12 de junio
Creo que ahora soy yo quien debe ir a ver al Joven Hawkes para confesar un pecado. Siendo mi pecado que me he pasado casi toda la noche despierta leyendo.
¿Qué?, cabría preguntarse.
No Las comedias de Shakespeare. Íntegras . He estado leyendo El Diario.
Incluso ahora, sentada a mi escritorio, me tapo la cara de vergüenza. ¡Vergüenza! No hay nada nada ¡nada! que le proporcione a nadie una excusa para leer los pensamientos íntimos de otra persona. Sin embargo, aquí estoy, perfectamente consciente de que voy a leer más.
Ayer, cuando volví del té en casa de tía Eugenia, ayudé a Agnes a limpiar el salón de recibir, trabajé en la disposición de mi buhardilla oeste y, al ver el estado del jardín, salí para llamar al orden al mundo salvaje.
Lo único digno de mención es que juraría que vi movimiento en la ventana de la buhardilla oeste mientras trabajaba.
Puede que el señor Pierce se estuviera asegurando de que no era un fantasma.
Él, sin duda, lo ha sido desde que cenó con nosotros.
Amigos, claro.
Después de mi inusual visita al jardín, volví al interior de la casa y descubrí que Agnes me había preparado un baño.
Cuando Archibald y Parian estaban fuera de la ciudad, ambas empezamos a usar el cuarto de baño del cuarto piso.
Evidentemente, es una comodidad a la que no estamos dispuestas a renunciar.
Satisfecha, limpia y cansada, regresé a mi buhardilla.
El sol del atardecer brillaba a través de mi ventana y media, las paredes blancas resultaban reconfortantes, los cojines acogedores y cómodos, y allí, descansando sobre mi escritorio, estaba el grueso volumen de cuero negro con los bordes dorados.
El diario. Me recogí el pelo húmedo en un moño, me senté y lo coloqué justo delante de mí.
Había una marca extraña en la cubierta, pero no la reconocí.
Pidiéndole perdón, lo abrí y busqué un nombre.
No había ninguno.
Pasé la primera página.
De nuevo, sin nombre. Solo una fecha y la primera entrada.
La caligrafía era una arquitectura única en sí misma y me recordaba a los cuadros italianos de la señorita March.
Los caracteres estaban construidos con trazos fuertes, altos, con curvas elegantes que transmitían el efecto de las cúpulas y las ventanas en los palacios y las villas nobles.
En ese momento, le entregué una parte de mi corazón a aquella persona desconocida.
Estudié la contraportada, pero allí tampoco encontré pista alguna sobre la propiedad del diario.
Tras cerrarlo, ponderé mi dilema. Podía llevarlo al Reed and Rite.
Pero ¿y si alguien lo leía? ¿No preferiría el dueño del diario que se lo devolvieran directa, discretamente?
La posibilidad de que un lector indeseado, o varios, accediera a él se agravaba de manera significativa en un lugar tan público.
Dicho esto, ¿sería capaz de deducir a quién pertenecía sin fisgonear yo misma en unas cuantas páginas?
Lo dejé allí quieto durante al menos un cuarto de hora, pero luego lo abrí y, cuando eché un vistazo a la primera página, descubrí que había adoptado el ritmo reverente de la lectura de poesía.
El estilo es bello, las confesiones sinceras y humanas.
Parece haber un gran conflicto, pero, en cuanto a qué, no sé decirlo.
Las fechas sitúan este diario en 1878, hace cinco años.
Es obra de un hombre, un hombre joven si estoy interpretando bien las pistas.
Ha redactado una exposición sobre los pájaros que visitan su jardín trasero —pista: hay una fuente—.
Ha viajado al campo para visitar a una hermana mayor —pista: esta se casó bien—.
Mientras estaba en el campo, describió todos los árboles nuevos con los que se topaba —pista: nada significativo, salvo que sabe mucho de árboles—.
Por aburrido que pueda parecer todo lo anterior, me tiene completamente cautivada.
Yo, que nunca he sido una gran horticultora, me sorprendí en Jacob’s Well, el parquecito de St. Crispian’s, contemplando la flora, por no hablar de la fauna.
¿Por qué? Porque él no ve solo hasta la última línea de la belleza, sino que la plasma de tal manera que transforma su sujeto en algo fantástico.
Pero no es un soñador. Muchas de sus entradas son bastante prosaicas.
«He ido a echarle un vistazo a la nueva camada de Red, he liquidado cuentas, he contestado la correspondencia», registra un día.
Sencillo, corriente, nada de lo que tomar buena nota.
Pero entonces la siguiente entrada dice: «Llovía y llovía, y no podía dormir por el ruido que hacía contra la ventana.
Puede que un dios antiguo y olvidado estuviera derramando cuentas de cristal desde las nubes cansadas y yo fuera el único despierto en el mundo para verlas caer».
Dio la casualidad de que anoche hubo una tormenta, así que apagué las lámparas y me senté en la oscuridad a observar la lluvia y…
¡allí estaban! Cuentas de cristal que caían del cielo, golpeaban la tierra, corrían hacia los charcos.
Estuve a punto de salir a la tempestad para recoger las que pudiera en las faldas.
Donde yo siempre he visto lluvia, él ve algo muy distinto.
Nada es sencillo y directo para este hombre, sino más bien intrincado.
Aun así, no hay pistas sobre su identidad.
Ahora me imagino la escena de mi confesión.
—Perdóneme, Joven Hawkes, porque he pecado.
—En realidad no somos católicos, señorita Lion.
—Ya. Pero, en aras de aliviar mi culpa, digamos que lo somos.
Suspiro.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Estoy leyendo el diario íntimo de un hombre y no tengo intención de parar.
—Es usted una persona horrible.
—Estoy de acuerdo. Una desvergonzada.
—¿Hay alguna esperanza de que se enmiende?
—Seguramente no. A menos que descubra su nombre. Y entonces le pediré matrimonio.
—¡No, señorita Lion! ¡No habrá llegado a ese punto!
—Se ha convertido en algo muy serio, de hecho.
—Usted se cuenta entre los más degenerados de los pecadores.
—Así es, Joven Hawkes.
Tras releer mi posible confesión, creo que esta es una carga que debo soportar sola.