Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 29 de junio #2
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29 de junio #2

Fue entonces cuando los ojos enrojecidos de la señora Wade comenzaron a desorbitarse, una señal reveladora que hacía mucho tiempo que había aprendido a interpretar como Muy Peligrosa. Era hora de huir; al diablo con el pobre volumen de Jane Eyre .

—Querido, creo que debemos irnos. La señora Wade es una mujer muy ocupada.

—Por supuesto.

Y apareció a mi lado enseguida, le besó la mano a la señora Wade y me empujó hacia la puerta sin darme tiempo siquiera a despedirme.

La señora Wade se quedó donde estaba, mirándonos de hito en hito y con el retrato de su difunto padre en las manos.

Jack continuó charlando animadamente mientras me guiaba hacia el exterior del edificio, a través de los jardines y hasta el otro lado de la verja, que cerró con firmeza a nuestra espalda.

—Bueno, querida.

—¡Jack! ¡Es usted terrible! ¿Y todo para qué?

Y con su sonrisa de felino salvaje, se sacó de la chaqueta tres volúmenes de una Jane Eyre bastante ajada.

—Para esto.

—¡Lo ha conseguido!

—Por supuesto, pain au chocolat —respondió volviendo a meterse en el papel.

Le pegué. Cogí uno de los volúmenes y se lo estampé con fuerza en la cabeza.

(Eso lo convierte en el tercer hombre en menos meses al que he agredido con un libro).

Luego, le di un beso en la mejilla.

Echamos a andar con gran prisa hacia la estación de tren.

—Ha sido la cosa más loca que he visto en mi vida —le dije mientras atravesábamos un campo—. ¿Se da cuenta de que jamás podré volver a presentarme ante esa mujer?

—En cuanto se tome el té, todo irá bien.

—Jack, por mucho que admire su fe inglesa en que el té es capaz de solucionar cualquier problema, no creo que logre compensar lo que acabamos de hacerle pasar.

—¿El té? Por supuesto que no. Pero, mientras estábamos en su despacho, le he echado en la tetera un pellizco de un polvo que provoca alucinaciones leves. No seremos el sueño más extraño que haya tenido antes de que termine la tarde.

—¡Ha drogado a la señora Wade!

—Un poco. No me mire así. No le pasará nada. ¿Y usted? Relegada a las extrañas expresiones subconscientes de su mente. Dudará de su propio juicio y no se atreverá a creer que hemos venido de verdad. Es obvio que esa mujer no ha recibido una sola visita en todo el verano.

Y, ante eso, no me sentí solo enormemente culpable, sino también muy triste.

Le lancé una mirada asesina a Jack para mitigar la culpa abominable.

Él, a cambio, me lanzó su sonrisa de profesor.

—Enviaremos a nuestros hijos a esa escuela.

Le di un papirotazo en la oreja.

Una vez acomodados en el tren, Jack sentado frente a mí para el trayecto de vuelta, dije:

—¿Cómo es posible que Mary pueda permitirse sus servicios, señor Jack Hollingstell? He sido testigo de sus talentos y no me cabe duda de que se mueve en aguas peligrosas. ¿Por qué finge ser primo de Mary cuando estoy segura de que le paga mucho menos de lo que acostumbra a cobrar?

Jack, mirándome con expresión divertida, respondió:

—No te preocupes por eso, calabacita. Es mejor que las esposas miren para otro lado.

—Es usted una rata —repliqué. Luego, dado que Mary es mi mejor amiga, añadí—: No se le ocurra hacerle daño. Ni tocarla. Y no necesariamente en ese orden. ¿Me explico?

Y entonces me estudió durante un buen rato.

—Tengo la sensación de que no conviene enemistarse con usted, Emma M. Lion. Me comprometeré a mantener a Mary a salvo y…, bueno, intacta si me promete una cosa.

—¿Qué cosa?

—En algún momento del futuro, le pediré un favor. Debe decir que sí sin reservas. ¿Trato hecho?

El viaje en tren había adquirido un carácter faustiano en muy poco tiempo.

—Es un acuerdo absurdo —respondí.

En aquel momento, Jack se quitó los anteojos, se desató la corbata y, con unos cuantos retoques más, abandonó a mi dulce paleontólogo; sentado ante mí en carne y hueso, apareció el apuesto depredador.

—Creo que usted es más consciente que Mary de que me dedico a cosas peligrosas con gente peligrosa.

Hágame esta promesa y me aseguraré de que Mary se mantenga al margen.

Si no me la hace, no puedo prometerle que su amiga no se vea involucrada en algo que tal vez la haga sufrir.

No la estoy chantajeando —agregó al ver la cara que puse—.

No pretendo hacerle daño a Mary. Créame.

Soy peligroso, no malvado. Lo más probable es que no le ocurra nada.

Pero tengo los medios para garantizar su total seguridad.

—¿Unos medios que solo intercambiará por un favor?

—No puedo permitirme trabajar gratis, señorita Lion. No todos somos duques.

La referencia me alarmó y, tras pensarlo un momento, supe que solo podía hacer una cosa.

—Le haré una contraoferta —respondí.

Ladeó la cabeza en un gesto de interés.

—¿Sí?

—Le prometo dos favores si…

—¿Dos?

Y se echó a reír.

Levanté el dedo como una maestra de escuela.

—He dicho «si». Si su protección se extiende a mis familiares y amigos; a Islington, por ejemplo. No permitiré que usted y sus ardides perjudiquen a quienes forman parte de mi círculo. ¿Le ha quedado claro?

—¿Y usted me ofrece dos favores a cambio?

—Sí.

—Son muchas personas por solo dos favores.

—Mi tía Eugenia conoce a Howard Vincent —repliqué—. Y, aunque tener a Scotland Yard pisándole los talones no interrumpirá cualesquiera que sean sus actividades, sí que resultaría de lo más inconveniente.

Entrecerró los ojos y sonrió.

—Acepto.

—Sellémoslo con un apretón de manos.

Y así lo hicimos.

Ahora Jack está recostado con comodidad, mirando por la ventana, con el lobo bien escondido bajo la piel del cordero, y yo estoy escribiendo, preguntándome en qué narices me habré metido exactamente.