9 de junio
—Mi querida Emma, haces cosas verdaderamente espantosas —me ha dicho Arabella esta noche con aire perezoso después de que terminara de confesárselo todo.
Me había metido embutido en la boca la mitad de un pastelito relleno de ciruela, así que me limité a arquear las cejas con tristeza ante sus palabras de censura.
Nos estábamos preparando para asistir al baile de lady Carlyle.
—Uno de los PRINCIPALES acontecimientos de La Temporada, Emma. Uno de los PRINCIPALES —me había dicho tía Eugenia nada más entrar por la puerta. También había añadido con un resoplido—: Hoy tienes un aspecto ordinario.
—¿Qué sabes de ese tal señor Pierce? —continuó Arabella—. ¿Cuántos años tiene? ¿A qué familia pertenece?
—No tengo ni idea de a qué familia pertenece. Nunca la ha mencionado. Es posible que carezca de parientes. ¿En cuanto a la edad? Recuerdo que el primo Archibald dijo que tenía entre… —arriesgué una suposición— ¿treinta y treinta y cinco años?
—Una buena edad, Emma. Una edad peligrosa. Mamá no lo aprobaría.
Una afirmación ridícula.
—Soy su casera y somos amigos, lo cual es algo que ocurre en St. Crispian’s. No espero traerlo a tomar el té, así que tu madre y él están del todo a salvo el uno del otro. Además, lo que tía Eugenia No Sabe no puede hacerle daño.
Arabella esbozó una sonrisa depredadoramente encantadora.
—Mi madre sigue pensando en encontrarte a alguien que merezca la pena conocer una vez que yo esté establecida. Si empiezan a circular rumores sobre una sola historia así, estás acabada.
—¿Una historia cómo?
—Tú y él. A solas en el salón de recibir. Por la noche. Bebiendo oporto.
Me pareció que aquella era una representación injusta de los hechos. Se lo dije.
—Además, no me terminé el oporto.
Ella adoptó una expresión de divertida superioridad.
—No, pero aceptaste un regalo suyo. Ni siquiera yo soy tan tonta como para hacer eso.
—Una fotografía no es un regalo. Y él tampoco pretendía que lo fuera. Arabella, hoy estás muy pesada.
—Para nada, Emma M. Lion. Bien, ¿cuándo voy a conocerlo?
—Nunca.
Su risa fue como un rayo de sol.
—Entonces ¿no te da miedo encontrarte con él esta noche en casa de lady Carlyle?
—Ninguno.
—Una lástima. Siento mucha curiosidad por tu hombre de guerra.
Yo también.
El baile de lady Carlyle fue, en todos los sentidos, un gran éxito.
Y no lo digo a la ligera. Incluso yo disfruté de una velada perfecta.
Aunque podría suponerse que la ausencia de Charles Goddard contribuyó a ello —no niego que así fuera—, el ambiente, la música y los refrigerios fueron de lo más exquisito.
La casa de Belgravia en la que residen lord y lady Carlyle es una maravilla arquitectónica, con grandes columnas de mármol y líneas elegantes.
En lugar de aspirar a ser italiana, griega o francesa, la decoración era, sencillamente, un reflejo de sus gustos variados, todo clase y belleza atemporales.
Me puse el vestido verde oscuro, una maniobra brillante, ya que las largas cortinas que flanqueaban las ventanas eran de un tono similar.
Podía batirme en retirada hacia la oscuridad perfecta cada vez que lo deseara.
Pese a que bailé alguna que otra vez cuando me lo pidieron —desde luego, no hice nada para brindarme a ello—, floté con mucho gusto entre las sombras y solo salí para saludar con cortesía a los hombres y a las mujeres que figuraban en la lista de Personas Cuya Atención Debo Dirigir Hacia Arabella de mi tía.
Una tarea fácil, puesto que todos los presentes en la sala estaban pendientes de ella desde el principio.
Arabella, Diosa Divina, vestida del azul de los nomeolvides, era la más deseada.
Como no podía ser de otra manera, Roland estaba allí, así como la señorita Hunt. Mientras los veía bailar, no pude evitar fijarme en que ella nunca lo miraba «a él». Más bien miraba a todos los demás y se pavoneaba por estar «con él».
Emma M. Lion frunció el ceño.
Poco después, Roland bailó con Arabella y luego me pidió un vals.
—Emma Lion —dijo, y su sonrisa refulgió en el salón de baile—. Esta noche en el club me felicitarán por haber bailado con todas las bellezas radiantes de la sala, tú entre ellas.
—Lo de radiante es para Arabella.
—Arabella Spencer es una de las mujeres más bellas de la historia de este mundo, Emma, pero a ti se te ve más de lo que crees.
—¿La luna del sol de Arabella?
Roland me lanzó una sonrisa magnífica.
