28 de junio
Anoche me quedé dormida sentada al escritorio y solo recuerdo vagamente haber llegado a tientas hasta la cama para echarme. Esta mañana llueve y hace frío en mi buhardilla. Estoy envuelta en una manta y tengo otra alrededor de los pies. Bueno, ¿por dónde iba?
Un Relato del Cónclave. Continuación…
Cuando entramos en Lapis Lazuli House, los tres nos detuvimos por instinto, pues una melodía apacible y evocadora brotaba de la cocina.
Agnes, creyendo que estaba sola, se había puesto a cantar.
Era una balada alegre que terminaba de forma triste, con la joven doncella obligada a casarse con el hombre equivocado. Cuando terminó, dije en voz alta:
—Agnes, hemos vuelto.
Salió con una sonrisa por haberse pasado el día cocinando cosas dulces. Tenía el vestido cubierto de harina. Pero, cuando vio a Islington, se puso muy colorada y se llevó las manos al cabello color paja.
—Ay, Dios.
—Ay, duque, mejor dicho —respondí—. Agnes, este es el duque de Islington. Va a unirse a nosotras. Iremos al salón de recibir a esperar la llegada de las Janes. ¿Podrías servirnos un té temprano?
—Sí. Sí, no. O sea, sí. Tengo que cambiarme.
Iba a hacerlo en este instante para estar presentable cuando las mujeres llegaran, pero no sabía que traería a alguien, y menos a un hombre…
Bueno, excepto al señor Pierce, pero aún no ha regresado y pensé que me daría tiempo a adecentarme para el servicio y no avergonzarla, sino hacerla sentirse orgullosa.
Se interrumpió para coger aire.
—Cielos, Agnes, no te preocupes tanto. Ve a cambiarte, tómate todo el tiempo que necesites.
Entonces miró al duque en busca de confirmación. ¡Figúrate! En mi propia Lapis Lazuli.
Como si su título tuviera autoridad dentro de estas paredes.
Jamás.
Hablaré con ella al respecto.
—A uno no le apetece tomar té justo después de regresar del parque, como es el caso —dijo él con gentileza—. Siempre prefiero disponer de un rato para ponerme cómodo. Me ha hecho un favor tremendo.
Y sonrió a Agnes con una consideración tan cordial que Mary y yo fuimos testigos de cómo Cupido tensaba el arco y le clavaba una flecha en el corazón a la muchacha; rápida e inmediata. Ella sonrió, hizo una reverencia, soltó una risita y volvió corriendo a la cocina.
—¡Cielo santo! —exclamé mirando a Islington—. ¿Suele tener ese efecto sobre las mujeres?
Mi pregunta lo tomó desprevenido y, por un brevísimo instante, pareció verdaderamente turbado. Sin embargo, se recuperó con facilidad y respondió:
—Solo en las jóvenes cocineras escocesas. Al parecer.
—No viaje al norte, entonces —dijo Mary—. Pondría todas las casas patas arriba.
Entramos en el salón justo cuando sonó el timbre. Mary asumió el gobierno de la estancia sin decir una palabra y fue a abrir la puerta mientras yo le indicaba a Islington que se sentara junto a mí en un rincón.
—Es mejor que nos mantengamos al margen —le expliqué cuando se acomodó a mi lado.
El duque canalizó su diversión hacia una mirada de interés de un modo digno de admiración.
—¿Podría preguntarle quiénes son exactamente las Jane Eyres?
Así las cosas, le ofrecí un breve relato de la vida en Fortitude, escuela preparatoria para señoritas. Me escuchó sin interrumpirme mientras le hablaba de nuestra vida allí y compartía con él algunos percances divertidos y la importancia de nuestra primera edición en tres volúmenes de Jane Eyre .
—No puede imaginarse lo que Jane significaba para todas nosotras, atrapadas en aquel lugar con el tiempo como único guardián que nos permitiría salir. Y ahora se la han arrebatado a todas esas pobres chicas.
