29 de junio
El campo en junio es absolutamente magnífico. Todo ese verde, tal como se ve a través de la ventana de cristal de un tren, tiene algo que te hace sentir como si fueras el personaje de un libro. El mío sería una tragicomedia.
Vivir entre tanta belleza… Mi confianza en Lapis Lazuli se tambalea. Lo justo.
Ya está, la he reforzado pensando en cerdos en el jardín campestre.
No tengo intención de satisfacer a mi banquero vendiendo la casa y mudándome a una más pequeña en el campo.
No obstante, ¿tener una casita de campo y Lapis Lazuli House?
Bueno…
Sería soportable.
Es media tarde y Jack y yo vamos cada uno sumido en nuestros propios pensamientos, con la primera edición en tres volúmenes de Jane Eyre colocada con gran esmero a mi lado.
Me ha complacido encontrar mi nombre al final del tercer volumen, seguido de las siete marcas que señalan las veces que leí la obra de principio a fin. Querido queridísimo libro.
¿Cómo se ha producido su rescate? No estoy del todo segura.
Es más, no tengo claro si quiero estarlo.
He pagado caro este viaje.
Cuando Jack y yo nos encontramos en la estación de tren, fue como si me hubiera topado con una persona del todo distinta. La farsa de hacía dos noches no era nada en comparación con aquel personaje tan bien construido de esposo culto, complaciente y un tanto extraño.
—Hola, querida —me saludó, y luego me cogió el paraguas y me dio un beso en la mejilla.
—En serio, Jack —respondí.
—Siempre te quejas de que paso muchas horas dando clases en la universidad. Hoy voy a tomarme el día libre para estar contigo, así que sé buena y disfrutemos de este tiempo juntos. Cuando llegue el pequeño Jackie ya no tendremos tanta libertad, ¿verdad?
Su habitual sonrisa pícara me resultó tan ridículamente tierna que no pude evitar reírme y seguirle el juego.
El trayecto en tren fue bastante agradable.
Lo pasé mirando por la ventana mientras Jack leía el periódico con detenimiento.
No se salió del papel en ningún momento.
Cada movimiento, cada vez que se aclaraba la garganta y se recolocaba los anteojos con el dedo corazón, era una interpretación sin igual.
En un momento dado, levantó la vista y dijo:
—¿Has preparado los sándwiches, cariño?
A lo que respondí:
—Oh, bizcochito, creía que ibas a invitarme a un almuerzo temprano en el Rose and Eagle. Me hacía muchísima ilusión.
Fue entonces cuando una levísima grieta resquebrajó la fachada profesional de Jack. La sonrisa le desapareció y le reapareció en el rostro tres veces en medio segundo. Se llevó la barbilla hacia el pecho, me miró por encima de los anteojos y dijo:
—¿Bizcochito?
A lo que respondí:
—Los términos cariñosos pueden ser muy particulares de cada pareja, ¿no te parece?
Un destello del Jack de siempre le iluminó los ojos.
—Sin duda lo son, mi hada de azúcar.
Estuve a punto de pellizcarle la nariz.
El almuerzo en el Rose and Eagle fue delicioso. Jack, al ver mi determinación de «darme un buen banquete», pidió extra de todo. Y un buen banquete me di, la verdad.
—Vas a marearte en el tren —predijo.
—Jamás —repliqué—. Además, mi banquero me ha aconsejado que me aproveche todo lo posible de los demás. Forma parte de mi plan para ganar solvencia.
—Oh, no es necesario que te preocupes por los gastos, mi tartaleta de cereza. El deber de un hombre es el deber de un hombre. En esa cabecita tan bonita que tienes solo puede haber cosas igual de bonitas.
Fue en ese preciso instante cuando casi se comete un mariticidio en el Rose and Eagle.
Resultó que me había casado con un paleontólogo cuya especialidad era «Los Animales Extintos y la Iglesia Anglicana».
Tiene varias teorías creíbles acerca de la posible relación entre ambos, y me descubrí rogándole que parara.
Se sonrojó, sonrió y, después de rozarse las comisuras de los labios con la servilleta, dijo:
—Tienes razón, querida. Debería reservar tales reflexiones para mis clases. Bien, hablemos de esa antigua escuela tuya. Paremos allí para que pueda verla con mis propios ojos.
Y allí paramos.
Fortitude seguía tal como la había dejado tres años antes: intimidante y un tanto destartalada.
Las verjas de hierro —pintadas de marrón, sí, y la pintura se está descascarillando— estaban cerradas a cal y canto.
Jack se apoyó en ellas con una sonrisa mientras decía algo acerca de la «integridad paleontológica del registro fósil» y, con apenas un movimiento ligero de los dedos y una pequeña piqueta de metal, la cerradura saltó.
—Parece que el jardinero se ha dejado la verja abierta —dijo—. ¿Lo intentamos, pastelito de frutas?
Los jardines me conmovieron. Debía de haber siete briznas de hierba más que la última vez que estuve allí.
No tardamos mucho en hallarnos dentro del vestíbulo.
La capacidad de Jack para fingir interés excede cualquier capacidad humana.
Fue en el momento en el que se emocionó con el tipo de mortero empleado en las piedras y se volvió hacia mí con una expresión radiante cuando al fin comprendí por qué Mary estaba dispuesta a… Bueno, a tratarlo siquiera.
