Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 10 de junio
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10 de junio

Después del servicio de hoy, me he encontrado al Joven Hawkes esperándome.

No era algo que hubiera previsto, pero allí estaba. Me invitó a alejarme del gentío y, cuando estuvimos a salvo de que nos oyeran, me preguntó:

—Señorita Lion, ¿sigue necesitando mi ayuda?

Una mejor educación me habría impedido abrir la boca dos veces y luego volver a cerrarla antes de decir:

—¿Perdone? ¿Ayuda con qué?

—El exorcismo.

—El… Ah… ¿Yo…? ¿Perdone?

—Me han informado de que en Lapis Lazuli House se produjo un incidente que requeriría de tales medidas.

Los detalles de mi cena fallida me vinieron rápidamente a la cabeza.

—Ah, ya entiendo. No. Mi criada Agnes solo se puso nerviosa porque vio a El Romano dentro de la casa. Estoy segura de que por eso le pidió ayuda. Prefiere que no pase del jardín.

La expresión de Hawkes reflejó un humor sutil que yo aún no alcanzaba a entender.

—No ha sido su criada quien me ha pedido ayuda. Ha sido el señor Flat.

—¿El primo Archibald quiere exorcizar a El Romano? Qué absurdo.

—Creo que en realidad quería que eliminara otra cosa.

—¿A mí?

—Esa petición se ha hecho, sí, pero esta vez se refería a un gato.

—El gato. ¿El primo Archibald quiere que venga a expulsar al gato de Lapis Lazuli? Qué bíblico por su parte.

—Lo que su primo no entendió es que yo no hago exorcismos. He pensado en proporcionarle… —se quedó callado unos instantes y miró hacia arriba con donaire— cualquier consuelo que pudiera requerirse en tal ocasión, si lo consideraba necesario.

Me llevé la mano a la cara. Qué degradante es ser pariente del primo Archibald.

—Joven Hawkes, el gato es mío, en cierto sentido, y vive solo en mi buhardilla, en otro cierto sentido. Usted tiene cosas más importantes que hacer que apaciguar la paranoia desbocada de un viejo amargado.

—Sí, también se me encargó hablar con usted respecto al hecho de que bebiera tanto madeira como oporto cuando, y cito textualmente, «un licor de ginebra con endrinas habría sido suficiente para cualquier mujer, pues son criaturas con poco gusto y sin necesidades reales». Fin de la cita.

Ojalá la muerte no tarde en llegar.

A por el primo Archibald, claro.

—Por favor, dígame que se lo está pasando en grande a mi costa en este momento.

—Así es, señorita Lion —respondió con serenidad—. Más de lo que puedo transmitirle con propiedad, siendo un hombre de Iglesia.

—¿Acaso va mi primo a difamarme así todas las semanas?

—No tema, señorita Lion, sus secretos están a salvo.

¿Secretos? ¿Qué más le ha dado por confesar a ese viejo tonto?

Antes de que pudiera siquiera sonrojarme como es debido, el Joven Hawkes desapareció y me dejó rezando para que mi decisión de matar al primo Archibald se atenuase antes de que me diera tiempo a llegar a casa.

No se atenuó.

Por desgracia, Agnes estaba inquieta y eso me distrajo de mi propósito.

—Ayer estaba haciendo pan, señorita Lion, y entonces lo vi justo ahí, en la alacena.

Me entregó un libro de cuero negro. Lo abrí y me mordí la lengua para no maldecir en domingo. Parecía un diario.

—Qué terriblemente inconveniente —dije—. ¿Tenemos algo más que deba llevar al Reed and Rite?

Negó con la cabeza.

—Justo ayer llevé una cesta, pero esto parece bastante íntimo, así que lo he guardado para dárselo a usted.

—Muy bien. ¿Dónde está mi primo? —pregunté entonces.

—Cuando le dije que estaba usted a punto de volver de la iglesia, puso cara de susto y gritó que no se le debía molestar. Luego, cerró con llave la puerta de su habitación.

—Un hombre sensato. ¿Agnes?

—Sí, señorita.

—Me apetecería tomarme un té.

Y té tomé.