Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero I
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Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero

Los días rojinegros: Memorias de un niño obrero

Por Joan Llarch

© inepub.com

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TEMPRANA LA MAÑAN A , los obreros iban despertando a los toques de las sirenas de las fábricas que, a diario y desde siempre, les llamaban a sus puestos de trabajo.

El barrio obrero cobraba vida y movimiento. Los hombres aparecían en las calles, con andares apresurados, calzados los pies con alpargatas y el paquete del desayuno apretado en el sobaco. Todavía las tiendas estaban cerradas; sin embargo, las panaderías y las tabernas habían abierto sus puertas.

En las frías mañanas de invierno, los obreros, encogido el pecho, plegadas como alerones las espaldas a causa del frío, andaban con las manos hundidas en los fondillos del pantalón para desentumecer los dedos con el calor del cuerpo como si éste fuera el único hornillo de su propiedad.

Se apremiaban para llegar cuanto antes a la fábrica.

Les importaba hallarse bajo techado, aunque las naves estuvieran heladas por la baja temperatura habida durante la noche. Sólo se libraban del frío trabajando.

Durante el recorrido que mediaba desde su hogar hasta la fábrica, se orientaban del tiempo que iba transcurriendo, no por el reloj —que los más no lo llevaban—, sino por las sirenas que, en la atmósfera, resonaban graves, desgarrando a jirones el despertar de la mañana.

Las sirenas estremecían el aire con distintos sones: unas próximas, potentes y resonantes; otras, más lejanas.

Cada sirena o silbato tenía un sonido peculiar y era como la voz de la fábrica a la que pertenecía: la sirena de la fábrica de cerveza Damm, de la Rius, Quera, Casas o Parsos, en el vecino Pueblo Nuevo [*] ; el agudo silbato, estridente, con su plumero de vapor a cada toque, de la casa Mercader, Tintes y Aprestos, de San Martín (Clot), en la calle Dos de Mayo.

Parecía lo mismo que si el espacio estuviera poblado de un bosque invisible formado de tubos grandes y pequeños, cortos y largos; como si fuesen las voces de un órgano potente que, a diario, pulsada la clave de su teclado, elevaba un himno al trabajo cotidiano que impulsaba el progreso de toda la Tierra.

Cuando el himno terminaba con el estertor del bramido poderoso de la última sirena, ya todos los obreros estaban en sus puestos de trabajo: en las máquinas, en las barcas del tinte, en la nave del cloro o en las salas de estampados.

Al callar las sirenas, millares de manos, en todo el barrio obrero, se ponían en inteligente movimiento, trabajando en silencio como los hombres a las que pertenecían.

Giraban veloces las poleas en los embarrados; las correas, en su camino sin fin, transmitían actividad y energía.

Los tintoreros iban arriba y abajo con los grandes tazones de cobre y largo mango de madera, removiendo el baño de color contenido en las barcas, en cuyo líquido iban a sumergirse las madejas de algodón.

Calzaban zuecos rellenos de paja para acolchonar las plantas de los pies desnudos y volver más muelle y tolerable la dureza del interior del zueco de madera.

Las madejas, metidas en los ejes cuadrangulares de madera muy recia, se iban entintando en el baño; giraban un cuarto de vuelta a cada vaivén de la cinta cremallera accionada por el piñón acoplado en el extremo de cada uno de los ejes.

La cremallera metálica, de múltiples dientes, era una larga dentadura horizontal ennegrecida por el sebo, riéndose monótona en su infatigable vaivén, de continuo repetido: «¡Ziz-zaz... ziz-zaz... ziz-zaz... ziz-zaz...!», todo el día, todas las semanas, todos los meses y, hasta años.

La fábrica trepidaba; se apoderaba de ella un temblor de actividad febril que vibraba en los vidrios sucios de las ventanas rejonas, protegidos sus cristales por finos tejidos de alambre, oxidado y ennegrecido por el polvo.

La fábrica semejaba un organismo con todas sus secciones articuladas, dependiendo del cerebro regulador cobijado en el cráneo que eran las antiguas oficinas de elevados pupitres e inclinada superficie barnizada, sobre la que, el escribiente, con manguitos y camisa de cuello duro, almidonado y brillante, trabajaba acogotada la cabeza peinada con fijapelo y el trazo de una raya en su peinado, tan correcta como su impecable caligrafía inglesa.

Todo cumplía su función y estaba subordinado a un plan de producción condicionado: accionaban las máquinas de cepillar, se deslizaban las pesadas carretillas de madera con ruedas de hierro; demostraba, por centésima vez, la prensa hidráulica, el poder hercúleo de su costillaje de hierro fundido; su velocidad, la centrifugadora de enorme escurridera de cobre perforado, escupiendo en su rotación el agua de las madejas hasta su secado y, en el interior de la nave de las barcas del tinte, de vez en cuando, una vaharada de vapor se extendía por el aire, o llegaba del cuarto de evaporación el soplo irritante del ácido que, como mordiente, fijaba los colores estampados en las fibras de algodón.