—Ven, golosina —dijo—. Veamos si la señora Wade está en sus aposentos.
Dichos aposentos estaban situados en el extremo sur del pasillo oeste, y no habíamos recorrido ni la mitad del camino que conducía a ellos cuando una voz gritó:
—¡Quién Anda Ahí!
Jack, al notar mi reacción de mastín —músculos tensos y propensión a morder—, me sujetó la mano enhebrándosela por el brazo y, con una sonrisa, gritó:
—El señor y la señora John Hollingstell, para ver a la señora Wade.
La puerta al final del pasillo se abrió con un chirrido y, para horror de los horrores, mostró una figura alta y corpulenta que se alzaba como un espectro bien alimentado.
—¿Quién? —Y luego, al verme—: ¡Oh, no!
—Hola, señora Wade.
—¡¿Qué hace usted aquí?! —gritó.
Para entonces, había agarrado el formidable paraguas negro que tenía cerca de la puerta y me lo estaba blandiendo en la cara.
Era asombroso lo mucho que se parecía aquello a muchos otros días de colegio.
Estuve a punto de darme la vuelta, convencida de que no iba a salir nada bueno de todo aquello, pero atisbar la llave que llevaba colgada al cuello en una cadena me animó a seguir adelante.
—Señora Wade, mi esposo y yo…
—¡Fuera, demonio! ¡Vuelve a las llamas del infierno!
Pero, en ese fatídico momento, Jack dio un paso al frente y, no sé cómo, de repente tenía el paraguas en la mano y los labios pegados a la de la señora Wade.
—Mi querida señora Wade, es a usted a quien debo agradecerle el haber moldeado una esposa tan dócil y dulce en mi nombre.
De hecho, cuando no estoy dando clases en la universidad o tomando el té con el arzobispo de Canterbury, siempre puedo volver a un hogar acogedor mantenido con gran esmero por mi queridísima Emma.
El arzobispo está muy impresionado. ¿Podemos pasar?
Y para dentro que fuimos.
La señora Wade tenía cara de querer protestar, pero no paraba de repetir:
—¿Dócil? ¿Dulce? ¿El arzobispo de Canterbury, dice?
—Té, sí, claro —contestó Jack, y nos tuvo a los tres sentados antes de que supiéramos siquiera qué había pasado—.
El arzobispo está muy interesado en mis teorías sobre Los Animales Extintos y la Iglesia Anglicana.
Ciencia y Fe, señora Wade. ¿Acaso no van de la mano?
Sin duda, el arzobispo cree que sí. ¡Y seguro que usted también, siendo educadora de primer grado!
Verá, le he hablado de usted como inspiración de la imperecedera felicidad de mi esposa.
Felicidad, claro.
Continuó hablando sin parar, haciéndole ojitos intelectuales a la señora Wade, y esta permaneció sumida en un estupor desconcertado mientras abría y cerraba la boca solo de vez en cuando. Porque ¿cómo se discute con el arzobispo de Canterbury?
No se discute, sin más.
Fue en ese momento cuando Jack desvió su atención hacia una mariposa gastada y raída enmarcada en la pared.
—¡Vaya, señora Wade, es un espécimen excelente!
¿Es usted lepidopteróloga? ¿Me permite echarle un vistazo?
—Se levantó y no dejó de hacer comentarios halagadores mientras la contemplaba a través de los anteojos.
A continuación, pasó al segundo objeto de la habitación—: Emma de mis amores, fíjate en este precioso grabado de flores silvestres.
Oh, señora Wade, es usted todo lo maravillosa que Emma me ha dicho que era.
Esta estancia es el reflejo de una mujer refinada. De pensamiento elegante.
El problema era que ya había estudiado los dos únicos elementos decorativos de la habitación.
Me recosté en la silla y, arqueando una sola ceja, lo desafié a encontrar algo más que elogiar. Fue en ese momento cuando dirigió sus eruditas atenciones hacia el escritorio, el escritorio que tiene el Cajón con Cerradura.
—¡Señora Wade! ¡Qué gran obra de artesanía!
Aquí es, deduzco, donde lleva a cabo su trabajo de inspiración y disciplina.
Caramba, es una preciosidad. Y la superficie está muy bien alisada, como se recomienda.
La muñeca, señora Wade, es el instrumento más esencial que tiene un hombre o una mujer de cultura.
Piénselo. ¡La muñeca! He escrito una serie de artículos sobre el tema.
—Entonces sonrió—. Usando la muñeca, por supuesto.
La llamo «La Herramienta Indispensable».
Y, en ese momento, movió la muñeca a uno y otro lado y tiró al suelo una fotografía enmarcada.
Aquello sacó a la señora Wade de su estupor.
—¡Oh, cielos, mi padre! —exclamó.
Me puse en pie de un salto para recoger el malhadado retrato y, al levantarlo —por suerte, el cristal no se había roto—, se lo llevé a la pobre señora Wade.
A aquellas alturas, hasta yo sentía una tremenda compasión por ella.
Mientras la mujer inspeccionaba el estado de la fotografía, la voz de Jack me llegaba desde detrás del escritorio diciendo cosas como:
—Dios mío, qué desastre. ¿Se ha roto? Lo siento muchísimo. Menudo lío.