—¿Por qué no se limitan a facilitarles otro ejemplar? —preguntó.
—Es una cuestión de principios. Y de historia.
La mitad del consuelo provenía de sentir cuántas veces habían leído aquel libro antes que tú…
¡y de ver la interminable lista de chicas que habían conseguido salir de allí!
Ellas habían sobrevivido y sus nombres, aún escritos en las últimas páginas del libro, eran testimonio de que nosotras también resistiríamos y crearíamos una vida distinta por completo a aquella para la que nos habían preparado.
Las comisuras de los labios se le curvaron en la más efímera de las sonrisas.
—Así que ¿las Janes tienen que encontrar la manera de recuperar el Jane Eyre original de manos de la temible señora Wade?
—Esa es la esperanza.
La estancia iba llenándose de mujeres de todas las edades que se saludaban, que lanzaban exclamaciones.
Me pareció que habían venido casi todas.
Mary estaba aún contándolas cuando alguien se sentó en la silla de mi izquierda.
Me volví y noté que la sonrisa que tenía en la cara bajaba varios grados de temperatura.
—Jack.
Y el apuesto reptil tuvo el descaro de mostrar los dientes al sonreír.
—Señorita Lion.
—¿Qué está haciendo aquí?
—Me enteré de lo que estaba ocurriendo y pensé que me gustaría presenciar el evento.
—¿Le ha invitado Mary?
—No.
Una declaración Muy Reconfortante.
Y, luego, continuó:
—Mary me lo mencionó, pero me enteré de que iba a suceder por medio de una fuente muy distinta.
Una declaración Nada Reconfortante.
—¿Cómo es posible que se haya enterado?
—Mi trabajo se basa en el conocimiento, señorita Lion.
—Alarmante e Impresionante —contesté al ver que la última Jane había llegado y estaban colocando los muebles en círculo—. Hablando de conocimientos, creía que se había marchado de Londres.
—Volví ayer. Por suerte para usted. —Y, a continuación, añadió—: ¿Va a presentarme a su pretendiente?
En lugar de ofenderme por el término, respondí:
—¿Debo hacerlo?
El duque nos miraba por el rabillo del ojo y no había necesitado más de un instante para hacerse una idea clara de qué tipo de hombre era Jack. O, al menos, eso supuse, porque adoptó esa actitud distante que solo la aristocracia es capaz de perfeccionar de verdad.
Decidí mentir.
—Jack, este es Neville Cross. Neville, Jack Hollingstell.
Jack estiró el brazo por delante de mí y le tendió la mano.
—Es un placer conocer al duque de Islington en persona.
El duque no se la estrechó y Jack, sonriendo, giró la mano hacia arriba para mostrarle la palma. Allí estaba el reloj de bolsillo de Islington.
Este, hay que reconocerle el mérito, dejó escapar un sonido divertido y levantó el reloj de la palma abierta de Jack con un ademán seguro.
Fue entonces cuando Mary dio comienzo a la reunión.
Lo que siguió fue maravilloso y extraño a la vez.
Como única Currer Bell presente, tomé notas con gran diligencia: dieciséis páginas enteras.
Lo primero fueron las presentaciones, empezando por la primera Jane, que lleva una vida holgada en Mayfair, y terminando con la decimotercera, que se había desplazado hasta Londres con ayuda de su hermano y sin que sus padres lo supieran.
Tenía los ojos rojos de tanto llorar y las demás Janes se unieron para consolarla compartiendo todas sus cuasicatástrofes.
—Ha sucedido lo que siempre supimos que sucedería —sentenció Mary en un momento dado—, y ahora debemos decidir qué hacemos.
Absorta como estaba en mis notas, apenas podía espiar a mis dos insólitos compañeros.
Jack era todo comodidad regalada, totalmente recostado en la silla, con la barbilla levantada, los brazos apoyados detrás de la cabeza y observando el proceso con una media sonrisa y la vista aguzada.
