Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 27 de junio
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27 de junio

La mañana del Cónclave de las Jane Eyres ha llegado.

Mary —que ha recibido permiso de la Compañía Telefónica Edison para tomarse un día libre— vendrá esta mañana y prepararemos el salón de recibir para las trece Janes.

Una vez que la estancia esté en orden y que Agnes se sienta cómoda en la cocina, tenemos pensado dedicar el tiempo que nos sobre a dar un paseo por el parque.

¿Dónde estará el primo Archibald mientras tanto?

, cabría preguntarse. Parian va a tentarlo a salir de su habitación con la promesa de un día en la National Gallery, seguido de una Cena Ligera en The Langham.

Mary y yo nos hemos unido para poder permitirnos este lujo y hemos comprado a escote las entradas tanto de Archibald como de Parian.

La Cena Ligera ha sido una donación de Arabella, quien también ha distraído a tía Eugenia invitando a unos huéspedes a pasar unos días en Spencer House, unos huéspedes que mi tía estará poco dispuesta a presentarme.

Arabella es realmente divina.

Más tarde

El cónclave acaba de comenzar. Estoy sentada en un rincón del salón con mi diario para tomar notas: una observadora diligente. («Debiste de ser una Currer Bell maravillosa, querida. Una ayudante leal», me ha dicho una de las Janes mientras me daba unas palmaditas en la rodilla).

Y ¿a quiénes tengo sentados a ambos lados mientras dejo constancia de tan histórico acontecimiento?

A la izquierda, a Jack Hollingstell, el primo ficticio de Mary (quien hasta ahora había estado ausente de Londres por Razones Misteriosas), y, a la derecha, al duque de Islington (quien hace un momento, al ver que estaba utilizando mi diario como superficie dura para el papel en el que anoto, ha tenido la gentileza de cambiar de postura en la silla, evitar el contacto visual de forma deliberada y centrarse en las Janes).

Más tarde

Es muy tarde. Las Janes se han marchado, así como Mary, Jack y el duque del Desprecio. Aquí está mi adormilado pero resuelto relato de cómo ha llegado a suceder todo esto.

Una vez dispuesto el salón de recibir, y con Agnes en la cocina preparando los tentempiés, a Mary y a mí nos sobró tiempo para pasear por Regent’s Park.

Ella, que llevaba consigo sus gemelos de latón —el regalo que se les hacía a todas las Jane desde el inicio—, pensó que deberíamos refrescar nuestros conocimientos de ornitología.

¿Una hora de observación de aves fingida? Maravilloso.

Y así comenzamos, tras elegir uno de los senderos bordeados de árboles y con abundantes arbustos. No sabría decir si se trata de una práctica ornitológica habitual o no. Pero es lo que hicimos.

Estábamos hablando de El Inquilino…

Mary : ¿Qué tipo de negocio crees que te propondrá mañana cuando vuelva a casa?

Emma : El puesto de Bufón de su Corte.

… y yo me había llevado los gemelos a los ojos cuando, por una curva del camino, apareció una figura.

Entonces oí la temida voz.

—Señorita Lion. Volvemos a encontrarnos.

Me aparté los gemelos de la cara, y allí estaba el duque de Islington en todo su esplendor.

Para estar dando un paseo por el parque, lucía un aspecto bastante imponente, con el pelo cuidadosamente peinado y los ojos color avellana estudiándome con frialdad.

—Hola —respondí, sin saber muy bien qué armadura verbal requeriría aquel encuentro.

Miró el objeto que sostenía en la mano, y una expresión carente de sorpresa le invadió el rostro.

—Claro que sí, ¿cómo no iba a encontrármela en el parque con unos gemelos? ¿Acaso no hay nada que se salve de su mirada indiscreta?

—Estamos en plena expedición ornitológica —respondí en tono desafiante—.

Mary —dije mientras me llevaba los gemelos a los ojos una vez más—, el espécimen que tienes delante se llama duque de Islington, también vecino de St. Crispian’s.

No cometas el error de tomarlo por una especie amistosa, por muy inglés que pueda parecer.

