Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 26 de junio
91%

26 de junio

Teobaldo no ha parado de merodear por la buhardilla luciendo su mal humor. Ahora está sentado en la ventana del señor Pierce y llora.

El llanto de un gato es inquietante, recuerda al de un bebé abandonado o a algo místico.

Es casi tan insoportable como el de la prima Matilde. Cuando decide lamentarse, es un quejido salvaje, desde luego. Una vez, se me cayó un pastel de carne entero en el suelo de la cocina y no paró durante horas. Un vecino pensó que estábamos entonando un canto fúnebre.

Estoy divagando.

No me importaría tanto —lo del gato, quiero decir— si no empezara a maullar como un desesperado todas las noches a las dos de la madrugada y continuara sin interrupción durante una hora.

Al parecer, le ha tomado un cariño excepcional a El Inquilino.

Esto me ha llevado a evaluar mis propios sentimientos.

Aunque no lloro su ausencia en mi ventana, no me había percatado de lo cautivada que estaba por las esporádicas notas que se deslizaban a través de la rendija en la pared que compartimos.

Tisbe no lo lamentará cuando Píramo regrese. Resulta que se está aclimatando a su tiempo tormentoso.

Por ahora, estoy aporreando la pared, rogándole a Teobaldo que se calle.

Así están las cosas.

El único atisbo de gran fortuna que ha salido de todo esto es que el primo Archibald —nada versado en gatos— cree que lo están atormentando por alguna acción pasada.

(Yo podría referirle varias acciones actuales que merecen un par de tormentos o tres).

Ha ido a ver al Joven Hawkes tres de los últimos cinco días y, cuando está en casa, permanece encerrado en sus habitaciones.

¿Traducción?

Parece que mi malísima suerte está cambiando.

Parian me mira de reojo, como si yo fuera la causa de la angustia del primo Archibald. El hombre tiene un sueño tan profundo que no oye a Teobaldo y no se explica todo el alboroto.

Agnes ha jurado guardar el secreto.

—Intento darle a Teobaldo golosinas que le gusten, señorita Lion. Y se las come al instante. No consigo entender su mal humor.

—El gato echa de menos al señor Pierce, Agnes.

La joven se estremeció.