30 de junio
He dormido de maravilla.
Cabría pensar que, después de haber hecho un trato con un personaje turbio —un demonio, posiblemente—, no sería el caso.
Todo el asunto del diario de Islington indicaba que me esperaban varias noches más de dar vueltas y más vueltas en la cama. Sin embargo, he dormido con una profundidad admirable.
Quizá fuera porque Jack me dio un beso de despedida en la estación de tren.
—No te preocupes, mi bizcochito esponjoso, no te pediré nada horrible.
A lo que le respondí:
—Le creo, hasta cierto punto.
—Sabias palabras.
Y se llevó la mano al sombrero y desapareció.
No pretendo decir que se esfumara con un ¡puf!
Más bien, parpadeé y se perdió entre la multitud.
Bueno.
Si he atraído a un demonio a mi vida, al menos es un demonio encantador.
En cuanto al resto del día:
Este día de junio: Una obra en tres actos
Acto primero: Al despertar, descubrí que tanto el primo Archibald como Parian habían salido de casa.
—Ha vuelto al museo, señorita Lion, y tiene intención de pasar allí la mayor parte del día. Parian lo ha acompañado para llevarle el batín, por si lo necesitara en algún momento —me dijo Agnes mientras me servía el desayuno.
—Qué alegría —respondí—. Y esta mañana ha salido el sol. Nuestra suerte se ha duplicado, Agnes. Quizá debiéramos ir al hipódromo y hacer unas cuantas apuestas.
Fue en ese momento cuando llegó una caja entera de pasteles con una nota adjunta.
Como símbolo de nuestro acuerdo.
—Ay, Dios —murmuré.
Agnes, cuya falta de decoro a veces rivaliza con la mía, leyó la nota.
—Pero ¿quién se la ha enviado, señorita Lion?
—Alguien que nunca te molestará. Espero —contesté—. Cómete un pastel, Agnes.
Luego, envolví a Jane Eyre , le di un beso y se la envié a Mary.
Acto segundo : El duque de Islington me ha hecho una visita. No se quedó mucho tiempo ni parecía estar de muy buen humor al principio.
Puede que Agnes, que revoloteaba con alegría de un lado a otro mientras nos servía el té, contribuyera a ello.
—He venido a ver si seguía viva después de sus proezas de ayer, señorita Lion —dijo cuando nos quedamos solos.
—Muy viva. Como ve.
Estaba sentado frente a mí en el salón de recibir, con una pierna cruzada con elegancia sobre la rodilla de la otra, sin un solo pelo fuera de lugar, sin una sola prenda raída, sin el menor atisbo en el rostro del humor que con tanta viveza había visto dos días antes.
¿Acaso todos los duques son tan cambiantes? Qué agotador.
—¿Y tuvo éxito? —preguntó.
Mi sonrisa fue respuesta suficiente.
—¿El tal señor Hollingstell?
—No tiene por qué preocuparse, Islington. Está totalmente a salvo de él.
Entonces un lado de los labios se le curvó en una sonrisa burlona.
—No era por mí por quien estaba preocupado, señorita Lion.
—¿Al sabueso le preocupa que el conejo pueda estar en peligro por culpa de un zorro?
Islington respondió con una versión distinta de su sonrisa burlona; una que, ay de mí, delataba un humor genuino.
—¿Le gustó mi Sala del Conejo, entonces?
—Sí y no. No me gusta sentirme la presa.
—He tenido muchos conejos en mi Sala del Conejo, señorita Lion. Usted no ha sido uno de ellos.
Y, sin más, se excusó y se marchó.
Vaya.
Acto tercero : Esta tarde estaba sentada a mi escritorio cuando oí a El Inquilino entrar en su buhardilla. Le envié una nota a través de la pared.
Bienvenido a casa.
POR EXTRAÑO QUE PAREZCA, ES CIERTO QUE TUVE LA IMPRESIÓN DE VOLVER A CASA. UNA SENSACIÓN POCO COMÚN.
Estaba a punto de salir al jardín trasero para sentarme a la sombra y comerme una cantidad enorme de pasteles con un té tardío . Con los ojos entornados, las malas hierbas parecen flores.
Acompáñeme . Si se atreve.
Me pareció oírlo reír.
ME ATREVO.
Cuando el señor Pierce salió al jardín, estaba recién afeitado y lucía un cómodo traje de tarde de color marrón oscuro y estampado de espiga. No era un atuendo tan caro como el de Islington, pero estaba limpio y parecía confortable. Y, dentro de mí, algo que estaba torcido se enderezó.
No me lo esperaba.
Fue agradable. Me sentí como si un viejo amigo hubiera venido a visitarme.
Algo que no había vuelto a sentir desde…
Estoy divagando.
El señor Pierce se sentó en la segunda silla de mimbre, puesto que, obviamente, yo ocupaba la primera, y contempló la mesa repleta de pasteles.
—Cuando me invitó a comer una cantidad enorme de pasteles, no esperaba que lo dijera de una forma tan literal.
—Este regalo ha salido muy caro. Será mejor que no lo desperdiciemos. ¿Le apetece un té?
Y té tomamos. Tenía intención de preguntarle por la propuesta de negocio que me había mencionado antes de marcharse, pero no parecía haber lugar para ello. Nuestra conversación era muy de Junio y muy de Tarde, es decir, iba y venía como una abeja melífera.