Duque, le presento a la señorita Mary Bairrage, mi cómplice en todo.

El duque inclinó la cabeza hacia ella.

—Un placer conocerla, señorita Bairrage.

—El placer es mío, duque —contestó ella con una sonrisa ladeada.

—Llámeme Islington. Lo prefiero con creces, como la señorita Lion debería saber.

Nos conocemos desde hace tiempo, ¿no es así?

—Desvío la mirada hacia mí una vez más—.

Creo que… ¿desde hace cinco años? Desde el setenta y ocho, si no me equivoco.

Así que, como ve, señorita Bairrage, la señorita Lion y yo compartimos todas nuestras confidencias, queramos o no.

—Somos amigos íntimos —respondí con un humor seco.

—¿No se supone que debería estar encerrada en alguna cripta pagando por sus pecados? —preguntó Islington en tono ducal.

—Me desahuciaron —le espeté.

—¿Quiénes?

—Los muertos.

Mary, que lo sabía todo, se estaba divirtiendo de lo lindo.

—¿Pasea solo, Islington? —preguntó.

—Sí, a menos que quieran acompañarme ustedes.

No supe qué pretendía aquel perro tan bien educado con sus falsos modales, pero le eché un vistazo al reloj colgante de Mary.

—Por desgracia —respondí—, las Jane Eyres se congregarán en Lapis Lazuli House dentro de media hora.

—¿Las Jane Eyres?

—Las Jane Eyres —repetí—. Son un grupo de mujeres selectas que han prestado un gran servicio a los desafortunados de este mundo. Mary se cuenta entre sus destacadas filas.

—Así es —intervino Mary, que levantó la barbilla con esa seguridad que solo las Jane Eyres pueden poseer.

El duque tuvo la osadía de aparentar curiosidad.

—Entiendo. Entonces no las entretengo más. Buenos días.

Y continuó su camino por el sendero.

—No me habías dicho que era una criatura con sentido del humor —dijo Mary.

—Él tampoco me lo había dicho a mí —fue mi respuesta.

Entonces Mary se dio la vuelta y llamó al duque, cuya figura se alejaba cada vez más.

—¿Islington?

Él se detuvo, se volvió y me lanzó una mirada que decía: «Claro que sí, ¿cómo no iba a ocurrírsele a una de sus amigas llamarme así?».

—Mary, ¿qué haces? —siseé.

Fue En Vano.

—¿Le gustaría unirse a nosotras en Lapis Lazuli House? —preguntó Mary con malicia—. Es un cónclave histórico que tal vez no vuelva a repetirse. Habrá té y un surtido de dulces para comer. Por supuesto, tendría que sentarse con Emma fuera del círculo. No me cabe duda de que lo entenderá.

—No soy una Jane Eyre —respondió para demostrar que así era. Y entonces llegó su negativa. O esa era mi esperanza—. Me temo, señorita Bairrage, que… —Dudó, me miró y luego contestó—: Sería un gran honor para mí ser testigo de tal ocasión si la señorita Lion secundara su generosa invitación.

Mary me dio un codazo y yo —con el ceño fruncido— levanté los gemelos y estudié el rostro del duque a través de ellos.

—Supongo que podríamos admitir la presencia de un Islington en Lapis Lazuli House. Si se pone rebelde, lo encerramos en una jaula.

—Si le damos bien de comer, seguro que se comporta —respondió Mary, y sus palabras sonaron como si estuvieran bordeando una sonrisa.

—Esperemos que sí —respondí.

—Los Islington tienen muy buen oído —dijo el duque.

Volvió sobre sus pasos mientras le echaba un vistazo a su reloj de bolsillo (el mismo que hizo acto de presencia en nuestro primer encuentro) y añadió con la voz cargada de un desafío intenso y majestuoso—: Y no se nos puede enjaular, señorita Lion.

No lo conseguiría ni aun cometiendo el peor de sus actos.

—¿No pensaba usted que ya lo había cometido?

Tras lo cual me estudió un momento con los ojos entornados.

—En efecto.

Y así fue como me traje a casa al duque de Islington, como si fuera un cachorrito que me había encontrado en la calle.