25 de junio
Durante la última semana, he evitado escribir en mi diario a modo de penitencia.
Tía Eugenia me ha mantenido ocupada con eventos casi cada día, Mary ha dedicado todo su tiempo libre a preparar el cónclave de las Janes, y, con el otro lado de la buhardilla en silencio, mi vida me ha parecido un tanto monótona.
Tía Eugenia, Arabella y yo íbamos esta mañana por Hampstead Heath en el carruaje descubierto de la primera cuando me sorprendió al preguntarme:
—Emma, ¿qué tal es la acompañante que te buscó tu prima Matilde? ¿Cómo dijiste que se llamaba?
Sus palabras me dejaron tan desconcertada que, aunque abrí la boca, no emití ningún sonido. Tuve la sensación de que me hallaba bajo una maldición bíblica.
—Se llama Agnes, mamá —respondió Arabella mientras miraba con aire perezoso a su alrededor.
—Sí, Agnes —repetí.
—Agnes. Me resulta familiar. Un nombre rotundo y bonito. Debe de andar ya cerca de los cuarenta. Las Agnes siempre rondan esa edad. Me gustaría conocerla. ¿Hay algún día en el que puedas traerla a Spencer House?
Arabella ladeó la elegante cabeza para ver cómo me enfrentaba a este ataque inesperado.
—¿Pasarnos por su casa? ¿Llevarla a Spencer House? Bueno… Verá…
Tía Eugenia entornó los ojos; empezaba a albergar sospechas. Fue en ese momento cuando una genialidad me iluminó el camino.
—Agnes me ha dicho que su madre no aprueba a los portugueses.
Utilizar los prejuicios de tía Eugenia para distraerla de la cuestión que nos ocupaba era una apuesta arriesgada. Se me quedó mirando durante un largo rato y, tras coger una bocanada de aire, negó ligeramente con la cabeza.
—Eso me resulta muy reconfortante —repuso al fin mientras contemplaba el paisaje—. Yo soy de la misma opinión desde hace años.
Y, ahora que la confianza estaba establecida, el tema de mi acompañante quedó zanjado.
—Has cometido un descuido, Emma —dijo Arabella más tarde—. No puedes permitirte otro traspié si no quieres que mi madre te descubra.
—Y ¿qué haría si descubriera la verdad? —pregunté.
—Te haría la vida imposible.