Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero I #2
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I #2

Mi padre, ya por aquel entonces, era de avanzada edad, pues aventajaba a su esposa en unos veinte años.

Desde uno de los lados del comedor, a veces, le sorprendía mirando con reflexivo y apenado silencio a su compañera, a la que sabía que no podía salvar de la muerte.

El día en que el doctor Serrat que la asistía sin cobrarnos la visita, le dijo a mi padre que su esposa no podría curarse, cuando el doctor se hubo marchado, mi padre, en el recibidor, murmuró con la voz rota de pesar: « Es morirà !

...» y, echándose las manos al rostro —sus fuertes manos de hombre originario del campo—, comenzó a sollozar desconsolado como un niño.

En el fondo del piso, junto a los cristales de uno de los balcones, mi madre, sentada en el silloncito de mimbre, permanecía inmóvil, pálida, con su hermoso pelo negro vuelto grisáceo durante aquellos últimos meses de sufrimiento físico; resignada, con la mirada ausente, el perfil tornado afilado y sus ojos alumbrados siempre por aquella luz misteriosa que parecía el destello y reflejo de aquella otra del más allá que presentía pero, cuyo descubrimiento y aviso, para no causarnos dolor, nos ocultaba.

Al lado de la tienda de comestibles se hallaba la antigua lechería, con vacas en su establo que extendían hasta la atmósfera de la calle el penetrante olor del estiércol.

A su otro lado estaba la mercería y, frente a ésta, en la orilla opuesta de la calle, casi junto a mi casa, el portal del estrecho pasaje interior en el que se alineaban, a cada lado, unas casitas de planta baja y reducidas proporciones.

En una de ellas vivía la madre de Andrés, «el tonto», del que ella cuidaba.

A diario, después de la comida del mediodía, sacaba a su hijo a la acera exterior para que tomase el sol.

Lo sentaba en una silla baja, de enea y, el muchacho, con gesto torpón, doblado el cuerpo de lado, manoteaba de continuo y expresaba mudables visajes en su rostro, doblando grotescamente la boca.

A veces, se quedaba como alelado, inmóvil algún tiempo, como encantado, mientras, mansamente, recibía la caricia del sol con mansedumbre complacida y, apacible, dilataba con expresión maravillada las flores negras de sus ojos.

La mercera, fisgoneando desde detrás de los cristales de la puerta vidriera de su tienda, en las horas muertas, lo curioseaba todo y desde su mirador advertía los ademanes del disminuido que batía el aire con las palmas de sus manos, agitando los brazos, bañado por el sol reconfortador, y ella comentaba cuando había ocasión, con alguna de sus clientes: «No es tan lerdo como parece, el hijo de la señora Martirio.

Vea usted cómo se quita las moscas que le incomodan.

Mas no era así, como en su torpeza o malicia suponía.

Andrés, el pobre disminuido, sentía todo el oro luminoso del sol, cálido y amigo, acariciándole con piedad más generosa que las palabras hueras y los temerarios juicios humanos.

Agradecido, Andrés, inocentemente, adelantaba y tendía las manos como si entre sus dedos quisiera retener la luz de oro, el dulce calor del astro que, por igual, generosamente, se prodiga a todos los seres humanos, a jóvenes y ancianos, a las bestezuelas, al aire y los árboles, a la gota de agua del mar, al césped, a las flores y a los bosques, así como a todos los seres de la Tierra.

Al mediodía, sonaban de nuevo las sirenas de las fábricas.

Por los grandes portones de las factorías salían los trabajadores a puñados, disparados por las perdigonadas de la prisa. Los lugares de trabajo parecían antros de castigo de los que escapar.

De regreso a sus hogares o en dirección a las casas de comidas, pasaban lo mismo que un valioso caudal de agua por la calle donde yo vivía; lo mismo que si ésta fuese el cauce de uno de los múltiples ríos del diario esfuerzo humano.

Se les veía transcurrir, a muchos de ellos, con las ropas de faena, formando animados grupos que hablaban entre sí o bien en solitario, desperdigados y presurosos.

Mientras aguardaba la comida, a veces, me entretenía mirando desde el balcón a la calle.

Un día, descubrí algo que espoleó mi natural curiosidad y, a la vez me movió a la más reserva discreción.

La casa donde estaba la lechería quedaba situada enfrente de la mía, en la acera opuesta.

En lejanos años, el inmueble había sido una casa de campo y, sobre el portalón de arco con clave, se abría un pequeño balcón de baranda recomida por oxidada.

En el piso único, habitaba una chica que se llamaba María.

Sus ojos eran tristes e intensamente sombreados.

Miraba siempre las cosas con poca ilusión, como avergonzada de no ser tan linda como otras muchachas de su misma edad.

Salía poco de su casa. Veía el mundo de la calle por entre los visillos del balcón.