Después de haber pensado tan a menudo en el señor Pierce en términos de tormenta lejana y paraje desconocido y salvaje, me sorprendió la calma de su voz en un jardín caldeado.
Era casi hipnótica. Hablamos con soltura de cosas sencillas, como si estuviéramos retomando una conversación.
Le hablé del jardín de mi tía en el campo y de los recuerdos que allí había formado.
Él me describió un jardín que había visto una vez en Marruecos, lleno de plantas exóticas, exuberante en el desierto.
Le mencioné a mi amiga, la señorita March, que decía que Italia era el único lugar en el que había que estar en junio.
Él me habló del único junio que había pasado en Italia.
Le dije que su vida parecía más interesante que la mía.
Se rio. Y fue entonces, y solo entonces, cuando el trueno lejano de su voz sonó más oscuro que el día.
Las sombras se habían alargado bastante cuando dije:
—¿Me mencionó una propuesta de negocio, señor Pierce?
—Ah, sí. —Cambió de postura en la silla, de manera que, en lugar de estar mirando hacia el jardín, se centró en mí—. Puede que no sea muy ortodoxo…
Me reí.
Aquí no hay nada que sea muy ortodoxo.
—… pero me gustaría preguntarle si el salón grande de Lapis Lazuli House se usa alguna vez. —Entonces, una sombra le titiló detrás de los ojos—. Me refiero a si lo usan seres vivos. No fantasmas romanos.
—La verdad es que no. El primo Archibald lo ha mantenido cerrado y yo no lo necesito en estos momentos.
Lo cierto era que mis finanzas no soportarían que celebrase una verdadera velada llena de invitados.
Y el salón de recibir es suficiente para todo lo demás.
Esto no lo dije en voz alta. No utilizar un espacio por decisión propia es mucho más elegante que no poder hacerlo.
—¿Consideraría alquilármelo? —preguntó.
Parpadeé.
—¿Alquilarle el gran salón? ¿Para ofrecer una recepción?
El señor Pierce sonrió. Y fue la primera vez que pillé por sorpresa el pequeño hoyuelo que se le formaba al hacerlo.
—No, señorita Lion. Lo utilizaría como estudio para hacer retratos.
Evidentemente.
A veces mi torpeza me asombra.
—¡Ah, claro! ¿Se ajustaría a sus propósitos?
—Creo que sí. La luz es buena en ese lado de la casa, que da al nordeste, y las ventanas son bastante altas. Hay mucho espacio. Está bien distribuido. ¿Se plantearía esa posibilidad? Pagaría bien por ello.
Qué orgulloso estaría el señor Penury.
—Creo que es un plan beneficioso para ambos —respondí con mi tono de voz más profesional—. ¿Quiere que vayamos a echarle un vistazo?
Cuando entramos en el gran salón, el señor Pierce descorrió todas las cortinas.
La gente siempre habla de «descorrer» las cortinas, pero en realidad nadie corre ni en un sentido ni en otro.
Las abren sin más. Bueno, pues el señor Pierce descorrió las cortinas.
Los tres pares que había. Y lo hizo de una forma muy elegante.
Si la fotografía le falla alguna vez, podría plantearse ser Descorredor de Cortinas Profesional.
Una vez que las cortinas estuvieron descorridas, se puso las manos en las caderas y caminó de un lado a otro examinando el suelo, el techo, la anchura y la longitud de la estancia.
—Sería ideal, señorita Lion.
—Solo le falta una puerta que lo comunique con Lapis Lazuli Minor, y eso tiene fácil solución —respondí.
Me miró.
—Yo también lo había pensado. Mi… salón está justo al otro lado de esa pared. Me facilitaría recibir a los clientes. Yo mismo podría encargarme de gran parte del trabajo. Y tengo un amigo que vive aquí, en St. Crispian’s, que es experto en carpintería. Él nos indicaría la mejor manera de hacerla.
La curiosidad me venció, pues solté:
—¿Se refiere a su amigo el pirata?
El señor Pierce parpadeó y luego esbozó una sonrisa lenta.
—Es probable que se merezca ese nombre. Sí, el pirata.
La puerta la pagaría yo, por supuesto, y también pagaría para que la desinstalara cuando…
—hizo un gesto de lejanía— me marche de Lapis Lazuli Minor.
—Y a continuación—: He mirado precios por toda la ciudad.
¿Por qué no le anoto los alquileres de las estancias de tamaño similar y le doy un tiempo para que piense cuánto le gustaría cobrarme?
—Me parece ideal —respondí.
En el gran salón no hay más que unos cuantos muebles, y el señor Pierce dice que los usará todos de buen grado.
Un sofá de color ciruela oscuro, varias sillas y una preciosa mesa de madera oscura, con hojas de acanto talladas, que hace un tiempo retiraron del comedor para dejarle espacio a una más pequeña.
El salón está pintado de un color amarillo pálido y las cortinas son de un rojo intenso.
—Puede pintarlo del color que desee. No tengo ninguna opinión al respecto.
—Sí —contestó mientras miraba a su alrededor—. Creo que lo haré.
—Bien.
—Bien.
Y, en espera de la decisión final sobre el precio, cerramos el trato estrechándonos la mano.
Eso son dos tratos en dos días.
Emma M. Lion, eres o una gran jugadora o una necia aún mayor.
El tiempo, como siempre, lo dirá.