Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 16 de junio
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16 de junio

UN AMIGO HA ACCEDIDO A ALIMENTAR A TEOBALDO EN MI AUSENCIA. NO DEBE PREOCUPARSE POR ELLO.

Acabo de reparar en las notas del señor Pierce, justo después de regresar de una fiesta al aire libre en la que mi principal tarea era asegurarme de que ninguno de los invitados tomaba más sándwiches de cordero de los que le correspondían.

De todas las que tía Eugenia me ha encomendado, esta ha sido, con diferencia, la más difícil.

Eran unos sándwiches de cordero buenísimos.

Estoy intrigada. Desde luego que podemos hablarlo a su regreso.

Le he pasado la nota a través de la pared, aunque sospecho que ya se ha marchado. Está anocheciendo y en la calle sopla el viento. Cuando Niall Pierce actúa, parece dejar el mal tiempo atrás.

Y ¿una propuesta de negocio?

Vaya.

Dado que no había visto al señor Pierce ni había hablado con él desde La Gran Debacle, empezaba a preocuparme que el habernos prometido ser amigos solo significaba que intentaría no encerrarnos a todos en un manicomio.

Al contemplar ahora su característica caligrafía, siento curiosidad por saber qué podría querer proponerme.

Esta curiosidad tiene la ventaja añadida de distraerme del diario que hay en mi escritorio.

Lo he leído entero.

Dos veces.

La culpa me devora poco a poco por dentro.

Ojalá el duque hubiera colocado una pluma blanca sobre su diario.

Se crio en St. Crispian’s. ¡Seguro que conoce el truco!

Cada vez que termino de escribir en mi diario, lo guardo en un cajón con una pluma blanca encima.

Aunque no es empíricamente demostrable, desde hace mucho tiempo se cree que una pluma blanca evita que ciertos objetos se extravíen.

Siempre me he atenido a dicha regla y mi diario nunca ha terminado en casa de un vecino.

Visto de ese modo, es solo culpa suya que haya acabado leyendo su diario.