La postura del duque era más atenta, con una pierna cruzada sobre la otra, los brazos entrelazados y una mano levantada de tal manera que el pulgar se le hundía en la barbilla mientras que el índice le descansaba sobre los labios.
Cielos. Sin duda parece que no le quitaba ojo.
No era así.
Las Notas Abreviadas de la Sociedad Jane Eyre
La primera media hora fue una reunión improvisada sobre el propio libro.
Resultó ser nada menos que deliciosa. ¡Qué cantidad de pasajes memorizados entre aquellas trece mujeres!
Para sorpresa de todas las sorpresas, la cuarta Jane afirma que su compañera de cuarto (y Currer Bell) creía que ¡St. John Rivers habría sido más adecuado para Jane que el señor Rochester!
La sensación de consternación generalizada sí fue adecuada.
La segunda media hora se dedicó a comparar las marcas del interior de los libros.
Por Ejemplo: ¿quién era la responsable de la mancha de mermelada seca en la página setenta y tres?
Nada menos que la hermana de la segunda Jane, que nunca podía leer sin estar comiendo ni comer sin estar leyendo.
Por lo visto, ahora es una mujer corpulenta que vive en Bristol y tiene una biblioteca bien surtida.
Todas coincidieron en que era una vida plena.
La tercera media hora se fue en el relato de la traición que había sufrido la decimotercera Jane; un momento solemne, desde luego.
La cuarta media hora fue una exploración de cómo recuperar el libro y restablecer la Orden de las Janes.
Al igual que la quinta. Nadie propuso una forma de actuar que no se descartara al instante por un motivo u otro.
Se plantearon todas las sugerencias posibles, pero, salvo que quemaran Fortitude hasta los cimientos, Jane Eyre iba a permanecer en el Cajón con Cerradura hasta el fin de los tiempos.
Fue entonces cuando Jack el Libertino se atrevió a interrumpir el círculo. Trece Janes se volvieron en silencio para mirarlo con desprecio. Casi sentí la necesidad de extender un brazo protector. El duque, que milagrosamente seguía sentado a mi derecha, frunció el ceño con interés.
—Mis queridas Janes —comenzó Jack con su sonrisa de felino salvaje—, han tanteado el soborno, el incendio provocado y el chantaje como opciones viables para recuperar su preciado libro.
Dado que todas ustedes son principiantes en el arte del engaño, ¿me permitirían ofrecerles una sugerencia que, tan avezado como estoy en todo lo escandaloso, me siento cualificado para llevar a cabo?
—¿Qué has pensado, Jack? —preguntó Mary.
—Es simple. Como marido de una antigua alumna de Fortitude, mi esposa y yo pedimos que nos dejen acceder a la escuela y nos las arreglamos para entrar en el despacho en cuestión con el cajón en cuestión.
Una vez que se cree la distracción adecuada, fuerzo la cerradura, saco los libros y nos vamos. Sencillo y elegante.
—¿Pretendes que me haga pasar por tu esposa? —preguntó Mary con el ceño fruncido de preocupación.
—No, Mary. Tú eres una opción demasiado obvia. Ustedes mismas han dicho que el nombre de las Janes figura en el primer volumen. Tiene que ser una antigua alumna que no pertenezca al círculo sagrado del que ustedes forman parte.
Fue entonces cuando todas las miradas se volvieron hacia mí.
Creo que, de forma muy razonable, respondí:
—¡Por encima de mi cadáver fingiré ser su esposa! ¿Usted? ¿Mi marido? ¡Debe de estar loco de atar! ¡A la señora Wade le bastará con mirarle una sola vez para saber que la serpiente ha entrado en el jardín!
Desde donde se hallaba el duque, me llegó un levísimo ruido de asentimiento.
Sin embargo, las Janes… Todas sabían que eran inútiles en lo que a delinquir se refería, y Mary me sonreía de oreja a oreja, como si yo hubiera nacido para tal comportamiento.
Fue entonces cuando Jack, bajando la mirada hacia mí, se sacó del bolsillo unos anteojos ridículos, se revolvió el pelo hacia un lado y se ajustó mínimamente la corbata.
