingo.

El dueño de la fábrica era un hombre lleno de grasa y prominente barriga, abrigada en invierno con un chaleco oscuro del que pendía, de uno de los ojales al bolsillo, la cadena de su reloj.

Vestía pantalón gris listado y chaqueta oscura.

Era pausado en sus movimientos, apacible de rostro y mirada escrutadora y reflexiva.

De vez en cuando, al hablar con alguno de los obreros, sonreía condescendiente y paternal.

Junto al cuerpo de la factoría se había añadido un ala lateral, cubierta, donde estaba el cuarto de los colores y, aparte, las barcas del tinte alineadas.

En otra sala estaban las máquinas de estampar madejas a mano.

Disponía de una puerta doble, de cristales en su parte superior, que comunicaba con el patio de la fábrica, donde se encontraba el cuartucho que servía de laboratorio al sobrino del dueño.

Y, cerca de los estampados, el pozo, donde la máquina funcionaba todo el día bombeando agua con monótono y metálico ruido.

Cuando fui a la casa Mercader en busca de trabajo, el portero, un viejo obrero, ya inútil para el trabajo, guardaba la puerta con fidelidad de mastín y me cerró el paso con bruscos modales, muy contrastados con los serviles que empleaba en su trato con el dueño.

Tuve que insistir con firmeza en mi propósito de hablarle al dueño de la industria para que, al fin, accediera a dejarme paso.

Encontré al señor Mercader en el patio, a pocos pasos del pórtico que daba entrada a la oficina.

Paseaba lentamente al calor suave de aquella tarde de sol, y había en su porte un aire ausente o pensativo.

Al verme avanzar hacia él y desconociéndome, se detuvo mirándome con curiosidad, en tanto metía los dedos pulgares en los bolsillos del chaleco cruzado por la cadena del reloj.

Estuvo escuchándome con la misma postura mientras le hablé pidiéndole trabajo y, a la vez, exponiendo la situación de mis padres que urgían de mi ayuda.

Escuchaba con curiosidad e interés sin despegar los labios finos y delgados.

Luego de hablar, me preguntó suave: «¿Cuántos años tienes?

». «Quince, pero dentro de unos meses cumpliré los dieciséis», le expuse.

«Está bien —асcedió—, ven el lunes a las ocho de la mañana».

Y con gran sorpresa de mi parte, condicionó: «No olvides que cuando cumplas los diecisiete años te despediremos».

«¿Por qué?», quise saber. Y me aclaró sin parpadear: «Al cumplir los diecisiete años habría que aumentarte tres pesetas el salario semanal.

Hasta entonces y desde el lunes que comenzarás a trabajar tu semanada será de dieciocho pesetas.

Ya lo sabes: el lunes, a las ocho de la mañana puedes comenzar a trabajar en la fábrica».

Regresé a mi casa muy contento, sin pensar en el cumplimiento del despido cuando alcanzara la edad advertida.

Un año, en edad temprana, suele parecer una medida de tiempo de larga duración.

Mi madre, al comunicárselo se alegró conmigo pero noté en sus ojos una chispa de tristeza, porque nadie mejor que los padres conocen el corazón de sus hijos y, advierten, por propia experiencia de la vida, cuán dura filosofía encierra la frase tan repetida de «ya ha comenzado a ganarse la vida».