Los hombres, en tanto, iban de aquí para allá, lo mismo que si la fábrica fuese un colosal laberinto de piedra y maquinaria, en cuyo interior los trabajadores discurrieran más de la tercera parte del tiempo de toda su vida.

A la llegada del crepúsculo, cuando moría la tarde, el cielo sobre el barrio obrero, estallaba en rojos esplendores, creciendo y extendiéndose sobre los tejados y las abiertas galerías con las humildes banderas de sus ropas tendidas al oreo y emergían por encima de todos los hogares las columnas verticales de las chimeneas de las fábricas.

Comenzaba a anochecer y, al mismo tiempo, el espacio se impregnaba de un rojo cada vez más intenso y profundo, casi sangriento, en su tránsito fugitivo hacia el azul oscuro, el violeta, y el lila profundo, hasta alcanzar el azul definitivo de las tinieblas de la noche en la que centelleaba el triunfal e indiferente esplendor de las estrellas.

Pero, aquellos rojos cendales, antecesores de cada crepúsculo, sobre el barrio obrero y la ciudad entera eran, sin que nadie lo sospechara, lo presintiera ni adivinara, un signo, un aviso, una premonición y la advertencia del gran dolor de un inmediato futuro: el anuncio de la trágica hoguera de la guerra que se avecinaba: la señal anticipada y profética de un gran fuego que asolaría a la nación.

Desde tiempo, el fuego yacía soterrado, más existente: faltaba, empero, un leve soplo más de ira, para que las cenizas que cubrían las chispas de los tizones de la discordia.

ya encendidos, se aventaran y brotasen de ellos las llamaradas de la furia y la violencia desatada, transformándose en banderas y estandartes de violencia y exterminio, enfrentando a todos los hijos del pueblo a una lucha abocada a todas las grandezas, humillaciones y sacrificios de las épicas tragedias que eslabonan la evolución y sacrificio de los hombres de nuestro pueblo.

Las calles del barrio obrero en el que yo vivía, eran humildes como sus moradores.

Delante de mi casa estaba la del herrero. Cuando regresaba de la escuela, con la cartera de los libros en una de mis manos, solía detenerme en la puerta de la herrería. Me sentía atraído por su interior oscuro donde relumbraba el fulgor de la fragua encendida.

El herrero era un hombre alto, fuerte, de brazos poderosos; pelo rizoso y negro que en brillantes caracoles o vivientes áspides se derramaba sobre su frente sudorosa y obstinada con frunce natural.

Cuando se daba cuenta de mi presencia, para complacerme, tiraba de la soga del fuelle y brotaba de la fragua un bufido que abrillantaba los carbones encendidos.

Me parecía que, en la fragua, cada una de las brasas de carbón era una joya, un puñado de rubíes centelleantes en los que el hierro, al rojo vivo, en la mano fuerte del herrero brillaba en las tinieblas de la herrería lo mismo que una varilla mágica descansada sobre el yunque.

El martillo, agarrado con firmeza, comenzaba a golpearla.

A cada martillazo saltaban chispas en el aire. La oscuridad de la herrería se llenaba de sonoridades y de luces fugitivas que se desvanecían y borraban con igual prontitud como nacían.

Cantaba el yunque del herrero a su martillo; vibraba la herrería repleta de sonoridades metálicas y armoniosas en sus altos y bajos repetidos y escalonados y, los sones, volando, se iban por la puerta de la calle.

En la entrada de la herrería, yo, escuchaba todo ojos con la atención prendida.

Al terminar, el herrero me miraba con satisfecho orgullo de la admiración que resplandecía en mi rostro de chiquillo.

Jamás se cruzaba palabra alguna entre nosotros. Éramos amigos sin habernos hablado. Después, me iba; cruzaba la calzada de la calle y entraba en mi escalera por la que subía hasta el piso donde vivía con mis padres.

Algunas veces, desde el balcón de mi casa, veía a la anciana madre del herrero, apostada detrás de los vidrios del suyo, sentada mirando a la calle, siguiendo distraídamente el paso de un caballo tirando del carro lento y traqueteante o el paso de algún camión de transporte.

A la llegada del invierno desaparecía del lugar acostumbrado. Sobreentendía, con ello, que estaba indispuesta y en cama. Cuando la madre del herrero estaba enferma, su hijo asomaba al balconcillo y, con un bote de agua de la cocina, regaba el geranio de su madre con solícito cuidado.

Me causaba una alegre y secreta complacencia el solícito esmero del vecino por el contraste entre su corpulencia y aparente adustez de carácter y el sencillo menester de regar las flores de su madre con tanto mimo.

Junto a la casa del herrero estaba la tienda de comestibles de las dos hermanas solteronas.

Fueron ellas las que, cuando mi pobre madre cayó enferma de la grave enfermedad que me la quitó para siempre, cuidaron a diario, sin olvidarse una sola vez, de aplicarle las inyecciones de morfina con las que acallar las mordeduras del implacable dolor que la recomía uno de los senos.

A la hora exacta, la más joven, dejaba la tienda y sus clientes al cuidado de su hermana.

Piadosamente, acudía a aplicarle a mi madre la inyección que la adormecía el dolor.