Se apostaba a un lado y recogía levemente el visillo blanco para mirar discretamente al exterior, como si el visillo se hubiese transformado en el párpado de su curiosidad.

Sorprendí que cuando, al mediodía, los obreros desfilaban por las aceras, el visillo se movía ladeándose un poco en el cristal.

El rostro de María, con los ojos crecidos por la impaciencia y la inquietud, buscaba entre los obreros que transcurrían por las aceras.

Luego, el visillo volvía de nuevo a cubrir el vidrio del balcón y María desaparecía en las interioridades del piso.

Días después adiviné el secreto de María: seguía con la mirada luminosa de ilusión, el paso de un muchacho de rostro alegre y el pelo rizado, prieto y negro que, vestido con un mono azul mecánico, pasaba a diario ante los ojos maravillados de la joven.

Sin que él lo sospechara, la mirada de la jovencita le seguía alumbrada de ilusión.

Ladeaba el rostro, poco a poco, prendidos sus ojos en el muchacho hasta que la cara de María quedaba totalmente de perfil en su seguimiento y el motivo personal, tan caro a sus ojos, desaparecía definitivamente del alcance de los mismos.

Después, los dedos soltaban el visillo blanco y María quedaba oculta de nuevo dentro del piso.

Nadie más, probablemente, conocía su delicado y hermoso secreto; solamente yo que, a mi vez, observaba desde mi balcón a ella y al muchacho cuando éste transitaba fugaz con el paso recio y firme de su pisada, camino de su hogar.

En la esquina con la calle Rogent, vivía en una planta baja el zapatero remendón con sus tres hijos.

Era viudo y su carácter casi siempre malhumorado.

Cuando transitaba de paso ante la puerta abierta de su vivienda, le advertía fugazmente, doblado sobre sí mismo reparando zapatos, sentado en el bajo escabel de su improvisado y mísero taller de remendón: la cara replegada por incontables frunces; el pelo despeinado, revuelto como su humor, caído en espesos mechones sobre la frente contraída con hostilidad, mientras con la cuchilla en una mano, recortaba el sobrante del reborde de cuero de la suela.

La vivienda era oscura y la puerta de la entrada, alta y estrecha, dividida en dos hojas de madera pintada color de chocolate, cuando nuevas y picaporte pintado de negro.

El taller del remendón quedaba en penumbra y, por lo mismo, trabajaba casi pegado a la entrada de la calle.

En el fondo del corredor, que daba acceso a las demás habitaciones de que constaba la vivienda, se recortaba un delantal de luz que alumbraba suficientemente para darse cuenta del abandono y penuria en que vivían el remendón con su familia.

Con frecuencia, al pasar de calle ante la puerta, que estaba casi siempre abierta, se oían los gritos airados del remendón que arremetía con voces y los latigazos de sus retorcidas blasfemias, desatada su cólera sobre sus hijos.

En realidad, el zapatero estaba recomido de ira exasperada y se mostraba, sin reservas, resentido contra todo, a causa de las muchas dificultades que tenía que sobrellevar para alimentar a sus hijos.

Sólo el mayor de los tres le trabajaba y, éste, había adquirido, como ante un espejo, idéntico carácter y comportamiento, mostrando igual malhumor y tan poco sentido de convivencia como su padre.

Era un mocetón robusto, ceñudo, con el pelo rebelde, encrespado y pelirrojo como una llama de fuego.

Cuando para ayudar a mis padres tuve que buscarme trabajo, el dependiente de la barbería de la calle Montaña, que era vegetariano y nudista los días festivos, así como entusiasta lector de la revista «Pentalfa» que publicaba el profesor Nicolás Capo, se interesó en encontrarme una ocupación entre sus clientes.

José, el dependiente de la barbería, se alimentaba con naranjas y pan integral que remojaba en un vaso de agua.

Me recomendó a uno de los clientes que se afeitaban en la barbería, el cual tenía la oficina de su negocio en unos bajos de la calle Fomento, donde acudí para hacer una prueba. Con gran sorpresa de mi parte fui aceptado. La paga era mensual y de 75 pesetas.

Corrí a decírselo a mi madre pero, ésta, aún alegrándose de que me hubiesen aceptado y de que el trabajo de meritorio era limpio y hasta cierto punto considerado distinguido y rebosante de hipotéticas promesas, respecto un futuro todavía más hipotético, lamentó que treinta días eran muchos para esperar el cobro de las 75 pesetas mensuales y consideró, aconsejándome, que mejor sería encontrar una ocupación en la que la retribución fuese semanal.

Fue la señora Josefa, nuestra vecina de rellano, obesa y blanda de carnes, que tenía tres hijos, dos muchachas y un chico de mi edad, la que me avisó de que en la casa Mercader, Tintes y Aprestos, de la calle Dos de Mayo, alquilaban chiquillos para trabajar.