—Me gusta la luz de la luna.
Bailar con Roland fue como ponerse una seda de calidad o comerse un dulce cremoso. Suave y placentero. Le hice jurar que bailaría un vals conmigo en todos los bailes durante el resto de nuestra vida.
—Con mucho gusto. Tú me ves. No muchas lo hacen.
—Roland, pedazo de calavera, todo el mundo te ve. Puede que Arabella sea Afrodita, pero tú eres Adonis.
Su sonrisa pasó de la elegancia a la tensión.
—Ven mi aspecto, Emma. Ven mi dinero y mi posición.
Pero tú…, tú me miras a mí. No soy una estatua de la que quieras alardear.
Mientras bailábamos, no has mirado ni una sola vez a los demás para ver si se fijaban en nosotros.
La señorita Hunt, por desgracia, no podría decir lo mismo.
Estoy tratando de decidir si, al final, sería de muy mala educación no invitarla a la ópera. A ti te invito de buen grado.
La sinceridad puede resultar especialmente aterradora durante un vals.
—Roland, yo… No debes…
—No pongas esa cara de susto, Emma. Tú y yo nunca hemos estado destinados a acabar juntos.
No iba a pedirte matrimonio. Te estaba dando las gracias.
Estaba intentando decirte que quiero encontrar una esposa que me tenga en la misma consideración que me tiene Emma Lion.
—Se sonrojó—. Que me tiene Emma Lion ahora.
A los doce años me habrías ensartado de buena gana.
Mi respuesta fue acorde al gran cumplido que me había hecho.
—Si de pequeño hubieras sido más atractivo, quizá yo también te habría querido solo por tu riqueza y por tu belleza.
Roland se echó a reír y el vals terminó.
—Acompáñame, voy a buscarte algo de beber. Quiero que me cuentes qué has estado haciendo últimamente.
—Tía Eugenia espera presentarme a un barón rico que esté a punto de morir.
—Te reto a que la desafíes.
Volví la cabeza por encima del hombro y me fijé en que tía Eugenia estaba con lady Carlyle. Al ver que el general estaba ocupado, accedí a desertar de mi puesto.
—Tú ve a buscar las bebidas —le ordené a Roland—. Te espero en el balcón. Es el lugar más seguro. Tía Eugenia no cree en los balcones. Considera que le restan valor a la ley de la gravedad.
Se rio.
Cuando salí al frescor de la noche, encontré un banco solitario.
Un alivio dichoso y bienaventurado. Era agradable estar al aire libre.
Había antorchas colocadas en los márgenes herbáceos y, al mirar hacia el jardín, vi a varias parejas paseando juntas y a unos cuantos hombres que formaban un círculo distendido y fumaban cigarrillos.
Cuando volví a oír la voz de Roland, no me estaba hablando a mí.
—Ah, Islington. ¿Irá a Brooks’s esta noche?
—No lo he decidido —fue la respuesta que recibió, teñida de esa aristocrática mezcla de cortesía y aburrimiento—. ¿Y usted?
—Diría que sí. Hoy me siento osado. Brooks’s ha estado mucho más animado que White’s durante estas últimas semanas. Ahora mismo, el juego de los hombres mayores es bastante conservador.
—Eso me han dicho.
—No he vuelto a verlo por ahí desde que me dejó sin blanca. ¿Ha estado apostando en los infiernos?
—He estado en el campo. Veo que lleva dos copas, Sutherland, así que lo dejo en compañía de quienquiera que lo esté esperando.
—Estaré atento por si lo veo en Brooks’s. Mi mesa empieza en cincuenta mil.
—Si decido ir, lo buscaré.
Oír a dos hombres adultos hablando con tanta naturalidad de jugarse una verdadera fortuna a las cartas me resultó, bueno, exasperante. También me hizo preguntarme si debería casarme con Roland.
—Emma, aquí estás. Disculpa mi retraso. —Me pasó una copa y se sentó a mi lado—. Un brindis por tu huida.
—¿Eres amigo del duque de Islington? —pregunté.
—Islington es más un conocido que un amigo. ¿Lo conoces?
¿Que si lo conozco? No, solo le había revelado mi ignorancia en la biblioteca de un desconocido.
—No. Pero sé quién es. Es el único duque que vive en St. Crispian’s.
—Pues es un demonio jugando al whist.
Y disfrutamos de nuestras respectivas copas en silencio: Roland escapando de las numerosas mamás y de las hijas de estas; yo, pensando que quizá disfrazarme de hombre, como había hecho Mary, y apostar en Brooks’s fuese la mejor manera de salvar Lapis Lazuli.
Al revelarle mi nuevo plan financiero a Arabella hacia el final de la velada, me informó de que jamás conseguiría engañar a nadie. Su confianza en mí es inspiradora.