—Queridísima Emma —dijo en un tono dulce y adorable que Desde Luego No Era el Suyo—, qué dicha tan enorme poder ver al fin la escuela que tanto significó para ti.
Señora Wade —se dirigió al duque—, he querido conocerla desde el día en el que Emma pronunció su nombre con reverencia por primera vez.
Y aquí estamos. —En ese momento, la serpiente había desaparecido, solo quedaba un caballero tierno y un tanto desaliñado que tenía aspecto de haber pasado un tiempecito de más en la biblioteca de Cambridge.
Jack estaba radiante—. Oh, ¿dice que Emma era bastante traviesa en la escuela?
—Una risa refinada—. Los niños tienden a portarse mal, ¿no es así?
Pero su instrucción, señora Wade, preparó a Emma para su papel de adoración servil, y es la mejor esposa que un marido podría desear.
Se lo agradezco. Y solo hay que fijarse en estos terrenos.
Fortitude, escuela preparatoria para señoritas, es aún más majestuosa de lo que imaginaba.
Querida —me acarició con la mirada—, cuando lleguen, enviaremos aquí a nuestros hijos.
Al terminar, me agarró la mano y me la besó. Parpadeé. Luego, tras recuperar su propia personalidad en un instante, reveló que durante su pequeña actuación teatral no me había quitado solo el diario y la pluma estilográfica, sino también una horquilla.
Las Janes aplaudieron.
Jack hizo una reverencia.
Islington, a mi derecha, parecía suspicaz, pero, aun así, impresionado.
Vaya.
—¡La señora Wade jamás se creería una palabra! —argumenté.
—Se lo creerá, señorita Lion —respondió Jack mientras se quitaba los anteojos—. Y saldremos de Fortitude con los preciados volúmenes. ¿Lo sometemos a votación?
La votación fue unánime.
Cuando el cónclave empezó a disolverse, Islington se despidió.
—Gracias, señorita Lion, por una tarde de lo más…, eh…, peculiar.
—La ha soportado con entereza —fue mi respuesta.
Él sonrió; luego adoptó una sutilísima expresión de preocupación.
—¿Va a viajar a solas con el señor Hollingstell?
—Son solo dos horas en tren, una excursión de un día. No hay grandes causas de alarma. Jack, pese a la turbiedad de todas sus empresas, no será nada que no pueda manejar.
El duque hizo un gesto de deferencia.
—Le deseo buena suerte en su empeño.
Y salió por la puerta.
Casi se oyó a Agnes suspirar desde la cocina cuando se marchó.
Creo que fue una de las tardes más extrañas en Lapis Lazuli House.
Más tarde
Acabo de oír el ruido de un carro deteniéndose delante de la casa. Cuando me he acercado a la ventana, he visto que una figura familiar descendía y empezaba a descargar sus cosas de la parte de atrás… Todo ello con esa peculiar cojera suya. El Inquilino ha regresado.
Se ha quedado inmóvil, ha vuelto la cabeza hacia atrás por encima del hombro como un ave rapaz y la luz se le ha reflejado en los ojos plateados. Cuando me ha visto acechando en la ventana, ha sonreído y ha asentido con la cabeza.
Le he devuelto el saludo con la mano.
Al cabo de unos minutos, lo he oído subir las escaleras.
Teobaldo, del que habría jurado que estaba profundamente dormido en mi cama, ha cruzado la cortina en un abrir y cerrar de ojos, y, desde el otro lado de la pared, me ha llegado la profunda voz del señor Pierce al saludar a su protegido.
Medio esperaba que me saludara a mí también, pero no me ha pasado ninguna nota a través de los tablones.
Ha estado moviéndose de un lado a otro durante unos minutos y luego todo ha quedado en silencio.
Ahora El Inquilino está dormido, cansado de dondequiera que haya estado.
No esperaba una nota.
Salvo que sí la esperaba.